Más sobre la violencia contra las mujeres

Por otra parte, en las páginas 126 y siguientes del informe sobre desarrollo humano para América Central 2009-2010 encontramos:

La literatura sobre (in)seguridad y género es abundante y a menudo es polémica (Moser, 2004:99-117; Valier, 2002; Hagan, 2003; Flavin, 2003); ella argumenta, por ejemplo, que la criminología tradicional tiene un sesgo androcéntrico, que no reconoce el impacto de la socialización masculina sobre la criminalidad, que subestima las necesidades de las víctimas, o que excluye el estudio de ciertas modalidades de violencia que recaen sobre las personas por razón de su género. Y es porque, en efecto, esta forma de discriminación no se refiere sólo a las mujeres sino, ocasionalmente, a los hombres (por ejemplo al esposo maltratado por su cónyuge) y cada día más, a la violencia y otros abusos que padecen las minorías sexuales.

 

LA MUJER COMO INFRACTORA Y COMO VÍCTIMA

La (in)seguridad ciudadana no es igual para ambos sexos, puesto que hombres y mujeres participan en el delito de modos distintos y están expuestos a distintos riesgos.

Lo primero significa que ciertas ofensas son preponderantemente femeninas (como el homicidio del cónyuge maltratante) y sobre todo que “los hombres cometen más delitos que las mujeres.

 

La noción misma de “riesgo” (o sea la base de la “inseguridad”) varía con el sexo, pues las mujeres perciben, valoran y negocian las amenazas o riesgos con parámetros distintos de los de los hombres (por ejemplo, Rigakos, 2002:743-761). Los resultados de la Encuesta Lapop ilustran cómo el género interviene en la valoración del riesgo. Con excepción de Honduras, en todos los países una mayor proporción de mujeres dicen sentirse inseguras en su barrio y también consideran que el nivel de violencia en la ciudad o pueblo en donde viven son más altos de lo que creen los hombres; sin embargo y con pocas excepciones, al preguntar qué tan grave es el problema de la inseguridad para el país, las diferencias entre los sexos disminuyen o se invierten; estas cifras parecen sugerir que las mujeres basan su percepción en la vivencia cotidiana de su entorno mientras que los hombres se remiten más a la situación general del país.

 

Los hombres reportan mayor cantidad de amenazas de muerte en todos los países y también –aunque la diferencia típica es menor– es más común que los hombres sean víctimas de golpizas. Pero se sabe bien que las mujeres son más afectadas por la violencia física en el marco de relaciones íntimas, al paso que los hombres la padecen más en el espacio público. Los delitos contra el patrimonio por regla general afectan más al sexo masculino; pero hay un tipo de despojo que padecen sobre todo las mujeres: la desatención de los deberes alimentarios adquiridos por el varón a favor de los hijos o de la esposa-compañera. Debe notarse además que la diferencia entre los sexos es menor cuando se trata de estafas o de robos dentro de la casa, que cuando hablamos de robo de vehículos o robo a mano armada: esto se debe muy seguramente a que las mujeres en general disponen de menos recursos económicos y poseen menos bienes valiosos que los hombres (por ejemplo, poseen menos automotores).

 

LAS VIOLENCIAS QUE AFECTAN A LA MUJER

Aquí nos interesa la cara oculta o el “delito silenciado” de violencia contra mujeres –y ese “silencio” se debe a que los hechos ocurren en el contexto “privado” de la familia o de las relaciones de confianza–.

Desde el punto de vista conceptual nos interesan entonces tres tipos de violencia: (a) Aquella que ejerce un hombre sobre una mujer con quien tiene un lazo familiar o en virtud de una relación de poder o confianza; (b) la que ejerce un hombre sobre una mujer en el marco de una relación de pareja actual o pasada, y (c) la violencia sexual que ejerce un hombre sobre una mujer, niña o adolescente con quien convive o con quien tiene lazos familiares. De esta definición quedan entonces excluidas, tanto (a) algunas formas de violencia contra la mujer que no ocurren en el marco de la familia, del hogar o de relaciones de pareja actuales o previas, como (b) las formas de violencia “privada” o “familiar” que no recaen sobre la mujer por el hecho de serlo (ciertas violencias contra la niñez o contra la tercera edad).

