Ronnie 7

El 26 de marzo empecé a transcribir esta historia. ¿Será que logro llevar a Ronnie de regreso a El Salvador antes de que se cumpla un año? Lo dudo. Pero lo intentaremos.

Estábamos en la isla de Luchín.

Amanecer del día dos. ¿Qué mejor manera de empezarlo que con el vómito amarillo de “El gallo” y los dolores de estómago de Maxi? A pesar de estar destruidos, más tarde inevitablemente les llegó el momento del hambre y empezaron a pescar. Anderson agarró unos pescados. Estaban felices por eso hasta que unos niños les dijeron que esos peces no se podían comer porque “se comen el pupú de nosotros…son peces comemierda”.

Luego Intentaron venderles cosas a un par de misioneras, pero no resultó. Al menos ellas fueron amables y les regalaron galletas y panes “de los que comen los militares”. Decidieron guardarlos para lo que pudiera presentarse después.

Luchín no los iba a ayudar, pero les aconsejó que fueran a hablar con el capitán de algún barco.

La mañana del tercer día tuvieron la conciencia de estar valiendo totalmente. Cuando, a mediodía llegó un barco dejando víveres para la isla, se acercaron a él. Los marineros panameños y colombianos pusieron mala cara cuando los vieron llegar. El capitán les permitió que trabajaran en el barco, pero les aclaró que no iba hasta Colombia, que solo iba a una isla y luego regresaba. En esa isla podrían buscar otro barco para seguir al resto de las islas que, según les revelaron, eran 365. Era su primera vez en un barco.

Primera isla. A descargar 20 bolsas de cemento, 10 cajas de soda, no sé cuántas libras de azúcar. Las libras de azúcar estaban en la bodega y Ronnie tenía que levantar los sacos sobre su cabeza para pasárselos al de arriba.

Tres islas después se terminó el “paseo”.

En esa isla, que era una de las más “armadas”, fueron a hablar con el capitán de otro barco, el “Kimbayá”, que venía de Colombia. El capitán se llamaba Ulises. Lo convencieron para que los dejara ir con ellos, no sin que él les aclarara primero que saldría hasta dentro de 3 días. Así se movía el barco, de isla en isla, esperando que la embarcación se llenara con los cocos que llevaba la gente.

Unos kunas les dieron dónde quedarse. Uno de ellos les dijo: “El problema de las personas aquí es que solo porque nos ven así (y señalaba las chocitas), piensan que somos personas antisociales, que no somos civilizadas; pero ¿sabes qué? Estas casitas son cultura, ¡Esto es cultura! ¿O ves basura aquí acaso?”. Entre ellos había ingenieros y otros que habían ido a prepararse a Alemania. Entre esos preparados, había también un revolucionario que los invitó a cervezas por conocer de Roque Dalton. Ronnie no le aceptó la primera cerveza. A la siguiente ronda le dijo que sí iba a querer y este le contestó: “¿No me vas a despreciar? ¿Sabes qué? Eso se siente bien feo, que un nativo esté invitando a un extranjero que no conoce nada, ningún lugar…alguien lo hace con buena intención ¡Y vos me lo desprecias!” Gran ahuevada, cerote. En la noche los invitó a su casa y les puso música de los Guaraguao. Y todos a verga, empezamos a chillar.

El segundo día implicó alcohol de nuevo. Y así llegó el tercer día, el sábado en el que saldría el “Kimbayá” por la tarde. Hicieron tiempo…tomando.

Ya a bordo empezaron a ver las islitas. Yo sólo en protector de pantalla había visto islas así, la islita y una palmerasolo eso y un par de cocos caídos. Sólo veía mar y nada más. Empecé a entender lo bueno de viajar. No es solo de conocer ciudades o ganar plata…yo empecé a tripear la naturaleza. Bien raro, cerote. Ya ni pensaba en El Salvador. Decía “yo no quiero volver”.

Isla de Wallpaper

Llegaron al nuevo destino. Dos días iban a estar ahí. Los cocos tenían que hundir el barco con su peso…le faltaba un vergo.

El cocinero era hecho mierda. Las sobras nos daba de la comida. Esperaba un rato. Todos comían. Él comía y después nos servía. Todos los platos nos los ponía en el suelo. ¿Y qué íbamos a decir? Ni habíamos trabajado. Sólo contábamos los cocos y eso era todo.

La primera noche fue bien loco. Dormimos arriba del barco, en el techo…en la fibra de vidrio, con “El gallo”. Y estaba la luna llena. Era enorme, maje. Nunca he visto una luna así, viejo…miraba el mar y todo…no había necesidad de tener mota. Ya era demasiado loco. Y estábamos solo con “El gallo”, callados, viendo el cielo y la luna. Hasta ya el rato empezamos a hablar… “Si nunca se nos hubiera venido la idea de salir de este país, no estaríamos aquí”

Empezaron a pensar en sus amigos, en si los volverían a ver y cómo sería eso…o cómo serían ellos mismos después de unos cinco años viajando. No serían los mismos.

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