En La Sabana

Es el momento de concentrarnos en nosotros mismos y reflexionar sobre nuestra propia gente.

Tuve la oportunidad de ir a La Sabana y conocer a María. Ella es una de las que vivió las inundaciones del Bajo Lempa (Gracias CEL por su incumplido compromiso con toda la comunidad). Ella vive sólo con su nieto, quien fue uno de los que decidió quedarse para echarle un vistazo a las viviendas de la zona durante la tormenta E-12. Ese grupo de los quedados se refugió en la iglesia y ella fue una de las 8 mujeres que les cocinó.

Me contó de los hongos que tenían en las piernas después de 5 días de caminar con el agua hasta la rodilla. A todos les dio un poco de una cremita que ella tenía. Ya tenían la carne viva. Le creo porque conmigo compartió una bolsita que contenía pasta de dientes y un cepillo, a pesar de que yo llevaba el mío.

María me cuenta de las donaciones que han recibido. No ha sido suficiente y me muestra esta nueva variedad de frijoles cuyo sabor no les gusta ni a ella ni a su nieto.

Ella no tiene a nadie más porque está conflictuada con sus hijos. Me cuenta sobre esto y se pone a llorar. No invado para saber más de lo que ella ya me ha dicho. Ya siento que se ha abierto mucho conmigo. Me ha contado de su hermano que murió durante la guerra con sólo 24 años. Ella le seguía a él. Tuvieron que ver cómo se lo comían los perros porque la zona estaba llena de militares que las hubieran matado si hubieran osado acercarse. Tiempo después habría de jugársela de nuevo al soltar a una vecina que estaba amarrada cabeza abajo mientras la interrogaban. Un joven pasó con una yunta de bueyes y se convirtió en el nuevo objetivo de los soldados. Se fueron tras él y permitieron que la escondida María soltara a su mareada vecina y que la ayudara a huir junto a su niña. La mujer sólo le dijo “Mujer, montame en un bus, no sé para dónde voy“. Y lo hizo. Nunca más supo de ella.

Por no tener máquina de coser, no pudo ser elegida cuando buscaban costureras para hacer uniformes; por no haber estado casada con el padre de sus hijos, muerto durante la guerra, no tiene acceso a pensión; por no ser la madre de su nieto, no puede firmar para que a él le entreguen un uniforme. El año escolar está a punto de empezar. Él va a ir a noveno grado y entre pláticas le saco que quiere irse a Estados Unidos cuando termine de estudiar.

Él a veces consigue dinero vendiendo iguanas que caza o vendiendo sus huevos. A veces le dan 20 dólares según el tamaño. Aquí es donde ustedes me hablan del Medio Ambiente y de las especies en peligro de extinción. Yo pienso lo mismo, pero ¿Cómo le decimos eso a unas personas que viven en una casa de un solo cuarto? ¿No tienen derecho a buscar cualquier ingreso de donde venga?

Soy testigo de cuando ella les paga 25 y 50 centavos a un par de niños que llegan con bolsas de lejía. María me cuenta que las lava y que está pendiente de “Domingo para todos”. Ellos dicen en qué municipio van a estar y ahí va ella a canjear las bolsas por premios. Me dice que así consiguió unas sillas plásticas y una bonita cacerola que tiene. “Digame si esto no vale unos seis dólares“, me dice. También agrega que alguna gente le hace burla por “recoger basura”.

Ha recibido su recibo de luz y me cuenta que lo va a pagar hasta Zacatecoluca. Si se va en el bus de las seis de la mañana, llega en una hora. Me enseña que viene con subsidio.

En un momento de nuestra larga plática, ella me dice que Funes no puede arreglar 20 años de cosas; pero dice que sí nota las cosas pequeñas como el subsidio. Un tambo de gas le dura 3 meses, así que con el subsidio mensual ya puede cubrir otros gastos. Sin embargo es bastante crítica de otras cosas. Me cuenta que durante la guerra, mucha gente desertó porque le tocó aguantar líderes muy duros. Entre otras cosas me cuenta de un joven al que no le daban permiso para ir a visitar a su familia. Él les dijo que como no le daban ese permiso, un día se iba a ir sin que se dieran cuenta. Días después le dijeron que fuera a cavar una tumba para alguien y resultó ser para él.

Con todo y eso, me dice que ella no se cambia de partido. “¿Para qué?” Que no la van a comprar con unas tres láminas cuando se acerquen las elecciones; además me dice algo que me gusta mucho, que aunque se olviden de gente como ella, cuando se acerca el momento de la votación, ella vale y, aún con sus chancletas gastadas, su voto vale igual que el de cualquier otro.

A veces me desilusiono, pero cuando me acuerdo de tanta sangre derramada, y de que es mi propia sangre la que está derramada, me voy a votar“, me dice antes de darme una sopa de verduras y de compartir una gallina asada. Al día siguiente me regala 5 cocos de despedida.

Y por eso no puedo decir que hubiera querido nacer en otro país que no sea este, porque sólo aquí hay gente como ella.

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2 comments

  1. Pingback: Si asesinan a tu hermano, ¿no volvés a hablar de él por el resto de tu vida? « Qué Joder
  2. kathya · enero 16, 2012

    En Potonico hay historias parecidas a esta :S, lastimosamente deben existir estas situaciones para ver la calidad de gente que tenemos… y asi renegamos tanto!!!

¿Está de acuerdo o quiere mandarme a la chonguenga?

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