 

EN LA REGIÓN CENTROAMERICANA

En primer lugar, (la violencia contra las mujeres) se trata de una práctica muy extendida: en los países donde encontramos información, el número de denuncias por violencia contra las mujeres (donde, veremos, hay un gran subregistro) se compara al de denuncias por hurtos y robos. En segundo lugar, y en todos los países, la mayoría de los incidentes tiene lugar dentro del ámbito familiar, y su autor típico es el compañero o ex compañero sentimental.

 

El contraste entre la falta de estudios y la extensión objetiva del problema sugiere que la violencia contra las mujeres es la principal cara escondida de la inseguridad ciudadana en América Central –y a tal punto que la opinión ni siquiera lo percibe como parte del “problema del crimen”–. Y el hecho de que esa violencia se dé dentro del hogar, contrasta con la respuesta común de las mujeres centroamericanas en el sentido de que el hogar “es uno de los lugares más seguros” (Brenes, 2005), lo cual apunta a su dificultad de reconocer como delitos las acciones violentas en su contra. Por lo demás y en el caso particular de nuestra región, las modalidades más comunes y más preocupantes de la violencia contra la mujer parecen ser el femicidio, la violencia sexual y los casos de violencia doméstica o intrafamiliar.

 

a. Femicidios

(Algunos hablan de “feminicidio”, que no es igual. El “feminicidio” alude al exterminio de numerosas mujeres por razones asociadas con su género, y a veces le suma un ingrediente de impunidad o indiferencia por parte del Estado.)

 

Igual que pasa con el homicidio, el “femicidio” es el delito contra la mujer que más fácil parece de medir. Sin embargo el delito consiste en dar muerte a una mujer por razones asociadas con su género –punto este que habrá que establecer caso por caso y para lo cual escasea la información–.

 

Sabemos de dos estudios que intentaron desentrañar este asunto. Según los datos de Carcedo (2006) para Costa Rica, el 61% de los homicidios de mujeres perpetrados entre 1990 y 2003 constituyeron femicidios; y según el análisis de Ungo (2008), el 68% de los homicidios de mujeres cometidos en Panamá entre 2000 y 2003 fueron femicidios. El parecido de estas cifras quizá nos permita concluir que dos de cada tres mujeres asesinadas en Centroamérica mueren por razón de su género.

Pero además la mayor parte de los femicidios tendría lugar dentro del marco de relaciones íntimas y su autor sería el esposo o el conviviente: así sucede al menos en Panamá, donde dos de cada tres víctimas de femicidio mueren a manos de su compañero sentimental (Ungo, 2008). El grueso de los femicidios son pues la culminación de una larga historia de relaciones abusivas y controladoras por parte de parejas, ex parejas, familiares, pretendientes y acosadores (Carcedo, 2006). El resto de los femicidios seguirían de hechos como el intento de violación por parte de un desconocido o el “ajusticiamiento” de mujeres sujetas al tráfico sexual.

 

b. Violencia sexual

La violación es la (conducta tipificada) que menos se denuncia. En esto confluyen la vergüenza, el temor y la razón de la víctima (en el sentido de que los costos suelen ser mayores que los beneficios de una denuncia) –y más aún en el marco de culturas patriarcales–. Si el violador es además un pariente, un hombre de confianza o alguien que vive bajo el mismo techo, la denuncia es todavía más difícil. Y sin obstar el estereotipo o el “imaginario” del violador callejero que difunden los medios y las películas, la realidad escueta, en todas partes, es que la gran mayoría de los violadores son hombres muy cercanos a sus víctimas.

 

En estas circunstancias repitamos que (con la ya dicha excepción del femicidio) la confiabilidad de las cifras referentes a la violencia contra las mujeres es sumamente pobre. Tomando el caso de las violaciones –que, después del femicidio, son la modalidad más “flagrante” de esta violencia.

