Esperando

Hoy fui a refrendar mi licencia y luego fui a pedir las medicinas de mi papá a la farmacia del ISSS. Fue una mañana dedicada a esperar.

Pero esperar en el ISSS fue divertido. Empezando por tener en mis manos el carnet de mi padre donde un sellito estúpido anuncia la aún más estúpida categoría de “vejez vitalicia”. ¿Toda su vida fue viejo o temían que alguien pudiera cambiar de categoría después?

 

En todos los viejitos (adultos mayores, ¡por favor!) podía ver algo de mis padres. Antes de que yo entrara, iba saliendo una mujer con su fotocopia de un libro bíblico. De seguro sólo leyó un par de páginas antes de quedarse dormida. Ya adentro, un señor se encontró con que el oasis no tenía sus conos de papel, sino bolsas de plástico. El señor, por supuesto, se tomó su tiempo para sacar la bolsa, extenderla bien y luego servirse el agua.

Interrumpen mis elucubraciones. Llaman a José Vasconcelos. Sí, aún vive en nuestro país.

Delante de mí están sentadas un par de señoras con sus nucas regordetas. Están riéndose de la foto del carnet de una de ellas. Las interrumpen porque llaman a la del carnet. Luego le toca el turno a la otra que tiene que juntar su inmensa cartera y su sombrilla enorme.

Entra un joven con arito en la ceja. Me divierto pensando cuántos de los presentes reprueban secretamente su apariencia y piensan “si fuera mi hijo”.

Ya le encontré lo divertido al asunto. Junto a mí está una señora que saca su dulcito; luego se pone a luchar con el envoltorio, asegurándose de comerse todos los micro fragmentos que tenía pegados. Seguramente no quería hacer la “chanchada” en su cartera. Junto a ella está un cuarentón ansioso, oye música y mueve incesantemente su pierna (cosa que me molesta mucho, menos mal que no está junto a mí). Supongo que él está más ansioso que todas estas personas que están aquí. Ellas no tienen más que tiempo.

Sonriente por todos mis pensamientos, veo a una señora bien digna contando silenciosamente un chambre a la que está detrás suyo.

Llaman a un viejito que ya no debería andar con su casco de motorista. Pobrecito, pero talvez él prefiere estar activo. Elijo creer eso.

Atrás suena un teléfono. La dueña, por supuesto, se tarda mil años en sacarlo y encontrar el botón para responder.

Llaman a una señora toda humilde con todo y delantal. Luego llaman a una señora toda emperifollada y rubia. La democracia.

Un señor le cede el asiento a otra señora. Esta, después, ayuda a una mujer que entra toda abatida con su hija. La señora agarra las medicinas que la mamá le dio a sostener a la niña mientras ella intentaba desesperadamente encontrar quién sabe qué en su cartera.

El señor que cedió el asiento habla con otro hombre. Una vez le entregan sus medicinas, se despide fría y rápidamente de su interlocutor. ¿Eran extraños o está siendo frío como se espera que sea?

La señora del envoltorio que estaba junto a mí empieza a ponerse paranoica porque cree que van en desorden. Ya no ve a la que iba después que ella. En menos de cinco minutos la llaman.

Atrás hay una señora que ya hasta sacó un artefacto de madera con el que está cosiendo. No me pregunten qué era. Yo no sé, soy un ignorante. Ahora que ya no hay nadie junto a mí, veo que ya se fue el impaciente y ahora está una mujer en su lugar. Ella contesta su celular y habla tan duro que no me deja oír la apagada voz anunciante. Cuando acaba su llamada, noto que tiene el audífono puesto. Justo delante de ella hay otra señora con un aparato auditivo. ¿No es irónico? Es como ganarse la lotería y morirse al día siguiente.

Ya no puedo seguir viéndola, entra un señor con los pantalones bien arriba con un libro metido en ellos y se sienta entre nosotros.

Es mi turno (el de mi padre). Finalmente dejaré de escribir palabras clave en mi celular y dejaré de considerar la utilidad de un blackberry. Un viejito hace que me tropiece. Sigo como si nada, no me puedo enojar con el viejito… aunque estuviera de espaldas y no tuviera razón alguna para mover así sus piernas.

Y me voy con la sensación de que la farmacia del ISSS es como una metáfora de la vida. Todos nos juntamos aquí y la vejez es lo único incluyente: todos vamos para allá. Bueno, todos ustedes porque yo, como la tigresa del oriente y la duquesa de alba, me rehuso a envejecer dignamente.

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One comment

  1. Pingback: Cambiando placas « Ex360′s Blog

¿Está de acuerdo o quiere mandarme a la chonguenga?

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