Inocencia y Sustancias

Yo me jacto de ser una persona que no pierde el tiempo con los “hubiera”. Pero este fin de semana recién terminado sí lo hice. Estando en el Saburo pensé en mi infancia y pensé que me gustaría regresar al pasado para pedirme disfrutarla más, para pedirme vivirla al máximo y no sentir deseos de crecer, sólo concentrarme en esos momentos.

Yo no me pondría a mí mismo como ejemplo…¡nunca! (excepto en mi incuestionable perfección). He hecho cosas que tampoco me permitirían convertirme en presidente (o talvez sí, si en un futuro los políticos mantienen la misma calidad moral) y en otros casos me he portado sumamente lento y mi proceso de crecimiento ha sido bastante pasmado. Todo depende de cómo se mire.

Sea como sea. Con los errores y aciertos (y a pesar de las añoranzas), siento que tuve una infancia bonita. Y yo soy un niño de la guerra. Mi madre todavía tuvo que agacharse embarazada en la cocina cantándole a su panza de embarazo, mientras pasaba la balacera. Le cantó a mi hermano, pero sólo nos llevamos cuatro años, así que piensen que fue para mí y pongan musiquita sentimental.

Quizás era una política estatal estupidizarnos con la TV para, en medio de la guerra, sembrarnos una ingenua ignorancia, sólo interrumpida por cateos, balaceras, desordenes en el centro y anuncios traumatizantes que te invitaban a no patear las latas en la calle, previniendo que perdieras tu pie con una mina terrorista. Más o menos lo lograron. Lo lograron mejor en las generaciones siguientes donde muchos ni siquiera saben cuánto duró la guerra (obviamente no hablo de ti, joven culto que lees esto).

Quizás fueron también nuestros padres quienes trataron -a lo La vida es bella– de mantenernos a cierta distancia (con mayor o menor éxito). La cuestión es que creo que muchos de nosotros logramos mantener cierto ritmo normaloide de vida. Quizás la situación nos hacía llevar un paso distinto como sociedad. No lo sé. Es mejor plantear preguntas que dar respuestas.

Pero este fin de semana me encontré hablando muchas veces sobre anécdotas de gente a mi alrededor o de sus amigos. Tengo la fortuna de moverme en un medio distinto a aquel en que crecí. Siempre había sido el menor y ahora suelo ser de los mayores, sino el mayor. (Sí, talvez sea mi imposibilidad de madurar y asumir responsabilidades). Esta gente joven me compartió anécdotas y algunos de ellos ya han experimentado con sustancias del tipo 2 y yo los veo tan chiquitos. No sé si sea por la edad o por mi patológica necesidad de asumir una actitud paternalista, pero me preocupan. Siento que han vivido sumamente rápido y sin necesidad.

No digo que no haya habido gente en mi generación haciéndolo. Pero ahora lo siento tan común. Y estamos hablando de la juventud educada y universitaria. No puedo evitar preguntarme qué pasará con la juventud que vive en el mismo medio (o quizás uno más violento y estresante), sin un compás moral (cualquiera que sea), sin nadie con quien hablar y fastidiado por la vida. ¿Cómo esperamos mejores cosas de ellos?

Por eso espero que alguien le apueste a los niños y niñas. Creo que es sumamente necesario brindarles un espacio para que sean quienes son por el máximo de tiempo posible. La vida ya se encargará de darles su dosis de realidad.

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