Tres días en Aguacayo

La familia Amaya, los que sobreviven al señor Martín Amaya, me recibieron en Aguacayo, en Cuscatlán. Un lugar que tiene mucha historia. Tanta…que me sorprende lo olvidados que están.

Al subir el Cerro de Guazapa, alguien me contó las historias de “El Caballito”, la base militar que aún se encuentra en ese lugar que -aparentemente- no sirve para nada.

El Caballito

Se puede ver cómo se dedican al cultivo, en su mayoría, de maíz y que han logrado superar muchos de los inconvenientes que se les han presentado. La iglesia de esa localidad, según cuentan, es incluso más vieja que la de Suchitoto. De ella, ahora sólo quedan las ruinas …y un rótulo conmemorando a las personas que estaban dentro de ella, oyendo la misa, cuando murieron en un bombardeo.

A las víctimas

En esa zona, se encuentra una escuela que sirvió para graduar a la primera generación de la PNC. En esa zona también se dio la entrega de armas una vez celebrados los acuerdos de paz.

Y a pesar de todos estos detalles y de la cercanía con Suchitoto, tuvieron que esperar muchos años y conseguir ayuda de muchas organizaciones internacionales (entre ellas, la iglesia presbiteriana) para poder realizar su proyecto de agua gracias al cual casi todos cuentan con agua hoy. Cualquiera que haga el recorrido hacia la “poza redonda” puede darse cuenta de lo difícil que deben haber sido esos más de diez años de bajar hasta allí a conseguir agua para tomar e ir ahí cargando la ropa una y otra vez (sucia y luego ya limpia). Según cuentan, el hacer ese recorrido fue lo que convenció a la señora que tomaba las decisiones respecto a donativos en la iglesia presbiteriana. Sólo cuando habían conseguido el 80% del monto necesario, el alcalde de Suchitoto de esa época se sintió presionado a ayudarlos.

Poza Redonda en Aguacayo

Esta versión concuerda con lo que me contó la señora Mercedes Amaya, la dueña de la casa que me acogió estos días. Ella y su hija Carmen me contaron (a grandes rasgos) la historia de la familia que yo me siento obligado a perpetuar vía internet para cualquiera que se interese en conocer un poco acerca de la gente que hoy habita en este sector de Cuscatlán.

Carmen aún recuerda el viaje a Honduras que hicieron junto a tantas otras familias.

Todo comenzó cuando don Martín quiso advertirle a un grupo reunido en la zona de San Juan ópico que un grupo de militares iba a atraparlos. Él tiró un cohete. Gracias a eso, la gente se fue y “sólo” murieron 25 personas. Los militares se enteraron de quién fue el culpable de su “fracaso” y una vez que lo hicieron, los Amaya se asociaban con el término “guerrillero”.

Nadie quería tener nada que ver con ellos y cuando enviaban a Carmen a pedir comida, esperando que existiera compasión por una niña de 9 años, la mandaban lejos. Estar junto a ellos era un peligro.

Después de un tiempo de hambruna (creo que 3 meses, pero no quiero mentir), don Martín decidió que debían irse o se iban a morir de hambre. Carmen comenta orgullosa que una vez que su papá decidió llevarse a su familia, otras familias decidieron seguirlo a él también. Así empezó su ruta hacia Honduras.

Cuando llegaron al río Lempa, se dieron cuenta que no iba a ser tan fácil, cortaron troncos para ayudarse a flotar y se tardaron mucho pero, finalmente, lograron cruzar. El problema vino luego. ¿Qué iban a hacer tantas personas salvadoreñas juntas? ¿Cómo iban a evitar a la policía hondureña? Don Martín decidió que sólo los niños se quedaran en las casas de las personas amigas que les iban a ayudar. Todos los demás se fueron a esconder al monte.

Eventualmente, las mujeres con los niños tuvieron que decir a la policía que eran tías de todos esos niños. Obviamente no lo creyeron.

Doña Mercedes me contó de una vez, años más tarde, cuando estuvo en línea con otras mujeres, rodeada de niños, esperando la decisión de los militares. Uno le preguntó al otro “¿qué hacemos con estas viejas guerrilleras? ¿las matamos de un solo?”, el otro -menos mal- le dijo que no, que las dejara.

Otro habitante, Mario, recuerda que él se vio incorporado a la guerrilla no sin antes sufrir su cuota. Su familia fue asesinada y se quedó sólo con su abuela. Nos contó cómo pasó una semana entera dentro de un tatu junto a su abuela y se alimentaban de la primera hoja que sale de las matas de guineo. No recuerdo el nombre que le dan, pero eso fue su alimento.

Interior de un Tatu

Una señora que nos dio el tour en el cerro de Guazapa nos dijo que muchos niños de doce años se metieron a la guerrilla para vengar a su familia muerta o, simplemente, para huir de la otra posibilidad: verse obligados a integrar el ejército. Yo repito lo que ellos me dijeron, la historia no oficial.

