Ronnie 1

No había posteado nada porque lo que quería decir no ameritaba convertirse en mi entrada número 360. Sí, no es gran mérito, pero es mi forma de aprobarme y quererme.

Penny Lane decía que la gente famosa es más interesante, pero la niña Yolanda ya nos probó que eso no es así necesariamente. Ahora quiero escribir sobre Ronnie. A él lo pueden encontrar haciendo malabares en los semáforos cuando no está estudiando actuación en el CENAR. Y también tiene historias interesantes de su aventura mochilera hasta Colombia. Podría haberle llamado “Donnie” dado que a él tampoco le gusta estar en el foco de atención, pero creo que vale la pena conocer un poco de su historia. Grabé nuestra plática para sentirme importante y para que no me demande por supuesta difamación.

roTres

Creció en Mariona, en una zona de pandilleros. “La mayoría de mis compañeros eran amigos de pandilleros o familiares de pandilleros. Entonces se manejaba ese ambiente y siempre era violencia. Incluso me peleé un par de veces con mis propios compañeros, por eso es que yo miraba la violencia como parte de la realidad normal como niño”. Su mamá también era estricta porque así fue criada. A sus 12 años tenía “el concepto de que te haces respetar por la violencia…si te podes dar duro”. A mediados de séptimo grado se metió a aprender piano en el Roque Dalton.

“En una fiesta de un primito que era cristiano, llegó un señor que era ciego y tocaba el teclado. Yo me quedé admirado porque era ciego y tocaba el piano ¡y yo, puchica! Era la primera vez en mi vida que miraba un piano. Yo le decía piano aunque era un teclado. Yo le conté eso a mi mamá y quizás se lo conté así entusiasmado y a la semana mi mamá me llegó diciendo -ella trabajaba por la luz del mundo y el Roque está cerca- ella averiguó de los cursos que daban ahí y me dijo si me quería meter ahí a piano. Y yo encantado porque sólo tenía la imagen del señor ciego tocando y yo decía que así quería tocar como él”.

Luego encontró la dificultad del solfeo y, al final del primer mes, estaba listo para renunciar. Pero su mamá no lo dejó. “Y se me metió la idea de voy a ir, sino me puede pegar. Eso pensaba yo nada más. Pero ya como a los dos meses empecé a entender todo, de la nada empecé a entender el solfeo… y me empezó a fluir. Me llegó. Y empecé a meterle y ya sólo pasaba ahí”. Acá empezaron a chocar sus mundos. Sus compañeros de séptimo ya hablaban de sexo, muchos ya habían tenido relaciones y él estaba interesado en una de sus compañeras. Le empezó a preguntar qué música le gustaba y ella le dijo que salsa y le mencionó nombres que él desconocía. Luego le tocó el turno a él, que ya había aprendido a apreciar a Beethoven y Mozart. “Y de ahí…¡era raro! Toda la mara me empezó a decir que era raro, porque era muy diferente el mundo que vivía ahí y el del Roque Dalton”.

Estuvo tres años practicando el piano, sin aprender mucha teoría.

Cada año se presentaba algo aprendido en el taller. En una de esas ocasiones, iba a tocar un fragmento de Mozart y estaba muy nervioso. Ahí se le acercó Miguel Díaz, del teatro. Como ellos estaban a la par, Ronnie sólo los había oído durante sus clases: “sólo escuchaba que se puteaban o se cagaban de la risa o hacían de locos y yo decía yo quiero hacer eso pero sólo para decir todas esas cosas sin que nadie te dijera nada”. Miguel le explicó y trató de tranquilizarlo antes de entrar a escena.

Al tercer año, la obligación de presentar un sociodrama en la escuela, le dio el pretexto perfecto para dejar el piano por la actuación. Miguel le ayudó a montar una obra a él y a sus nueve compañeros. Una vez hecha la tarea, se quedaron tres. Luego quedó sólo él. Y luego inició el proyecto de la compañía municipal con tres maestros. Así conoció los malabares.

A sus dieciocho años y junto a aproximadamente 35 personas asistió al taller de malabares, de una semana de duración. Los encargados del taller eran “Mele” y “El cuche”, un malabarista mochilero que acababa de regresar de Colombia. El diábolo fue el último que les enseñó, pero fue del que Ronnie se enamoró. Cruzar las pelotas lo sentía muy complicado y él también fracasó con el monociclo.  Con el tiempo ya sólo quedaron como diez personas y él, junto a su amigo Fabio, mantuvieron la práctica con los diábolos que el teatro les prestaba.

Los dos interrogaron a “El cuche” de cómo había hecho para moverse en sus aventuras mochileras. Les sorprendió la respuesta: El semáforo. Les contó que en Panamá hizo como cien dólares en dos horas. Esa idea resonó en sus cabezas.

