Ronnie 3

Si no se acuerda de dónde viene esto, vea aquí y aquí.

COSTA RICA (de nuevo)

A la semana, en el semáforo, conocieron a “El Pájaro”, colombiano de 23 años que había viajado desde los dieciséis años. Él les dijo que conocía un lugar que podían alquilar para evitarse el pago de hotel. Era de su ex suegra y habló con ella el mismo día, consiguiéndoles mejor precio, unos 60 dólares mensuales. “El pájaro” lo marcó bastante por su ayuda desinteresada, por ser buen malabarista y artesano, ser buena persona y leer bastante, a pesar de no haberse preparado en la universidad.

Era todo un personaje, se había rapado la mitad de la cabeza y sólo tenía el largo del pelo. La primera vez que lo encontraron en el semáforo, tenía un overol anaranjado, un casco de construcción, botas y montaba un monociclo jirafa. Era la primera persona a la que Ronnie veía en uno. Él llevaba el suyo, el normal, porque le compró su mitad a Balbino.

Después de un mes de pan dulce, Ronnie engordó y recibió a Maxi, a “El duende”…¡y a su papá! Había ido a convencerlo para que se regresara. “Sólo se estuvo tres días pero fue bien extraño”.

Todos estaban desesperados por la escasez de hierba y no podían quejarse en voz alta sin luego avergonzarse porque ahí estaba el señor que, obviamente, no oyó nada. Como todos fueron a un festival, estuvo dos días solo con él, antes de que se regresara ya más tranquilo porque vio que no aguantaba hambre y tenía un techo.

Era una nueva experiencia eso de estar viviendo hacinados, le gustaba; pero había un gran desorden en el cuarto que compartían los cinco. “El gallo” y Anderson probablemente estaban acostumbrados a que les hicieran todo en la casa, así que eso era motivo de incomodidad. Compraron ácido bórico para los pies y “el gallo” no quería usarlo, aunque él era el más apestoso, hasta que le hicieron una intervención. Maxi se encargaba de limpiar el baño y Ronnie de lo demás; pero el orden se fue cayendo, como quedó evidenciado por la mancha de macarrones en el suelo que nadie nunca limpió.

En una camioneta de “El pájaro” se fueron a las playas y consiguieron buen dinero. Hasta sacaron para pagar el ferry y moverse de Punta Arenas a Moctezuma. En esta última playa, practicando los saltos hacia atrás, Ronnie cayó mal y se lastimó el tobillo, “cabal me acuerdo que, en el aire, dudé”. En el carro, de regreso a San José, se le hinchó. Todos se bajaron para cambiar una llanta pinchada y él ya no podía apoyar su tobillo. Anderson le prestó para ir a un quiropráctico, pero después le tocó quedarse en la casa: “¡Algo que detesto! Estar solo en un solo lugar…bueno, hoy ya lo asimilo más…y, para colmo, por irresponsabilidad de nosotros, nos cortaron la luz”. No habían pagado el recibo y, por no pagar la mora, pasaron un mes sin luz. Ahí estaba Ronnie viviendo a oscuras con una candela durante unos quince días. Y cojeando, andaba en la casa. El tobillo le quedó pando por falta del reposo necesario. Como no salía, los demás le daban para la comida; pero a él le daba pena y gastaba sus pocos ahorros. Luego cojeó para reiniciar la vida semaforil.

El último mes en Costa Rica les contaron de la región de Talamanca y de los indios Bribrí. Les dijeron que ellos cambiaban comida por hierba y para allá se fueron con el dinero de un evento anterior en un hotel.

En el bus hacia la región, conocieron a un señor que iba borracho. Ya sabía que había ganado Funes, mientras ellos estaban indiferentes ante la política del país que habían dejado.  Les dijo que él vivía ahí en la comunidad bribrí y que hablaba el dialecto. Por su ebriedad, no le creyeron, ni se tomaron en serio su posterior invitación a quedarse en su casa.

Se quedó el bus estratégicamente cerca de una tienda. El señor hablaba con todo el mundo. Se llama Diego, era profesor y los invitó a cervezas.

Les preguntaron a unos jóvenes si era cierto el rumor del trueque. Ellos se pusieron a reír y dijeron que también habían escuchado ese rumor, pero que tenían que ir con alguien que conociera a los indígenas porque si no, los podían matar; sí había plantaciones de marihuana pero, aparentemente, los indígenas ya estaban hartos de las visitas de los narcos. Les dijeron que Diego era quien les podía ayudar a llegar. ¡Sí era cierto!

Así, borracho, Diego accedió a llevarlos. Esperaron la reparación del bus y se fueron con él, diciéndole que iban con la intención de dar un taller de malabares. Había que pasar un río con lancha, pero sólo hasta cierta hora…pero Diego conocía a todo el mundo y habló con sus amigos, dueños de lanchas. Pagó la lancha y empezaron a sentirse mal por engañarlo. A Ronnie le dio un ataque de remordimiento y le confesó la verdadera razón por la que iban. “Sólo se quedó callado y se nos quedó viendo…así, bien serio…no nos dijo nada, pero entendimos todo”. Siguieron y veían el cielo estrellado en medio del río. Luego tomaron el bus de otro amigo de Diego y posteriormente empezaron a caminar bien arriba, río arriba, todo oscuro y Ronnie iba sintiendo que lo iban viendo entre el monte. Le pareció ver una silueta más adelante; pero la ignoró, reanudando la conversación con Diego.

Anderson empezó con sus miedos y todos estaban enojándose con él: “¡Pateá seguro!”.

