Vietnam

Hace algún tiempo mi amiga Macarena me prestó su libro “Nada y así sea” que hasta hace relativamente poco empecé a leer. Me ha gustado -excepto un par de cosas; pero desde entonces ha renacido mi gana de algún día viajar a Vietnam y conocer todas estas zonas. No sé si al leerlo estoy más propenso a que mi atención se vaya a reportajes al respecto…pero hoy el wordpress me presentó estas otras imágenes al nomás entrar. Talvez el universo quiere que le preste más atención a la caída de Saigón, cuyo aniversario coincide con mi aniversario de existencia.

Y en mi tradición snob de compartirles frases del libro que me gustan, aquí se las dejo:

“Lo mismo sucedió en Florencia, en Cassino, en coventry, en Stalingrado y en Varsovia, en todas partes, desde que dejamos las cavernas con una clava en la mano. En la guerra es una traición sentirse cristianos y es también traición amar la belleza y la cultura. Haremos muchos supermercados en Hué, y muchos rascacielos para los hoteles del señor Hilton, y muchos aparcamientos para los coches del señor Ford, y ¿qué más? Sí, es cierto: escuelas, hospitales, museos como los museos de Hiroshima…”

“…La matanza comenzó apenas los marines conquistaron el palacio imperial, y sólo se encontraron los cuerpos de aquellos doscientos. Los desaparecidos eran mil cien. La mayor parte estudiantes, profesores de la universidad, bonzos. Los intelectuales y los religiosos no ocultaron nunca en Hué su simpatía por el FLN.

-Usted que vive en el resto del mundo, Madame, dígame: la gente en el resto del mundo, ¿piensa en esto?

-No lo creo, padre.

– ¿No se dan cuenta?

– No, no se dan cuenta.

– Ya. Cuando somos felices parece imposible que otros puedan ser desgraciados. Del mismo modo, cuando somos desgraciados nos parece imposible que otros puedan ser felices. Si calculo que en este momento, en París…¿Qué hora es en París?

– Las nueve de la mañana, padre…Aquí son las cinco de la tarde.

– Las nueve… Y los niños van al colegio y los empleados a su oficina, y las calles están llenas de autobuses, de automóviles intactos. Y en una iglesia elegante se están celebrando los funerales por un señor que ha muerto apaciblemente a los noventa años. ¿Es posible esto?

– Sí, padre.

– Y en un hospital bien instalado un cirujano está salvando la vida a una persona muy enferma que pasará el resto de sus días en cama. Médicos y enfermeras están a su lado, y aparatos complicadísimos, y cerebros electrónicos. Todo por una sola persona… ¿Es posible esto?

– Sí, padre.

– Se ha caído un trozo de estuco del techo de la Ópera y brigadas de técnicos, de obreros y arquitectos lo examinan preocupados. Se cita al mejor restaurador de Francia… ¿Es posible esto?

– Sí.

– Pero ¿Qué sentido tiene salvar un trozo de estuco, o a una persona que pasará el resto de sus días en el lecho, cuando se deja destruir toda una ciudad, y asesinar a toda una generación? ¡Los hombres están locos, Madame! ¡Locos!”

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