Historias de Corosal

Corosal es una de las comunidades aledañas al Cerro de Guazapa. Ahí cada uno tiene su propia historia que contar. Si uno pone suficiente atención y les da la oportunidad, las personas pueden contarte cosas que te dejan con un nudo en la garganta y un mutismo del cual es difícil salir.
En esta comunidad al parecer abundan las historias de migración ilegal hacia los Estados Unidos. Para salir de la pobreza, muchos han hecho el intento de ir en busca del “sueño americano”. Si tal sueño existe, la travesía es la pesadilla que le precede.

Este señor se fue ilegalmente. Iban dentro de un furgón, sin agua, sin comida. Era tanto el calor que luego sacaban espuma por la boca. Como si la crueldad no fuera suficiente, les abrieron la puerta cerca de un charco donde estaban revolcándose unos cerdos. Todos bajaron y tomaron de esa agua. Cerca había un limonero y todos empezaron a pelar algunos para comérselos. Fueron los mejores limones del mundo. El hambre era tanta que dejaron de pelarlos y empezaron a comérselos con todo y cáscara. Finalmente llegaron a su destino.

El protagonista de esta historia es un amigo de Salvador. Cuando él se estableció, Salvador también decidió aventurarse y probar su suerte. Él cree que tuvo suerte porque no le fue tan mal como su amigo.
Él solamente pasó 8 días encerrado en una casa con varios hondureños. Escuchó como migración llegaba a otra casa donde había más personas que obviamente fueron deportadas. Había cierto conocimiento previo de uno de los coyotes. Por eso pudo observar claramente cómo este ya había elegido a una de las mujeres como su compañía personal y sabía que él había recibido mil dólares para alimentar a todos los de la casa antes de moverlos. Con sólo dos tortillinas y un par de salchichitas como ración diaria, su paciencia llegó al límite. Y por medio de la concubina le mandó a decir al tipo que “si él caía, él iba a caer también”. Hubo un obvio disgusto. Pero finalmente los movieron y en un auto llegó a Houston donde trabajó instalando pisos de madera. Él considera que tuvo suerte de tener ese trabajo porque, al estar adentro, había cierta constancia, a diferencia del trabajo de construcción. Aunque lloviera o nevara, la actividad no se paralizaba. Cuenta que hubo gente amable con ellos, pero también hubo quienes no querían que ellos tocaran siquiera las paredes. Fue feo para él andar escondiéndose constantemente como si fuera un delincuente. La seguridad iba volviéndose más estricta y él no quería que lo deportaran, así que eventualmente regresó al país por su propia cuenta…y luego se volvería a ir. Ahora está aquí, pero con lo que ahorró logró hacerse de su propia casita.

Rubén es un joven. Él también intentó irse a Estados Unidos. Cuenta cómo iba en el maletero dentro de un carro junto a otros dos. Uno de ellos era algo gordito, así que el espacio era menor y la falta de oxígeno casi lo hizo desmayarse durante ese trayecto que duró horas.
Una noche intentaban cruzar el desierto. Pudo ver algunos cadáveres a los que los pájaros ya le habían sacado los ojos. Él ya no pudo más. Sintió calambres en las piernas y estaba tan cansado que no le salía la voz. No podía gritar y ahí tirado se quedó, rezándole a Dios para que lo regresaran a su casa, cualquier cosa con tal de no morirse ahí.
No murió. Llegó la mañana y salió hacia la autopista. Un ranchero lo llevó y le dio de comer. Luego llegó otro ranchero acompañado de la migra.
Aunque le tiraran la comida en su celda, él estaba feliz de no haber muerto en el desierto y de no haber sufrido como otros de sus amigos muertos en manos de los Zetas.
El dinero que pagó para irse lo consiguió con dos años de cultivo y préstamo a sus familiares, unos 2,500 dólares (si mal no recuerdo). El coyote le ofreció un segundo intento si le daba otros dos mil dólares. Obviamente no aceptó y entre varios agarraron a este coyote, obligándole a devolver la mitad de lo que le habían dado ya para el frustrado primer viaje. Jamás lo volvió a intentar.

Aún se aparecen algunos coyotes proponiéndoles el viaje a los jóvenes. A ellos Rubén les cuenta su historia, también a los niños. Nadie se lo contó, él lo vivió y da testimonio de lo horrible que fue. 

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One comment

  1. Gabriel · agosto 8, 2010

    Como Corosal, tantos cantones, tantos caseríos, que sueñan y sueñan al ritmo de la construcción de la casa del vecino que se fue.

¿Está de acuerdo o quiere mandarme a la chonguenga?

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