Solidaridad de abuela a nieta

Una noche empecé a leer “De abuela a nieta

Al día siguiente la gente se movilizó como nunca por el juego de la selecta. Sorpresa, la selecta perdió. Y una hermana lejana me dijo la cólera que le daba que la gente sólo se organizara por este tipo de cosas. Yo le dije que la gente también se organiza por cosas trascendentales como tirarle papel higiénico a los diputados.

Todo esto pude relacionarlo con varias partes de este libro compuesto por entrevistas realizadas en los años 1996 y 1997 a tres generaciones de mujeres dentro de tres familias de estratos distintos.

Lo relaciono por frases como las que da “Mónica”, la madre de clase alta: “Un campesino…no guardaba rencor contra el propietario. El patrón era como un padre para ellos, un padre que los protegía y se preocupaba por ellos…Rodrigo era un buen trabajador, pero le gustaba tomar y mujerear. Cuando esto sucedía, su esposa venía a quejarse con mi abuelo. Mi abuelo Julio lo mandaba a llamar y lo regañaba como si fuera uno de sus hijos. Y saben. Rodrigo no se ofendía. Todo lo contrario. Se sentía agradecido de que mi abuelo lo ayudara con sus problemas familiares…Había esta relación -una buena relación, según lo veo yo-, pero que ahora se acabó. El FMLN, la guerra civil, arruinaron todo“. Luego cuenta de sus viajes tres veces al año y como va a Miami para hacer compras rápidas.

Es como leer el racismo latente en “Lo que el viento se llevó“. Mammy quería estar ahí con la familia, no ser libre.

¿En serio?

¿O es que no sabía qué era ser libre?

¿La gente pobre no se merece también sus tres viajes al año en vez del regañito del abuelo?

Pero sigamos. Tengo que llegar a porqué relaciono el libro con los primeros párrafos.

Dulce, la mamá de clase media, trabaja en una escuela pública en La Libertad  (y lo ama). A sus alumnos los lleva de excursión a San Salvador (Súbanlos a la terraza de la Torre Cuscatlán y verán sus caritas de asombro al ver la ciudad a sus pies. O llévenlos a un centro comercial…Me gusta llevarlos a lugares así y hacerles entender que ellos tienen tanto derecho como cualquiera de estar allí). Suena como toda una comunista salvaje, ¿verdad? Pues esto opina ella de la guerra: “…Pensaba que solo porque hubiera gente con mucho dinero y tierra, no era suficiente razón para ir a la guerra. Alguna de esa gente rica había trabajado para hacer dinero, y se lo había ganado honestamente, sin explotar a nadie, y tenía derecho a disfrutarlo“.

Su madre (la abuela en la familia) en un fragmento cuenta cómo hizo dos veces segundo grado para aprender lo más posible porque hasta ese grado llegaba la escuela. “La escuelita estaba bien equipada, tenía sus pizarras y sus pupitres; había libros y lápices. Había todas esas cosas, gracias al general Martínez, el que derrotó a los comunistas…Era un gran líder, lo admiro, porque gracias a él, teníamos todas esas cosas en la escuela“.

Sara, la nieta, después de haber estudiado en La Asunción, se fue un año a San José Las Flores y la realidad nacional “se convirtió en realidad personal” para ella.

¿Qué aprendí?…vi lo que ellos habían sufrido en la guerra…Esta gente no se dio por vencida y siguió luchando, sin dejar que nada la hundiera. Para ella (una de las alumnas que tuvo), la guerra valió la pena. Así ven las cosas. Porque antes de eso, habían llegado a un punto en el cual sintieron que tenían que pelear. No podían aguantar cómo vivían, la explotación. Por eso estaba dispuesta a luchar para lograr cambios“.

El libro concluye con un diálogo entre el autor gringo y sus dos colaboradoras, psicólogas que trabajaban en la Matías. Una de ellas dice la frase que destaco a continuación:

(Sobre hablar con mujeres que pelearon junto al FMLN) “Ayudó, creo, que ninguna de ellas había entrado a la guerra como ideóloga comprometida. Participaron, bien por las circunstancias o porque las reclutaron, como fue el caso de la niña Dolores, y para ellas quizá no hubo alternativa. Eso es lo trágico del asunto. Fíjate que para ellas, la guerra sí tuvo sentido, era su manera de hacerse oír. Las entrevistas que tuvimos me lo hicieron ver. Hasta entonces no simpatizaba para nada con esta gente. Quiero decir, no soy izquierdista, pero ahora veo por qué tomaron ellas ese camino“. (El destacado es mío)

Y eso es lo que a mí me parece. Que aún vivimos en una sociedad donde uno es incapaz de ponerse en los pies del otro, ni de ayudarlo sólo hasta tener la realidad frente a frente. ¿Cómo es posible siendo un país tan chiquito? ¿Cómo es posible en la era de la información? Es tan fácil saber las superficialidades del mundo, ¿Por qué la gente no puede querer conocer más de sus propios compatriotas y de porqué deciden ir a El Salvador del Mundo a protestar por algo? ¿Nos importa?

La misma psicóloga unas páginas antes añade la primera de las dos frases pesimistas con la que quiero terminar (a diferencia del optimismo del libro que les recomiendo ampliamente conseguir): “…Quiero añadir algo que no hemos señalado. Mike, me preguntabas antes si sentía que ahora había solidaridad entre las mujeres salvadoreñas. He pensado sobre el asunto y me da tristeza reconocer que no la hay. O pongámoslo así, existe entre algunas de nosotras. Digamos que Gloria y yo tenemos ese sentimiento. Y entre mujeres como Lupe y María, quienes han estado expuestas a este tipo de ideas, a través de conferencias y charlas. Entre ellas hay un sentido de solidaridad. Pero no entre todas las mujeres, eso es seguro“.

– “Sí, tomemos a Mónica, o a la niña Cecilia, o a Paulina. Ellas no sienten solidaridad con las mujeres de la clase baja, por ejemplo, con las muchachas que trabajan para ellas. Su actitud no es como la de Dulce (que las dejaba comer junto a la familia)…Ella estaba influenciada, me imagino, por las humillaciones que había experimentado cuando su mamá estuvo trabajando de muchacha“.

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