Juan

(Juan obviamente no es su nombre real como ya es tradición en mis posts)

Juan tiene 18 años, pero parece de 15. Ya sabía que había dejado la pandilla(*) a la que pertenecía; pero nunca había tenido oportunidad de conversar mucho con él.

Estaba todo agitado y me dice que es porque tomó mucho café durante el día. Se le sube la presión por su época en que fumaba marihuana todos los días. No sé si esté relacionado; pero es increíble oír esto de alguien que se ve tan chiquito. Me pidió que lo dejara cerca de su casa porque estábamos lejos y no conocía la zona en que estábamos. Cuando lo llegaron a dejar ahí, iba pendiente de cómo reaccionaría si alguien llegaba y “les ponía”. No le gusta pensar en quedarse frío y sin reaccionar. Me impacta pensar en andar todos los días de mi vida en ese estado de alerta.

Me explica que si no fuera reconocido sí podría pasar por algunas de las calles del centro; pero dada su historia pasada, no puede darse ese lujo.

Cuando le pregunto si tiene hermanos me dice que tiene uno mayor y uno menor. Con ninguno se lleva bien. Con nadie en su casa. Siempre están peleando y todo se remonta a la época en que estuvo en la mara. “Cuando estás, te tiene que valer tu familia”, me dice. Y no es que sea una ley, sino que uno tiene que estar disponible para hacer lo que te manden a la hora que sea. Obviamente la autoridad familiar es totalmente incompatible con una situación así. Mi reflexión es que también debe ser difícil una convivencia armónica cuando cuatro personas viven en una casita del tamaño de una sala normal.

Me dice que para hacer algo con su vida quisiera ahorrar. Por ello está planeando entrar a hacer el servicio militar. Sabe que va a ser pesado y la disciplina que requerirá; pero quiere hacer algo con el dinero que va a ganar. Y quién soy yo para decirle que busque otras opciones que realmente no están ahí para alguien como él. Lo único que me queda es tener la esperanza de que  pueda compartir con el resto de sus compañeros todas las cosas que, menos mal, ha aprendido en los últimos años con los talleres que ha recibido y con el contacto que ha tenido con sobrevivientes de masacres. Sólo me queda esperar que él comparta lo que sabe con los demás y no que le quiebren el espíritu a él.

Es feo pensar que no todo el mundo ha tenido una vida normal y que esta “anormalidad” ha empezado desde su infancia. Es injusto que a la mayoría no le afecte esto en lo más mínimo mientras no tengan que movilizarse más abajo de El Salvador del Mundo.

(*) ¿Alguien podría aclararme si es cierto que los de la MS son “mareros” y los de la 18 son “pandilleros? Me han dicho que si se les llama distinto, es una ofensa mayor como el hecho de usar no sé cuál marca de tennis blancos de concha.

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