Las instrucciones de Ibargüengoitia

Termino de tomarme mi sopa en Potzollcalli. Voy a la caja. Me preguntan “¿Su cuenta cerrada?” (Blink, Blink) Mi mirada vacía. “¿Le agrego la propina?”, me aclara. ¡Ah, sí!

Segundos antes estaba leyendo el libro que me han prestado “Instrucciones para vivir en México” de Jorge Ibargüengoitia (Muerto en un accidente). Imagínenlo como la versión mexicana de “El Asco”, pero más ligera y arrancándote alguna carcajada. Abarca diferentes partes de la historia y quiero compartirles algunos fragmentos para infringir los derechos de autor:

“El otro día oí a una madre explicarle a su hijo de siete años los rasgos fundamentales de la historia de México…Le decía:

– Morelos es el del pañuelo amarrado en la cabeza, Zaragoza, el de los anteojitos, Colón es este, que se parece a tu tía Carmela, Iturbide, el de las patillas y el cuello hastas las orejas. El cura Hidalgo es este viejito calvo”.

Lo que quiero decir…es que con el cutlo a los héroes, lo único que se ha logrado es volverlos aburridísimos. Tanto se les ha depurado y se han suprimido con tanto cuidado sus torpezas, sus titubeos y sus debilidades, que lo único que les queda es el pañuelo que llevan amarrado en la cabeza, la calva, o alguna frase célebre, como la de “vamos a matar gachupines”, o “si tuviéramos parque, no estarían ustedes aquí”, etcétera.

En este sentido, Hidalgo es de los que salen más perjudicados. Hasta físicamente. Es de los pocos casos conocidos de personas que han seguido envejeciendo después de muertas. Fue fusilado a los cincuenta y ocho años, pero no ha faltado quien, arrastrado por la elocuencia, diga: “Quisiera besar los cabellos plateados de este anciano venerable”.

Benito Juárez tiene, entre muchos méritos indiscutibles, el algo olvidado y dudoso de ser el fundador de la burguesía mexicana…porque los bienes del clero no los repartió entre los pobres, sino que se los vendió a precios muy razonables a quien pudiera pagarlos: es decir, a los ricos, volviéndolos más ricos.

El problema fundamental de la figura de Juárez es que nunca tuvo, ni tiene, ni tendrá nunca, a menos que se le deforme, ninguna de las características que son indispensables para llegar a ser popular. No es guapo, ni tuvo actos famosos de pasión, ni murió luchando por sus creencias, ni conquistó nuevas tierras. Es un héroes de la resistencia…Pero de los que sobrevivieron.

Hasta su frase célebre es defectuosa. Es mitad obvia y mitad coja. Por supuesto que la paz es el respeto al derecho ajeno, en eso todos estamos de acuerdo. En lo que nadie está de acuerdo es en cuál es el derecho ajeno.

El mexicano es acomplejado. Este rasgo no tiene nada de inexplicable. Raro sería que no lo fuera. Una buena parte de los mexicanos vive del favor gubernamental, que es como vivir en el seno materno, que no es lugar propicio para desarrollarse cuando tiene uno cuarenta años. Otro grupo, más numeroso, está frustrado por su ocupación: el que aprendió a hacer mecate de lechuguilla tiene que hacerla de peón de albañil; el que era bueno para la yunta, vende chiles; el que sabe hacer campechanas, maneja un taxi, y todos, absolutamente todos, saben que el único que prospera es el que tiene dinero, que es algo de lo que ellos carecen, y que por consiguiente están condenados a pasar la vida nadando y estirando el pescuezo para no ahogarse.

Por si fuera poco, el mexicano es por lo común chaparrito, gordo y prieto…y se pasa la vida entre anuncios en los que aparecen rubios, blancos y largos, que corren por la playa, manejan coches deportivos y beben cerveza. ¿No es para estar acomplejado?

Avorazados son todos, no nomás los comerciantes que suben los precios por si suben los sueldos. Si es pesero, se empeña en cargar siete pasajeros, y si es peatón se empeña en subirse en un camión en el que no cabe – por si ya no pasa otro nunca jamás.

Además de avorazados los mexicanos son quejumbros, y peor, están satisfechos. “Ni modo”, dicen, “así nacimos”. Lo cual es mentira. Todos los defectos que he señalado podrían corregirse si no hubiera aquí “fuerzas oscuras” tratando de fomentarlos.

Hace poco, y muy a mi pesar, tuve que intervenir en el caso de un vecino paracaidista que estaba matando a un perro a palos.

