Ronnie 4

Probablemente pensó que ya había olvidado esta historia, pero no. Lo que pasa es que estoy tratando de mantener el interés de las personas y que vengan a buscar la continuación cada día. ¿Estará ahí? ¿No estará? ¿Qué agudos y mordaces comentarios tendrá para compartir hoy? Pues ahora les traigo la parte cuatro. Por si lo ha olvidado, Ronnie y sus amigos estaban a punto de llegar a Panamá, acercándose cada vez más a su sueño de llegar a Sudamérica.

Tenían suficiente dinero para llegar a la frontera de Panamá. Tomaron el bus. Al llegar, les dijeron que debían comprar un ticket de ida y vuelta (11 dólares por persona). Sin él, no les daban el sello. No les alcanzaba y no cedían a sus pedidos. Como les faltaba dinero para uno, tuvieron que hacer malabares, logrando apenas juntar lo que necesitaban. Los policías no les dijeron nada.

Necesitaban dinero para llegar al pueblo de Changuinola y, en ese momento, desearon haberle creído al tipo que, en Costa Rica, les dijo que tomaran el bus que iba directamente hasta ahí. Así hubieran ahorrado el pago en la frontera, donde sólo se hubieran parado para la revisión de pasaportes. No le habían creído porque era mentiroso, se reía y el nombre del lugar parecía risible. Pero era verdad.

En changuinola, estaban enojados y con  hambre hasta que descubrieron que la cerveza valía 40 centavos. Se desató la alegría: “Todo bien caro en Costa Rica y la mitad de barato en Panamá”. Se fueron a los bares a hacer el espectáculo y la gente también los invitaba a cervezas.

Ya más noche, empezaron a preguntar si alguien les daba un espacio para poner la tienda. Un señor que tenía un taller se los permitió. Un señor dizque le había enseñado a Anderson a leer las cartas mientras estuvieron en Puerto Viejo y, con su mazo de póquer, empezó a adivinar el porvenir de Ronnie. Eventualmente le salió el as de picas que significa la muerte o algo malo.

Para ir a la capital, tenían que salir desde “David”. Habían hecho dinero suficiente para el hostal, la comida y para que cada uno se comprara unas doce cervezas (incluso Ronnie, a quien no le gusta).

En la ebriedad empezaron a decirse que ya eran como hermanos y debían cuidarse como una familia (como había dicho antes el argentino). Cada uno hizo un ejercicio teatrístico de confianza, compartiendo algo que nadie o casi nadie sabe. No puedo decir qué contaron porque no presioné para enterarme.

A la mañana siguiente, llegó el momento de sacar el dinero suficiente para irse a Panamá (la ciudad). Fueron al único semáforo que hay ahí.  Anderson y Ronnie fueron primero. El resto se les unió después…un poco borrachos porque habían hecho una parada en un bar cercano al hostal, donde el espectáculo en monociclo les consiguió unas cervezas.

La gente les decía que para qué se iban a ir a la ciudad de Panamá, que la gente ahí era “bien hecha mierda”. Pero aún así, esa misma noche, se fueron hacia allá.

En una de las estaciones del bus, conocieron a un artesano. Él les recomendó un lugar llamado Casa grande, en Casco Viejo, una pensión donde llegaban mochileros. Pero luego les mencionó que tenía un amigo que le dio a él espacio para quedarse. Inmediatamente le habló para preguntarle si ellos también podían llegar, él accedió. Les dio el número de celular y les dijo dónde trabajaba. “Es que viajando te pasan cosas que no te las explicas”.

El nombre del nuevo anfitrión era Omar y hacía tatuajes. Como llegaron de madrugada, decidieron llamarle hasta el día siguiente. Se quedaron en casa grande. Una sola habitación para los cinco. En la mañana hablaron con un malabarista argentino que estaba practicando, le preguntaron a cuáles semáforos podían ir y les explicó, no sin antes agregarles que en Panamá estaba prohibido hacer semáforo.

Aún así se pusieron en marcha y vieron lo bonito de Casco viejo. “Todo así antiguo, las casas, los edificios, las bóvedas, y la gente…varios negros con un aspecto bien rudo”.

