Ronnie 2. De la calle somos y por la calle vamos

COSTA RICA

Anderson conocía a una señora que había vivido aquí en El Salvador para el tiempo de la guerra. A la semana, él ya había hablado con ella y había accedido a tenerlos en su casa. Decidieron ahorrar lo que obtuvieran en el semáforo para el pasaje. Gracias a un ex compañero de bachillerato que trabajaba en Puerto Bus podían conseguir un descuento del 25%. Al mes compraron los boletos, pero Ronnie mantenía su compromiso con el montaje de “Cualquier otro lugar menos este”. Fabio no quiso, pero Balbino sí se les unió. Él sólo compró su boleto de ida y pensó en sacar allá el dinero para el regreso.

“Nos empezó a gustar esa sensación de sentir que vas dejando el país y no sabes lo que viene”. Gracias a la ancianita, no tenían que pagar por el lugar donde se quedaban.

 

Un día sábado le había ido bien a Ronnie y consiguió cincuenta dólares. Balbino no había conseguido dinero para regresarse y su mamá se los había mandado. Conocían una tienda de malabares donde las cosas eran más baratas. Balbino no pudo resistir la tentación y le dijo a Ronnie que pusieran mitad y mitad y se compraran un monociclo. No le importaba tener que irse después para cumplir con el montaje.

Al día siguiente fueron a comprarlo. “¡Y el niño! Ya agarramos el monociclo. En mi vida había tenido uno…hasta nos tomamos una foto”.

 

DE REGRESO

Sólo estuvo dos semanas y se regresó con todo y monociclo. Los otros tres se quedaron. Aunque hubiera sido a la fuerza, su mamá le había inculcado disciplina y a Miguel le tenía agradecimiento. Decía “el señor me está ayudando, yo sé que voy a aprender algo de él y por eso siempre me quedé,…siempre lo escuchaba”. No podía dejarlos tirados.

 

Balbino fue el primero de todos en atreverse a regresar mochileando. Se tardó una semana en venir en furgones. Así se entusiasmó Ronnie con la idea de hacer eso también. En cuanto regresó, Balbino se salió del Roque Dalton. Decía que ya había encontrado lo que le gustaba, que era viajar. “El gallo” y Anderson se quedaron dos meses en Costa Rica.  Ronnie se quedó picado por haber estado sólo dos semanas.

 

Teniendo un ingreso con los malabares, Ronnie ya se había ido de la casa, anunciándolo con una semana de anticipación. Le reprochaban el teatro y el mismo hecho de los malabares. Le decían que se iba a morir de hambre y por eso no quería seguir viviendo ahí. “El duende”, un amigo de “El gallo” alquilaba un cuarto en veinte dólares en San Ramón. Y ahí se fue. “El gallo” también decidió ir a vivir ahí.

 

En noviembre, junto a Anderson y “El gallo”, se presentaron en la plaza cívica. Conocieron a unos argentinos mochileros. Uno de ellos se llamaba Marco. Había pasado por Honduras en su viaje desde Colombia. Les contó lo bien que le había ido económicamente en Honduras porque ahí casi nadie hacía malabares. Ahí mismo se iban a presentar los “Payasos sin fronteras”. “Ellos tocaban su propia música. Uno tocaba el violín, el otro tocaba la armónica…todos estaban viejos y había uno joven nada más que hacía malabares”. Lo dejaron impactado. “El que tocaba el violín sacó un títere…era un duende verde… Empezó a hablar con él y empezó a mover la cabeza ¡y miramos que de verdad el muñeco tenía vida! Y de la nada, vemos que el muñeco cierra los ojos”. Quedaron con la boca abierta y, al terminar, fueron a hablar con ellos. El más joven era argentino y les contó que en Suiza había estudiado teatro y un poco de circo. Intercambiaron experiencias de viaje, les dio sugerencias y les dijo: “Si se van ustedes tres, tienen que estar bien unidos y tienen que quererse…tienen que ser una familia a la hora de viajar”.

HONDURAS

En la tarde, después de todo lo visto y hablado, se les vino la idea, “vámonos para Honduras”.

El padrastro de “El gallo” vivía ahí, así como unos amigos de los papás de Anderson. En la casa de San Ramón dijeron súbitamente “vámonos ahora” y empezaron a alistarlo todo. Unos empleados del padrastro de “El gallo” habrían de recogerlos cerca de la frontera para llevarlos a Tegucigalpa. Sintiendo que todo les indicaba que lo hicieran, estaban listos y el papá de Anderson los llevó un poco antes de la frontera.