Por suerte, la comunidad internacional se dio cuenta de la situación de las personas en Honduras y así fue que la iglesia presbiteriana (creo que acá también, ¡cuánto les debemos!) se movilizó y les pidió a los niños que dijeran dónde estaban sus padres. Se les pidió que los buscaran. Todos iban en fila a buscarlos al monte. Las mujeres encargadas de ellos aún no podían confiar en nadie y, como es de suponerse, iban llorando, creyendo que todos esos niños iban a ser asesinados. Un helicóptero incluso sobrevoló la zona tratando de encontrar a las personas. Estos, con natural desconfianza, casi se ahogan tratando de huir cruzando el río.

Finalmente, se les llevó a una iglesia donde, amontonados, estuvieron un tiempo.  Luego se les consiguió tiendas a cada familia. Cuando llegaron más salvadoreños buscando ayuda, se necesitaron tiendas más grandes que albergaban hasta tres familias.

Eventualmente se daría el regreso a El Salvador.

Don Martín ya se había regresado antes. Los Amaya solían vivir en la orilla de un río en San Juan Ópico y, cuando subía el nivel, tenían que usar ladrillos y cemento para bloquear la puerta y que el agua no inundara la casa (eso aún lo recuerda uno de los nietos, Juan, de 27 años).

Uno de sus hijos vivía en Cuscatlán, en la comunidad Zacamil. Don Martín lo visitaba y confiaba en encontrar una casa en esa zona, a pesar de lo conflictivo del lugar. No encontró ninguna. Pero, al ir por la calle, vio las paredes de lo que solía ser una casa. En ellas estaba el rótulo de “SE VENDE”. Así fue como se decidió a ir a la casa que hoy habita su esposa que le sobrevive. Ella me contó que, cuando don Martín le sugirió la mudanza, ella le dijo que iría donde él dijera, con la condición de tener agua cerca.

Y ya les conté cuánta dificultad había en la zona para acceder a ella.

Mercedes Amaya

Creo que ese proyecto de agua es lo que más orgullo les da a todos. Era tan difícil antes y tuvieron que luchar tanto por él que cada plática termina conduciendo a esa bomba de agua.

Doña Mercedes me contó que, aún en esas circunstancias, fueron de los primeros en poblar la zona y que tenían un par de vaquitas. Luego tuvieron 4. Pero un día, don Martín las encontró muertas. Las cuatro cabezas estaban bajo un palo de nance. Se quedaron sin nada y sabiendo de la responsabilidad de los militares, por supuesto, siempre fingían no saber nada porque -según dice ella- preferían estar sin problemas y que mataran a sus animales a que mataran a alguno de sus hijos.

Desafortunadamente, no fue así. Una de sus hijas, Romana, murió en una guinda, una bala la mató cuando llevaba a su hijo en brazos. Ese es uno de los nietos que crió doña Mercedes. Otros dos también murieron: Nacho, de 22 años y uno más pequeño, Tito. Ella me contó que ellos sí estaban metidos en la guerrilla y ella le decía al menor que cómo podía andar peleando así con esas “pistolitas”, que los iban a matar. Y él le respondía que tenía que hacerlo, que estaba en la biblia. Ahora los restos de sus hijos están en “San Gregorio” en Senzuntepeque. No pueden ponerles una cruz porque los dueños de esa tierra no comulgan con la causa y siempre la quiebran.

Pero existe la posibilidad de trasladarlos pronto.

Ojalá se pueda y, de no ser así, que se les ponga una placa como la que se espera poder ponerle algún día a “la naricita”, operadora de radio para la guerrilla. Ella sí tiene una cruz, arriba en el cerro de Guazapa. La torturaron para que explicara los códigos con los que operaban. Ella no habló y la empalaron. Un palo atravesó su cuerpo desde la vagina hasta la garganta.

Y todos estos traumas no siempre se dicen. No muchas familias hablan de ello siempre. Esto lo sé porque alguien me comentó que en otra comunidad cercana se solían dar muchos problemas de violencia intrafamiliar, relacionados con el hecho de no poder externar todos esos conflictos internos que, con razón, deben haber quedado después de toda una vida de lucha, de perder la juventud, de perder familia, de perder la inocencia y luego verse inmersos en una sociedad que trata de invisibilizar el pasado. Sólo esperemos que, a partir de junio, de verdad asumamos de dónde venimos y pueda trabajarse en el proceso de post-guerra que todas estas personas tienen dentro de sí.

Martin Amaya

Este post se lo dedico al señor Martín Amaya que falleció hace seis años.

Anuncios

One comment

  1. marta · mayo 18, 2009

    Que fuerte….
    la realidad del pasado que se desdibuja con el presente….
    no quiero olvidar!!!

¿Está de acuerdo o quiere mandarme a la chonguenga?

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s