¿Salarrué era el señor de la Burbuja?

Hace tiempo, cuando era niño, leí “Cuentos de Barro” y “Cuentos de Cipotes”, este último con las ilustraciones bonitas que nunca más hemos podido encontrar. Hace un par de años, intenté leer “Cuentos de Barro” y me di por vencido. Ya no pude. Me molestaba mucho tratar de entender el lenguaje típico rural. Después leí el afamado “Íngrimo” que me regalaron. Tampoco me gustó. Me desesperó.

Entonces había llegado a un punto en el que me dije a mí mismo que, talvez, Salarrué era mejor pintor que escritor. A veces lo decía…a personas de confianza.

Pero leyendo “El Señor de la Burbuja” me he encontrado sonriendo bastante porque está escrito de una manera accesible y, aunque al principio me asustó con su poesía en prosa (no me gusta la poesía), después me vi sonriendo por cosas como las siguientes:

La actividad del ocio es trabajo

El mar en calma palpita todo lleno de olas.

Volvió don Javier de su ensimismamiento al escuchar una risilla burlesca. Miró en torno. ¡Ah, era él quien se había reído! Continuó riendo, pues…

De tal tronco tal rama. Esa es la ley de ustedes; y no toman en consideración que antes del tronco están las raíces y más allá de las ramas, los frutos y las flores; que si bien conservan un vínculo de especie, son enormemente distintas: las primeras, por oscuras y rastreras; las últimas por lo contrario. Y aun hay más: en un mismo tronco, crecen ramas torcidas y rectas; podridas y sólidas; escuetas y profusas; decaídas e impetuosas. Hay ramas para guaridas de reptiles y ramas propicias para los nidos de pájaros. ¡He ahí el proverbio!

Es esclavo todo aquel que trabaja en un oficio que no es el propio. Se nos exige que hagamos labores ajenas a nuestro círculo natural de acción. Se quiere que el ruiseñor cante como el canario, o el canario como el gallo. A cada cual le ha dado Dios su propia felicidad. Cuando uno goza trabajando, no trabaja, está en descanso.

Y todas estas observaciones del hacedor de frases, don Javier me hacen cuestionarme cuánto del propio Salarrué había en este laborioso señor del silencio. Esa forma de ver de fuera a un cálido pueblo como el nuestro y no tratarlo como el sabor exótico del momento. ¿Qué tan capaces somos nosotros mismos de autocuestionarnos? ¿Qué tan capaces somos de reírnos de nosotros mismos?

salvador salazar arrué
Esta es la continuación…escrita 5 días después. Mis múltiples ocupaciones no me han permitido leer el libro tan rápido. Pero anoche pude leer bastante. Y pude volver al lugar en el que estaba. Me he decepcionado mucho. Volvió a ser el mismo escritor de poesía en prosa. Yo odio las descripciones de lugares que se toman 34,563 páginas. A mí me gusta llegar a la acción, no me gusta que me pierdan con vanos intentos de amarrar mi atención.

¿Saben cuando se perdió mi atención? Cuando dejó de ser extraño, rarito para transformarse en una historia de amor. ¡Me desespera pensar la vida en esos términos de querer a alguien, ser rechazado y dejar de querer! ¿Eso es todo lo que mueve al mundo? ¡y así nos creemos el animal más desarrollado!

Aún así, acá están los pedacitos que vale la pena resaltar aún de esta parte del libro:

Para mí ya no es un deber el hacer bien y no mal a los demás, eso se ha convertido en un derecho. Yo tengo derecho a que se me deje ser quien soy

Como ha dicho alguien: “Mientras el Estado dé un ejemplo matando a sus enemigos, los hombres matarán a los suyos ocasionalmente”. Otro también ha dicho que pasa con los criminales lo que con los zancudos; si se matan uno por uno, por muchos millones que se maten, habrá siempre zancudos mientras no se destruya el foco. Lo que necesitamos es educar. En la ignorancia está el foco de la criminalidad.

Caminaba despacio, malhumorada, con unos deseos muy grandes de rabiar, de huir, no sabía ella dónde, ¡huir lejos!…Por el camino contestaba secamente el “diasledediós” de las mujeres que bajaban del volcán, cargadas con canastos de flores y frutas, con su trotecito ligero, regulado por el braceado flojo que hacía revolar las puntas de los tapados.