 

Vino la primera sorpresa. Los trabajadores sólo sabían de “El gallo” y no podían llevar a nadie más. Sin embargo, tenían el contacto de los papás de Anderson y el dinero que les pagaron por el evento en la plaza, 15 dólares cada uno, suficiente para llegar hasta el primer semáforo en San Pedro. Les hicieron el favor de dejarlos en una gasolinera después de El Amatillo. Seis de la tarde en esa gasolinera. “Ahí sí me sentí preocupado…anteriormente ya habíamos salido, pero todo planeado…ya teníamos dónde quedarnos”. El vigilante les dio los horarios y los precios, sí les alcanzaba para llegar a Tegucigalpa. Ahí llegó un tipo raro del que, al principio, desconfiaron. Le dijeron que eran mochileros y que hacían malabares. Él les contó que él había ido a trabajar en Puerto Rico, “no sé si fue paja de él, pero esa vez le creímos”.  Le cayeron bien y les regaló mota. Les dijo “de la calle somos y por la calle vamos”. Y se fue por la calle oscura. El vigilante les permitió dormir en la cama de un pickup. Eventualmente llegaron a Tegucigalpa y, de ahí, a San Pedro.

 

En San Pedro encontraron el semáforo cerca de Metrocentro. Apenas empezaba con las clavas, pero la gente estaba encantada. Estaban quedándose donde una señora ya mayor y, respetándole su casa, iban a fumar afuera. Un día iban caminando por los pasajes buscando un lugar solitario. Cuando ya cumplieron su cometido, “el gallo” iba adelante y no se dio cuenta que un carro se puso junto a Anderson y Ronnie. El conductor les sacó la pistola y les preguntó porqué estaban viendo su casa, que si querían robársela. Se presentaron como malabaristas y mochileros y los dejaron en paz, pero ya no los quería ver ahí. Después del susto, eventualmente, lograron reírse de ello.

 

El plan de todos era ahorrar dinero, por eso se aguantaron el hecho de que sólo en un semáforo podían encontrar la sombra de un pequeño arbusto. Iban a sacar lo más posible para cumplir otra meta: irse del país definitivamente en el 2009. El horario era desde las 10 a las 12 y de las 3 a las 6. Estaban extremadamente requemados. En una semana, él sacó 100 dólares y estaba listo para regresar al montaje en el Roque Dalton.

 

EL 6 DE ENERO

Una vez aquí hablaban constantemente de cuando estuvieran en Costa Rica, en Colombia, ¡en Brasil! Y se pusieron una fecha para no echarse atrás: el lunes 6 de enero.

Antes de salir de la universidad, habían conocido a Maxi. Él también se apuntó al viaje. Pero muchos otros ya lo habían hecho, así que no se lo tomaron tan en serio. Él, por su trabajo, no quería irse en esa fecha. Les dijo que los alcanzaría después. “El duende” también decidió hacer lo mismo por su trabajo en un banco.

 

En diciembre Ronnie les explicó a los del teatro que se iba a ir. Fabio no quiso irse por la Universidad. Volvieron a comprar los boletos en Puerto Bus. Esta vez, sólo ida.

Ya habían intentado disuadirlo cuando se fue de la casa, así que anticipándose a eso, le contó a su mamá su nueva decisión sólo dos semanas antes de la fecha. Sus papás empezaron a llorar y le dijeron muchas cosas más para intentar que cambiara de opinión. Su mamá le dijo que por qué había caído tan bajo pidiendo en los semáforos. Ese era un tema recurrente. Él le dijo que él no andaba pidiendo, que él hacía malabares y expresaba su arte y que, si a la gente le gustaba, le daban dinero. “No es el hecho del dinero, es el hecho de hacer lo que a mí me gusta…me hizo sentir mal porque esperaba un apoyo, pero no…” Pero estaba decidido.

Cuando se despidió de su hermanito, “yo con ganas de llorar,…hasta me acuerdo que lo abracé y él ni me abrazó…a pues ya me voy, le dije. Va pues, salú, me dijo”. Y llegó el día.

 

Los papás de Anderson los dejaron en Puerto Bus. La mamá iba llorando. Ronnie tenía otras ideas en la cabeza. “Iba escuchando a Silvio y pensando ya me voy a ir, ya me voy a ir, ya no voy a regresar”. Y llegamos a Costa Rica.

(FIN DE LA PARTE 2)

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