Reflexiones literarias

Este no es un espacio como “Cueva literaria” con sor Gamuza, la monja loca que tenía una mano con vida propia (referencia sólo para niños de la guerra).

Mi mamá y yo empezamos a hablar de “La dama de las camelias” (Una de esas típicas conversaciones literarias que tenemos en nuestro estudio con té y galletitas mientras ella soba a un perrito maltés).

Ella, en sus inicios de maestra, trabajaba en el Instituto Nacional de Usulután (lugar que significaba algo y a donde iban los hijos de buenas familias a formarse bien…también a la ENCO INCO, en todo caso). Uno de los estudiantes de segundo año le prestó “la dama…”. También le prestó “Tierra de Infancia” de Claudia Lars. En ese tiempo ella tenía tiempo para leer: todo el viaje de ida y todo el viaje de vuelta. Y así empezó a rememorar: él promovía la lectura porque, a pesar de ser humilde, siempre tenía libros buenos y no le importaba prestarlos (Talvez yo pueda prestar algún día); al tipo, además, le gustaba alegar contra lo que no le parecía. Igual que este otro segundo alumno. Le pregunté si el primero se había unido a la guerrilla y me dijo que no sabía qué había sido de él, ni se acuerda de su nombre. Tampoco se acuerda del nombre del segundo, pero de este sí recuerda que era bien alto y que sí supo que lo mataron. ¡Ah! Esa época “maravillosa” en la que mataron a tantos estudiantes y a tantos maestros (¡¡Pero no habían maras!!).

Y así me encontré pensando en esos tiempos en que uno no podía andar con libros o ya era un estudiante comunista. Un universitario era peor (¡Porque andaban pensando y analizando cosas!). Esa maravillosa época en que uno tenía que forrar sus libros y cuadernos con papel de regalo para que no lo señalara algún oreja y luego desapareciera y terminaran encontrando su cadáver sin cabeza en algún camino.

¿Eso es el equivalente literario a la masacre del 32?

La masacre del 32 hacia cualquiera que remotamente luciera indígena nos ha dejado sin la mayor parte de nuestros indígenas e hizo que se perdieran muchas costumbres como el uso del refajo. ¿Es un impacto parecido el que se dio en nuestra cultura literaria?

Imagínense: toda una generación dejó de leer en público porque la podían marcar y su vida corría peligro. Obviamente no le enseñó a leer a la generación siguiente porque no quería ponerla en la misma situación y esta, a su vez, nunca lo vio de nadie. No era lo normal. Y así ahora uno no encuentra una maestra que espere su plaza y llegue hasta el cantón más alejado mientras lee un libro. (Lo único que encuentra es a esta maestra, cuyo salario fue pagado en efectivo y la obliga a andar temerosa con su dinero por las calles solas del susodicho sitio olvidado por dios, pero eso es otro tema)

Mi madre me dice que antes no habían tantas distracciones…y yo la contradigo. En otros países tienen mucho mayor acceso a tecnologías y recursos, pero aún ahí uno puede encontrar gente que lee. Acá, desde que yo tengo memoria,  nunca ha sido “la norma”. E incluso yo encontré placer en la lectura hasta cuando estaba en la universidad y por razones que no vienen al caso.

Talvez esté pensando de más, pero me alegra tener algo que escribir y por eso lo escribo. Usted reflexione y coméntelo con sus amigos con la mayor pedantería de la que pueda hacer alarde.

Espero que les guste la imagen del “libro amigo”.

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