Recordó los días de pobreza, allá en el colegio; el amor a las cositas que se alineaban dentro del pupitre bien cerrado con candado; el dolor de manchar una página blanca; el dolor de arrojar a la basura el sombrero viejo para sustituirlo por aquel nuevo sombrero con cara de señor delicado; el de cambiar de casa; el que produce el descuaje de los árboles que han estado tanto tiempo en el patio, con nosotros, queriéndonos. Recordaba el corazón oloroso del baúl; la paciencia amorosa de la camita arrinconada que nos cuida y nos tiene en sus brazos toda la noche, sin cansarse; la bienvenida de la calle que se prestó a nuestros juegos. 

Recordó unos versos de Federico Gutiérrez: “Las cosas tienen alma lo mismo que los seres; si blasfeman son hombres, si lloran son mujeres…

¡Si yo no fuera, de seguro no habría esa voz en la Luna, la piedra no hablaría, no podría el grano de arena ser monte, y el monte ser nube, y la nube dejar vagar los mil fantasmas de su locura!

Desde que el hombre mató para comer, empezó su desgracia. Es más razonable pensar que Dios prohibió matar y no que prohibiera la comunión de los sexos. Puesto que había creado los sexos y su armoniosa correspondencia, ¿a qué imaginar un Dios tan cruel que coartara las funciones correspondientes?

Todos comprendemos, unos vagamente, otros perfectamente, que matar no es bueno, no es natural, no es una nota armónica del gran concierto universal; me refiero a matar a conciencia, por egoísmo, por ese egoísmo que puede ser odio, placer, gula, mezquindad…, y que en la mayor parte de los casos -que fue lo que originó el “¡Perdónalos que no saben lo que hacen!”-, es indiferentismo. Que no podamos vivir sin matar, no es razón para no evitar una muerte, siempre que con ello perdamos muy poco o nada.

Y ya, totalmente desencantado, con el libro finalizado, dejo la última frase para inmortalizar (aquí):

¿Son los hombres tan viles que quieren, hasta nombrar sus representantes en la caridad?¡Si el mayor placer de dar, está en dar directamente! ¿Qué virtud puede haber en el hombre que paga a alguien para que ayude a alguien? Ese hombre da porque cree que tiene el deber de dar. No, el mendigo es un ser privilegiado por el Destino, para enseñar la caridad. No es un ser inútil, no merece ser encerrado contra su voluntad. Ahí, a ese encierro, enviarán los desperdicios de su fortuna los hombres que aprendieron a dar, como un deber social; los que serán aplaudidos por su caridad en las columnas de los diarios…

Y ya.

Luego me encontré con gente compartiendo mi opinión. ¿Por qué era tan fácil leerlo cuando niño pero sin entender realmente lo que se estaba criticando? Me acuerdo de la angelita y su piedra, de Nachito en “nochebuena”, de José Pashaca, de la Petaca y de tantos otros cuentos cortos que debieron contribuir a mis traumas de hoy. Pero aún no encuentro un libro de él que el yo de hoy ame en su totalidad…y creo que ya me di por vencido.

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5 comments

  1. Pingback: La Santíos « Ex360′s Blog
  2. Carolina · enero 7, 2011

    Salvador arrué ha sido para mi una persona especial,noble y de clase,y sobre todo con una mente creadora y realista.sigan leyendo que sus obras son ricas de cultura.

  3. oto · octubre 26, 2009

    los libros son buenos..
    la virtud de leerlos mucho mejor…
    sigue buscando existen buenos libros
    sigue leendo
    y un consejo
    si no disfrutas mientras lo lees
    abandona el hecho de leerlo…

    • ex360 · octubre 27, 2009

      Antes solía forzarme a terminar todo el que pensaba, como una obligación. Pero ya estoy dejando los malos pasos…

  4. Damaris · julio 23, 2009

    yo kiero un cuento
    de cualquier escritor
    salvadoreño
    plisssss……..
    es para una tarea de
    mañana porfa!!!….

¿Está de acuerdo o quiere mandarme a la chonguenga?

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