El tráfico era espantoso y había congestionamiento. Ronnie y “El duende” se fueron a la calle 12 de octubre. Los demás se fueron a la Avenida Brasil y España. Ronnie hizo como 80 dólares en 3 horas. A “El gallo” y a Anderson los llegó a quitar un policía del primer semáforo. No les había ido tan bien, pero ahora ya no hacían un fondo común como cuando estuvieron en Costa Rica como para poder compensar.

Ronnie y “El duende” se fueron a contactar a Omar. Les dijo que lo buscaran en su trabajo que era en el centro. Caminaron hacia allí y, aunque les costó, encontraron el lugar. Él los llevó luego a su “apartamento”, a unas seis u ocho cuadras. Era un lugar de unos 7 metros, pero angosto, donde había una refrigeradora que no servía y que era compartido con otro tipo, “Alex”, que resultaría ser bastante especial porque tomaba medicamentos para esquizofrénicos.

El plan era ver el lugar y luego reunirse con los demás. Sin embargo, se les ocurrió hacer un pequeño desvío antes: comprar mota en el ghetto.

Aunque ellos habían oído de lo peligroso del lugar, decidieron no darle importancia. Después de todo, iban de San Salvador. Después de pasar por Casco Viejo, luego por el centro, ahora iban a la zona más fea. “Íbamos bajando calles, para llegar al ghetto y te podías dar cuenta del gran cambio de ambiente de las clases sociales…eran edificios abandonados que la gente se había tomado, así como multifamiliares”.

Omar los llevó corriendo hasta el penúltimo piso del edificio, en esos pasillos oscuros pues sólo había focos en las gradas. “Y el apartamento bien vergón, los muebles, equipo de sonido, el plasma, jajaja”. Omar conocía al tipo de la infancia y se completó la transacción.

Con todo el tiempo del mundo, decidieron hacerse un puro y disfrutarlo en el balcón del piso de abajo, mientras veían la ciudad y los rascacielos cerca del mar. Omar les dijo que mejor se fueran, para estar más tranquilos. Bajaron caminando, Omar, Ronnie y “El duende” detrás. “Venía subiendo un negro y de la nada sólo sacó una pistola, al instante Omar lo empujó y salió corriendo bajando las gradas. Cuando vi eso, iba a salir corriendo, pero salieron otros de los pasillos y agarraron al duende…eran como 6 ó 7, me agarraron, nos apuntaron y nos metieron a unos pasillos hasta llegar a un cuarto abandonado. En los pasillos había un vergo de basura y todo oscuro”. Los pusieron contra la pared y les quitaron todo, incluyendo el devil stick que llevaba “El duende”. Les preguntaron de dónde eran, vieron sus pasaportes y se empezaron a reír. Aunque “El duende” les dijo que eran malabaristas, no les importó y los golpearon con el mismo devil stick. Ronnie creía que los iban a matar. Pudo escuchar las monedas que caían del canguro y encontraron la mota. En eso, alguien gritó algo, recogieron todo y se fueron. “Todo quedó en silencio, yo pensaba que nos iban a estar esperando en el pasillo y ahí nos iban a matar. Nos quedamos unos minutos sin movernos”. Luego, en silencio, empezaron a buscar los canguros y “El duende” encontró el pasaporte de Ronnie, pero no el de él. “Yo le dije que nos fuéramos, que saliéramos de ahí. Salimos del cuarto y no había nadie. Llegamos a las gradas y sólo salimos corriendo”.

¿Ven? Por eso dicen que las drogas pueden matar.

Caminando encontraron a un policía y le dijeron que los habían robado, mientras “andaban buscando la parada del bus”. Los llevaron a una estación para declarar, luego llamaron a los policías de turismo para que “El duende” tuviera alguna especie de documento.

Los policías los llevaban de regreso a Casa Grande y se detuvieron a comprar una hamburguesa en la calle. En eso, ellos vieron a Omar que iba con “El gallo” y Maxi. Omar llegó donde ellos y hasta los abrazó.

Ya en Casa Grande, abrazaron al resto y juntaron sus cosas para irse con Omar.

Llegaron de madrugada a la casa y “Alex” ya estaba dormido. En el espacio ya descrito, se acomodaron como pudieron.

(FIN DE LA PARTE 4)

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