Se cruzaron el río con todo y las mochilas. Finalmente, alrededor de las nueve o diez de la noche, llegaron a la casa. Era toda de madera, de dos pisos, construida por él mismo. No había luz eléctrica y el agua la sacaban del río con un mecanismo de manguera. La esposa de Diego era nativa y tenían un hijo, Elmer.

Esa noche durmieron en la casa y, al día siguiente, les dijeron dónde podían poner la tienda de campaña para 10 personas que, entre todos, habían comprado en San José.

Elmer sólo tenía 12 años, así que sólo le preguntaron acerca de los nativos, pero no le pidieron que los llevara con ellos. El niño los llevó a ver una cascada y les contó de los tigres del lugar. El lugar era bonito, pero Ronnie seguía teniendo la sensación de que estaban siendo observados.

Al regresar, Diego les pidió que hicieran malabares, así que empezaron a hacerlos. Diego mandó a llamar a sus vecinos, los nativos, para que también presenciaran el espectáculo. En la noche, siguieron con fuego, “algo básico…la verdad es que no es muy complicado…con cadenas”. “Fue una experiencia bien bonita porque no es personas como de la ciudad que están contaminadas, por decirlo así, con todo lo urbano…nos aplaudían y se sentía eso, bien bonito”.

Llegó la hora de dormir y ahora en su tienda de campaña.

Salieron a ver el cielo estrellado. Ronnie sintió que tenía alguien a la par y, al voltear, no había nadie. Luego poco a poco, uno por uno, fueron diciendo que se iban a meter a la tienda. Todos sintieron lo mismo. Finalmente todos empezaron a expresar su paranoia: todos sentían que estaban siendo observados y concluyeron que se trataba de los nativos vigilando a los extraños.

Llegó la mañana. Iba a ser el último día porque sentían pena con Diego quien les estaba dando la comida y el lugar. Como estaba dando clases, no se pudieron despedir de él, pero le dejaron los víveres que llevaban para el trueque. Elmer los llevó hasta el río.

El dolor del tobillo ya era poco. Las ganas de seguirse moviendo eran más grandes.

Llegaron a Puerto Viejo donde se percataron de que los malabares no eran suficientes. Era un pueblo y “si hacías malabares una vez, ya sólo esa vez…porque si hacías otra vez, eran los mismos los que te iban a ver”.

puerto viejo

Ahí no conocían a nadie y solo tenían su tienda. Ahí sí se puso ansioso. “Antes sí era así, ansioso de tener las cosas seguras, quizás porque anteriormente todo se nos fue dando así bien al suave, pero esa vez ya no; era como que la magia iba acabando…después entendí que era parte del viaje, no todo te va a salir así como lo querés”.

Fue con “El duende” a la playa para buscar trabajo. Nadie les quería dar nada y les iban a cobrar el equivalente a 8 dólares por persona si querían acampar.

Empezaba a oscurecer y todos estaban relajados. Él estaba molesto, pensando que les iba a tocar dormir en la playa y que no tenían qué comer. Maxi lo calmó. Anderson y “El gallo” se fueron a buscar por otro lado. Un piedrero les dijo que conocía un lugar donde podían quedarse.  Llegaron a donde “el chicleto” y sí los dejó que pusieran la tienda. Era un gran terreno y la casa era de madera. La casa tenía cocina, refri, tele y  cafetera (para alegría de Ronnie y su vicio de toda la vida).

“El chicleto” era un surfista de 35 años a quien una ex novia suiza le dejo la casa. “Era pequeño, algo gordito, algo chinito, bien alegre”. Les dio pena preguntarle el origen de su apodo y, aunque les dijo su nombre real una vez, lo olvidaron. Vivía relajadamente de la venta de terrenos que había heredado.

Cuando le preguntaron dónde poner la tienda, él les dijo que no, que ahí había un cuarto y que otro podía quedarse en la sala.

En la noche fueron a hacer malabares y les salió bien poco, sólo para la comida y para pagarle a “El chicleto”. Les iba a cobrar 1000 colones a cada uno por noche. Después de la segunda noche, ya no les volvió a cobrar.

Él les compartió sus vivencias como surfista y las de la gente que había conocido. Descubrieron que la única forma de sacar dinero ahí era con las artesanías y empezaron a trabajarla. Ronnie había aprendido unos puntos con alpaca, justo antes de irse. Les costó un montón.

Siguieron buscando trabajo y, aún en los hoteles en construcción, todas las plazas ya estaban asignadas. Hasta que llegaron a una escuela y fueron a ofrecer un taller a cambio de comida. La maestra accedió. Todos los niños eran hiperactivos y les dieron mucho trabajo. Como iba a ser todos los viernes, además de darles los víveres, les pagó por adelantado la siguiente clase.

Ese fin de semana, “Chicleto” recibió a un par de amigas de Canadá, dos señoras que iban bien alegres fumándose su porro. Hicieron malabares y les enseñaron sus artesanías. Les hicieron gran pedido para sus amigas (8 de estas, 5 de estas, 6 de esas) e iban a regresar por ellas al día siguiente.

Habían comprado alpaca de memoria, así que les costó mucho manipularla, “hasta nos salieron callos”. No sacaron todo el pedido, pero aún así les pagaron. Para no gastarse el dinero, decidieron irse inmediatamente a Panamá. Se acabó el proyecto de los talleres en la escuela.

Solo estuvieron dos semanas en Puerto Viejo.

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3 comments

  1. Pingback: Ronnie 13: Turbo, descargas y una separación | Ex360
  2. Chicleto · enero 4, 2014

    Gracias x la buen bajé..

    • Chicleto · enero 4, 2014

      Roni mi hotmail .chicleto(at)hotmail.com. Soy yo d ptvj m compa pvida.

¿Está de acuerdo o quiere mandarme a la chonguenga?

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