Junto a Fabio siguieron practicando y mirando videos en youtube. Cuando un amigo les pidió hacer algo de teatro en el INFRAMEN no tuvieron problemas en montar un pequeño sketch de mimos y malabares. Se llamaba “El aprendiz”. Ronnie era el maestro y Fabio, el aprendiz indisciplinado que era golpeado con un periódico. Ahí descubrió Ronnie cuánto se reía la gente con el maltrato al otro. Era un domingo y Ronnie tuvo una idea. Ya andaban la pintura, ya andaban los juguetes, ¿por qué no ir al semáforo? Con las pinturas nadie iba a saber que eran ellos. Se fueron al semáforo de la Universidad Nacional, por odontología. Esa vez él era el humillado porque Fabio podía más con el diábolo. Habían hecho dieciséis dólares. Ocho dólares para cada uno, “en mi vida había hecho dinero tan rápido” y se fueron a comer una hamburguesa.

Practicaron más y fueron más constantemente al semáforo, combinándolo con el teatro. El proyecto no funcionó porque la gente era indisciplinada y sólo quedaron cuatro. Uno de ellos era Balbino, a quien también entusiasmaron con el semáforo. Él había concentrado sus esfuerzos en las clavas y se había hecho unas con botellas de salvacola. Él tenía otro amigo, Ramón, que les comentó de la Avenida Bernal. “¡Antes sí sacaba un montón! Como quisiera que fuera como antes. Antes, en una hora, sacaba como quince dólares…la meta era cincuenta porque una vez sí sacamos cincuenta con Fabio. Sesenta sacamos entre los dos”.

Ya para el siguiente año, entró a la universidad, a estudiar Filosofía. Su primera opción era psicología. Pero la filosofía le ayudó a ver el conocimiento como una parte bien importante, le enseñó a cuestionarse los tabús y dogmas. Seguía con la idea de irse del país, pero quería terminar su carrera o, por lo menos, hacer unos cuatro años.

En esa época ya había comprado su propio diábolo y tenían mejores rutinas. Iban al semáforo los viernes o los sábados, “pero nunca nadie iba solo…era ese miedo”.

En un día sin clases conocería a otro amigo, Edwin, estudiante de Chelo en el CENAR, y a “El gallo”. Con Edwin empezaron a hablar e intercambiar música. Por fin había encontrado alguien con quien hablar y no era más el raro, el loco que se iba a morir de hambre.

“El gallo” se interesó en aprender malabares y Ronnie le enseñó lo que sabía para ese entonces. Cuando ya sabía un par de cosas, Ronnie lo invitó al semáforo; pero le daba pena. La primera vez se puso una peluca con rastas y lentes. “El gallo” le presentó a otro amigo, Anderson. La primera vez que se conocieron, le quebró unas baquetas; pero le dio una parte del dinero para unas nuevas. Luego le enseñaría más malabares. Edwin embarazó a su novia, dejó la universidad y ya no supo de él.

GUATEMALA

La universidad organizó un viaje a Guatemala. Se les unió Anderson e iban listos para hacer malabares. Fueron a Panajachel y, bajo los efectos de  las hierbas, preguntaron en los bares si podían hacer su rutina y pasar el sombrero. Después de muchos rechazos, llegaron a un bar que estaban inaugurando donde el dueño accedió. Todos estaban nerviosos, pero él les decía que no les importara, que ya estaban pintados; además sabía que sólo con pegarle a alguno, la gente se reiría. Anderson era el presentador porque hablaba un poco de inglés y sólo podía cruzar un poco las pelotas. “Ese día no lo voy a olvidar. Me acuerdo que estaba la luz amarilla y hasta nos pusieron música y nosotros jugando. Y como mimos, todos en silencio, todos a la expectativa. En los semáforos es diferente, la gente está ahí porque está en rojo el semáforo. La gente estaba ahí porque quería estar ahí y estaba poniendo atención. Yo me sentía nervioso, pero me sentía bien porque estaban poniendo atención”. Sacaron buen dinero y decidieron ponerse en la plaza de Antigua el día siguiente. Era la primera vez y no obtuvieron tanto como en la noche; pero lo peor fue que Anderson perdió todo el dinero, lo de ese día y lo que quedaba de la noche anterior. Mientras se despintaba, una señora agarró y se llevó el dinero, según les dijeron los vendedores de la plaza. Por lo menos no tenían que preocuparse por el regreso pues iban con la universidad.

Al regresar y ya sabiendo que podían hacer malabares en cualquier lado, se pusieron como meta ir a Costa Rica.

(FIN DE LA PARTE 1)

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2 comments

  1. Pingback: Ronnie 3 « Ex360′s Blog
  2. Mónica · marzo 28, 2011

    Qué buena historia! me quedé picada por saber más de Ronnie y sus andanzas… ¡¡¡saludos!!!

¿Está de acuerdo o quiere mandarme a la chonguenga?

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