– Mire amigo – le expliqué- está usted viviendo entre gente decente. Esto quiere decir que tiene usted derecho a matar a su mujer, a su hijo y a su perro, siempre y cuando los vecinos no oigamos nada.

…no es por accidente que la frase célebre: “el respeto al derecho ajeno es la paz” haya sido inventada por un mexicano ilustere. Nuestra sociedad estaba destinada, desde tiempo inmemorial, a producir semejante joya del sentido común. No porque seamos un pueblo especialmente respetuoso del derecho ajeno, sino porque somos extraordinariamente conscientes del propio.

La carta llega en dos días. Nada de documento. Pasan otros dos días. Nada de documento. El tercer día es domingo, día en que no trabaja el cartero, que en este caso es el esclavo. El lunes, el esclavo hace san lunes. El martes voy a la administración de correos. Me atiende un empleado con camisa amarilla bordada, dientes de oro y cabello ensortijado, y lleno de vaselina.

– Nomás que no se lo puedo entregar, porque ya se lo llevó el cartero.

Regreso a mi casa a esperar al cartero. Cuando el cartero llega, no me trae más que uno de estos anuncios que se tiran directamente a la basura.

Vuelta al correo. Esta vez entro directo en la oficina del jefe, que es el rey. Me recibe como Moctezuma ha de haber recibido a Cortés. Temblando pero majestuosamente. Le explico el problema. Él manda a llamar al administrador incompetente.

– Atienda al señor – le ordena el rey.

Ahora el administrador incompetente es una seda.

– ¿Cuándo dice usted que salió el envío? – me pregunta, pelando los dientes de oro.

Cinco minutos después, tenía yo el documento en mis manos. Me dio tanto gusto que no me detuve a preguntarles qué habían entendido por special delivery. Probablemente top secret.

Pero lo que me interesa subrayar es la dignidad y la compostura con que el mexicano mete la pata.

Después la suerte me favoreció y me mudé a la casa que tengo ahora, que es propia, pero con el defecto de tener una puerta que por alguna razón atrae mendigos, criadas que buscan empleo, vendedores de frambuesa, gente que me viene a preguntar cómo se siente mi aspiradora, ofertas de todo, encuestas, músicos ambulantes que tocan en la esquina y vienen a pedir cooperación, etcétera.

Lo que me admira no es la abundancia de los que vienen, sino su manera de abordar el tema. Por ejemplo: Alguien toca un timbre. Son las dos y media de la tarde. Abre la puerta un señor con un pedazo de chile relleno en la boca. ¿Qué manera de empezar una conversación es esta?

– ¿Me hace favor de hablarle a la criada, a ver si se interesa en comprar vestidos?

O bien, tocan, abro, dos jóvenes con libretas y lápices en la mano me dicen al unísono:

– Buenas tardes. ¿Está usted viendo la televisión?

– No señor. Estoy abriendo la puerta.

Nadie me diga que la solución de mi problema es un interfono. No es cierto. Siempre pregunta uno: “¿Quién es?”, y siempre contestan “yo”.

Creo que la culminación de la hospitalidad mexicana es la sustitución de la frase “mi casa”, por la de “la casa de usted”.

Cuando hay invitación, es en términos tan vagos que queda invalidada:

– Un día de estos, cuando haya oportunidad, quiero que venga usted a su humilde casa a probar un molito que hace mi mujer.

Cuando alguien nos dice esto ya sabemos que el molito se va a quedar platicado.

Es posible que el término que nos ocupa no se use en invitaciones por las confusiones a que podría dar lugar. Si decimos por ejemplo:

– ¿Qué le parece si esta noche cenamos en su humilde casa?

Corremos el riesgo de que la persona a quien estamos invitando tan amablemente, nos conteste:

– ¿En mi casa? ¡Ni hablar!

O bien:

– Mire, señor, mi casa es humilde, pero no tanto como la de usted.

Que es ya el colmo de la confusión, porque no sabemos si el que nos dice eso está insultándonos, o siendo ultracortés.

Otra clase de hospitalidad muy nuestra es la de la cantina. Entrar en una cantina mexicana es correr el riesgo de entablar una conversación larguísima que puede acabar a balazos.

De las doce de la noche en adelante, el tono de la conversación cambia y entramos en una nueva fase (y la última) de la hospitalidad mexicana, con frases como:

– Mira, si no te tomas esta copa conmigo, me ofendes.

O bien otra, que es muy alarmante:

– Si no me alcanza el dinero, dejo el reloj.

Lo que sigue ya no es hospitalidad, es pleito”.

 

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