 

c. Otras formas de violencia contra las mujeres

El subregistro no se reduce a la violación sino que cubre y es quizás mayor respecto de las otras formas de violencia contra las mujeres. En Costa Rica por ejemplo, sólo el 17% de las víctimas de violencia física o sexual después de los 16 años reportó el incidente a las autoridades cuando el autor había sido el cónyuge, y solo el 10% lo hizo cuando el autor fue otro familiar. En Honduras apenas el 32% de las mujeres maltratadas por su compañero buscaron ayuda; de estas, 52% acudió a su familia, 38% a las amigas y 29% a la iglesia, pero a la policía acudió sólo 18%, a la fiscalía 15% y al juzgado 11%.

 

Para acabar de confundir el panorama, más allá del homicidio y de la violación, los códigos de cada país penalizan o no las otras formas de violencia contra las mujeres, usan términos distintos (en Honduras por ejemplo la violencia doméstica no es delito pero la violencia intrafamiliar sí lo es) e incorporan distintos incentivos o desincentivos para denunciar.

Y raramente se registran las circunstancias del delito que permitan análisis más precisos –por ejemplo, la relación entre víctima y victimario o el lugar de ocurrencia de los hechos–.

 

El cuadro 5.4, referente a Honduras y en 2006, dice que la gran mayoría de víctimas de violencia doméstica e intrafamiliar son mujeres, que la gran mayoría de los agresores son hombres, que en el 80% de los casos no se trata de un incidente aislado sino de una práctica frecuente, que la casa de habitación es el teatro principal de los hechos, que una misma mujer es objeto de distintas violencias, que la violencia física o sicológica es más común que la patrimonial, y que la violencia sexual en este contexto no es muy frecuente.

 

Por su parte las encuestas de victimización descubren, como es de suponer, una incidencia bastante mayor de la violencia contra las mujeres de la que muestran los registros oficiales. El 58% de las costarricenses han vivido al menos un incidente de violencia física o sexual después de los 16 años. El 36% de las salvadoreñas que han convivido con un hombre han padecido violencia sicológica o verbal durante su vida de casadas, y el 16% la sufrió durante el último año. En el caso de Nicaragua, el 48% de las mujeres alguna vez unidas indicaron haber experimentado violencia verbal durante la vida y 21% durante el último año.

 

Algo así pues como la mitad de las mujeres centroamericanas han sido objeto de violencia durante su vida adulta y casi siempre quien las ha agredido no es un extraño sino el hombre que escogieron para compartir la vida. Esta tragedia silenciosa, sin embargo comienza a ver la luz, puesto que como indica el cuadro 5.3, en casi todos los países y según todas las fuentes, el número de denuncias está aumentando aunque sea lentamente.

Algunos vínculos:

http://www.un.org/es/women/endviolence/about.shtml

http://stoprapenow.org/get-cross/

http://www.diariocolatino.com/es/20071122/nacionales/49474/

http://www.darsecuenta.es/el-acoso-sexual-en-el-trabajo/

http://universidaddeelsalvador.blogspot.com/2009/09/acoso-sexual-en-la-universidad-de-el.html

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2 comments

  1. Ana Maria Vargas · agosto 4, 2012

    En un banco que llamaremos d@vivienda de el salvador, trabaja como jefe de seguridad, un tipo al cual llamaremos hector di@as, pues bien este persona abusa de su puesto para hostigar sexualmente a las mujeres bajo su cargo, como es el jefe de seguridad todos lo temen y hasta dejo embarazada a una de las recepcionistas que trabajaban con el, ella ya no esta, pero el sigue, impune, haciendo lo mismo, vaya ejemplo de como estan cosas en estos paises.

    • ex360 · agosto 4, 2012

      Hola Ana María.
      Realmente es terrible que sucedan estas cosas. Y la invito a denunciar este hecho tanto a la PGR (recuerde que pueden hacer prueba de paternidad y OBLIGAR a este hombre a hacerse responsable del bebé).
      Si hubo coacción, también es un delito.
      Y le dejo un par de links que pueden serle de utilidad.
      Observatorio de Violencia
      ISDEMU

¿Está de acuerdo o quiere mandarme a la chonguenga?

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