Ronnie 6: meet the Kunas

Se fueron una tarde para ahorrarse el drama y la pegazón de Omar. Días después lo encontrarían todo triste. Se fueron donde “D” (mi autocensura) que vivía en la última colonia que quedaba, rodeada de rascacielos o grandes edificios. Era un “dealer” que les alquilaba un cuarto de su casa.

No fue gran cambio.

Era un obsesivo con la limpieza y sus paredes eran blancas. Vivía con su coqueta esposa y tenía un cuarto específico para fumar. El cuarto no tenía ventanas, sólo unos cuantos hoyitos, tenía un foco amarillo y hacía un gran calor. Las italianas también se fueron a vivir con ellos.

Otro mes ahí. Viviendo con paranoia y haciendo poco ruido, sin salir a practicar malabares para no llamar la atención.

A Ronnie y al “gallo” los volvieron a apresar de nuevo, como a las once de la mañana cerca de la Universidad. Los agarraron en día de pago para que la pérdida fuera mayor. Entre los “enchuchados”, había vendedores de dulce, limpiavidrios, gente que pedía y un empleado bancario que había estado robándose centavos desde hacía cinco años y metiéndolos en una cuenta, pero se equivocó al querer sacarlo todo de un solo. Ya tenía como diez mil dólares. Uno de los vendedores era reincidente y seguía peleándose con los policías. Lo callaron. Siguió. Le tiraron una patada, calló sentado y el policía le echó gas; luego le echó también a un borracho y eso empezó a afectarlos a todos. A Ronnie le ardía y le dolía la garganta. Para colmo, los amenazaron con deportarlos…pero los sacaron alrededor de las cinco de la tarde.

Anderson y “El duende” también fueron apresados y liberados en otras ocasiones.

Un día se turnaron con “El duende” para hacer semáforo. Al momento de rotar, lo buscó y no lo halló. Vio unos policías que se acercaban; lo dudo, pero decidió quedarse porque no estaba haciendo nada. Ellos le dijeron que a su amigo se lo había llevado la patrulla.

Al llegar a la casa, se encontraron con que Migración les había llamado y que dijeron que talvez iban a deportarlo (dado que él no tenía pasaporte, sólo la copia, ¿se acuerdan de esa parte de la historia?).

Dos noches y nada.

Al tercer día, todos practicaban y en eso llegó Anderson con la mochila de “El duende”. (Entra música dramática) Había llamado para pedir sus cosas porque lo iban a deportar. Todos se fueron en taxi a verlo. Más tarde, Anderson les explicó que “El duende” había tenido la opción de estar casi un mes en la bartolina, pero que él prefirió ser deportado. Cuando se enteraron de eso, se sintieron un poco traicionados, “tomamos una actitud bien inmadura…fuimos unos inmaduros de mierda”.

Esa noche se reunieron y hablaron. Sólo porque “El duende” no tenía pasaporte, no se habían ido. El mes con “D” estaba a punto de acabarse y ya los estaba echando también, así que decidieron que era –finalmente- la hora de irse de Panamá dentro de dos semanas.

Empezó la angustia de nuevo.

“Pero yo pensaba más porque yo decía ya Panamá es lo último de Centroamérica, media vez pase este pedacito de charco, ya voy a estar en Suramérica”.

En esas dos semanas para ahorrar, sólo Anderson ahorró.

El dueño de la casa de madera en Costa Rica les había recomendado a su primo, Luchín, y decidieron ir a buscarlo a su isla para ver si les ayudaba a llegar a Colombia.

 Ronnie sólo ahorró lo que lo iba a sacar de Panamá, sólo veinte dólares.

HOLA, KUNAS

Llegaron a Acandí y preguntaron por Luchín. Él vivía en una de las islas y necesitaban una lancha para llegar. La otra opción era el barco que costaba sesenta dólares. Negociaron y dieron sólo una parte para viajar enlanchados. “Yo sólo vi que agarramos para atrás”. Sí, pero esa era la ruta para llegar a la isla de Luchín.

Sabían que Luchín tenía un hotel para extranjeros y, por eso, Ronnie se imaginaba un gran hotel con montón de extranjeros y ventas. Y no. Era sólo indígenas: “chocitas, kunas, ni un extranjero”.

Era de mañana y Luchín iba levantándose. Le dijeron que el chino los había recomendado y él les pidió que lo siguieran. Los llevó a una chocita con candado. Agarró algo para pegarle al candado y les dio donde quedarse. “Ahí hay colchones…yo voy a dormir otro rato; un maje trirelajado”. “El gallo” cumplía años, así que se fue un rato a caminar con Anderson.

“La arena blanquita, maje, el agua transparente, verde, turquesa y azul…bien bonito… ¡Hermoso! Cabal estaba el muelle y habían mesitas con sombrillitas para que tuvieras la vista al mar y sillas de madera ¡Y solo!”

Luchín les explicó las reglas de los nativos: no estaba permitido fumar y después de las seis ya no podías salir y andar en la comunidad… “ni tratar algo con una indígena porque te podían dar jaque”. Se apagaban las luces y ya no podías salir, “sólo si habían reuniones”. Pero igual, Ronnie y Maxi se dieron un puro. “Pero lo estuvimos llenando de saliva para el olor”.

Anderson y “El gallo” se habían encontrado a Luchín y cuando este se enteró del cumpleaños se los llevó a festejar. Los subió a una lancha y los llevó a una isla que estaba a la par donde tomaron cerveza y ron. Ronnie y Maxi los vieron llegar ya “entonados” a su regreso y vieron la botella de ron. Y “empezamos a tomar el ron puro porque no había nada más”. Luchín le ofrecía el vaso al renuente Ronnie: “Como Kung fu panda, ¿No has visto Kung fu panda? El presente es lo importante…Y me ponía los talegazos de ron, ¡y tri a verga!” Se acabaron el ron y se fueron nuevamente al otro lado donde vendían el licor. Se tiraron de la lancha e iban nadando, menos Ronnie… “Dudé”. Preguntaron por el champagne de pobre: cerveza + vino. Tomando con todos los agricultores kunas que “chupaban firme… Nos ofrecían, nos invitaban”. Maxi fue a pasar la borrachera acostado en la lancha bajo el sol. “Era la una ya y no habíamos comido nada desde las tres de la mañana”.

Al rato vomitó “El gallo” y se fue a acostar también.

Un amigo de Luchín invitó a Anderson y a Ronnie a una sopa de pescado. “Bien a verga empecé a ver todo…estaba en una zona indígena…los niños así desnudos, morenos, hablando otro idioma, a saber qué putas, pero era un dialecto que vos sabías que era el mismo dialecto, pero todos hablaban en diferente acento, maje; yo en mi misma verguera escuchaba como que era en italiano, otros como más pesados y a otros, bien raro”. Llevaron la olla y comieron langosta y cangrejo.

Cuando llegaron a la lancha, encontraron a los otros dos insolados: “Pálidos, viejo, tri mareados…más que no habían comido nada”. Regresaron. “Yo en la noche todavía me sentía algo a verga. Y salí al muelle. Estaba todo estrellado. Eso nunca lo voy a olvidar. Fue muy loco. Me fui a sentar al muelle; miraba al mar y miraba las estrellas”.

Ese fue el día uno en la isla de Luchín.

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