Mohammed Aslam Khan

Estoy a punto de terminar el libro “Tres tazas de té” que recomiendo mucho, a pesar de que el principio no es muy atrapante y de que tantos nombres complicados confunden un poco al lector (o al lector malo con los nombres como yo).

Básicamente me gusta porque es algo en lo que creo. Tenés que moverte y hacer cosas por tu cuenta, sin esperar la ayuda de nadie más porque la gente pierde el interés sumamente rápido. Es triste y cansado, pero es cierto. Además nos habla de respeto y de llegar a conocer a las personas.

Una de las historias que más me gustó es la siguiente que reproduzco sin permiso de los autores:

Mohammed Aslam Khan había vivido su infancia antes de la construcción de las carreteras, en el extremo más alto del valle de Hushe, bajo la sombra de los glaciares colgantes del Masherbrum. En el pueblo de Hushe nunca pasaba nada. La vida allí transcurría con normalidad. En verano, los niños como Aslam conducían los rebaños de ovejas y cabras a pastos más altos mientras las mujeres elaboraban yogur y queso.

En otoño, Aslam se turnaba con otros chicos del pueblo para conducir a un grupo de seis jadeantes yaks en círculos alrededor de un poste, con el fin de que sus pesados cascos trillaran el trigo recién cosechado, y durante el largo invierno, se arrimaba al fuego tanto como podía, compitiendo con sus cinco hermanos, sus tres hermanas y el ganado de la familia por conseguir el lugar más caliente en los días más fríos.

Aquella era su vida. Así era como los chicos de Hushe podían esperar pasar su vida. Pero el padre de Aslam, Golowa Ali, era nurmadhar de Hushe (jefe de la villa). Todo el mundo decía que Aslam era el niño más inteligente de la familia, y su padre tenía otros planes para él.

A finales de la primavera, cuando el mal tiempo había remitido, Golowa Ali despertó a su hijo antes de las primeras luces del alba y le dijo que se preparara para abandonar el pueblo. Aslam no podía entender lo que quería decir. pero cuando vio que su padre le había hecho el equipaje, envolviendo un pedazo de churpa, un fuerte queso de oveja, en un fardo de ropa, se puso a llorar.

No tenía permitido cuestionar la voluntad de su padre, pero Aslam desafió al jefe del pueblo de todos modos.

– ¿Por qué tengo que irme? -le preguntó, volviéndose hacia su madre en busca de apoyo. Pero, a la luz de una parpadeante lámpara de aceite, Aslam comprobó con asombro que ella, también, estaba llorando.

– Vas a ir a la escuela -le dijo su padre.

Durante dos días, Aslam caminó hacia el sur con su padre. Como todos los chicos de Hushe, había deambulado por aquellos estrechos senderos de montaña que se aferraban a los bordes de los precipicios como la hiedra a las rocas. Pero nunca había estado tan lejos de casa. Allí abajo la tierra era arenosa y no tenía nieve. A sus espaldas, el Masherbrum había perdido la inmensidad tranquilizadora que lo situaba como el centro de su universo conocido. Era simplemente una montaña entre otras muchas.

Cuando el camino llegó a su fin en la ribera del Shyok, Golowa Ali colgó una bolsita que contenía dos monedas de oro alrededor del cuello de su hijo con un cordel.

– Cuando llegues al pueblo de Khaplu, encontrarás una escuela. Dale al Shaib que dirige la escuela estas monedas para pagar tu formación.

– ¿Cuándo volveré a casa? -preguntó Aslam, intentando controlar el temblor de sus labios.

– Sabrás cuándo hacerlo -le respondió su padre. Golowa Ali infló seis vejigas de yak y las ató formando un zaks, una balsa, el medio tradicional balti para vadear un río cuando su caudal era demasiado profundo como para cruzarlo a pie.

– Ahora agárrate fuerte -le dijo.

Aslam no sabía nadar.

“Cuando mi padre me puso en el agua no me pude controlar y rompí a llorar. Él era un hombre fuerte, pero mientras yo flotaba hacia el sur por el Shyok, pude ver que él también tenía lágrimas en los ojos”.

Aslam se aferró al zaks mientras el Shyok le alejaba de la vista de su padre. Ahora que nadie le observaba, atravesó los rápidos, llorando a lágrima viva, temblando por el frío del agua del deshielo. Tras unos momentos aterradores que podían haber durado diez minutos o dos horas, Aslam se dio cuenta de que se movía a un ritmo más lento a medida que se ensanchaba el río. Vio a algunas personas al otro lado del río y remó con las manos en su dirección, con mucho miedo a que el zaks se soltara con el movimiento de los brazos.

“Un anciano me sacó del agua y me envolvió en una cálida manta de pelo de yak -explica Aslam-. Yo seguía tiritando y llorando, y me preguntó la razón por la que había cruzado el río, así que le conté lo que me había ordenado mi padre”.

– No tengas miedo -le tranquilizó el anciano-. Eres un chico valiente por haber venido tan lejos desde casa. Un día, cuando regreses, serás honrado por todo el mundo.- Le puso dos arrugados billetes de rupias en la mano y le acompañó hasta el camino que llevaba a Khaplu, donde lo dejó en compañía de otro anciano.

De este modo, Aslam y su historia se extendieron por el sur del valle de Hushe. Fue pasando de mano en mano, y cada hombre que le acompañaba hacía una pequeña contribución para su educación. “La gente era tan generosa que me sentí muy animado -recuerda Aslam-. No tardé en matricularme en una escuela estatal de Khaplu, y en estudiar con todo mi empeño”.

…Y para saber el resto de la historia, tiene que comprar el libro

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