Back home

Luz

La luz en mi cuartito antes de irme

Después de tres meses, voy de regreso a El Salvador. En Guatemala tomo mi autobús del sol y junto a otras 3 personas me dispongo a disfrutar “Furia de titanes“.

En cuanto el taxi me dejó en el Crown Plaza para comprar mi boleto de bus, sentí que ya estaba en mi territorio. Una señora se acercó a la fila porque tenía reservada una habitación. La señora de la línea le dijo: “No, el lobby está allá…nosotros nos la vamos a llevar a El Salvador”. ¡Ja! El tipo de chiste que no harían allá en México al atender al cliente (Y mucho menos si esperan su propina por hacer cosas que fomentan la haraganería del cliente inútil).

Se voseaban mientras contaban que no-sé-quién quería las pinturas que habían quedado en el carro de la otra. “Como si me voy a robar esas babosadas“. Alegría en mi corazón ante esas palabras.

Me como un coctel de camarones. No tiene chile. Me dan aderezos y puedo disfrutar su sabor. No domina el limón.

Empieza el viaje y la señorita dice sus palabras y remata con un “Que Dios nos acompañe“.

Ya en el bus me ofrecen “Mirinda o PeCsi“. Elijo “Mirinda”. “Aquí está su pajilla“, me dice. Todo se pone en cámara lenta y sonrío. Mi Sándwich del Subway no tiene chile por default.

Veo cerros en el horizonte. ¡Cerros de nuevo!

Y luego va apareciendo la realidad.

Siempre que he hablado de nuestro país, comparándolo con otros, he dicho que aquí es más sutil esa transición de pobreza a riqueza, refiriéndome a las características de las calles a medida que vas hacia arriba. Pero creo que he cambiado de opinión. El cambio gradual es hasta llegar a la opulencia que no se  permite convivir codo a codo con la pobreza. La regla general es que la tenemos presente en todas partes, en distintos grados, pero siempre está ahí y uno tiene que realmente esforzarse (o acostumbrarse) para ignorarla. De lo contrario, no puede escapársele. Yo prefiero eso. Prefiero saber que está ahí a fingir que no hay nada malo en el mundo. Hasta que deje de existir la injusticia, no deberíamos poder escapar de sus constantes recordatorios.

La señorita termina el viaje diciéndonos que ha sido un orgullo atendernos y “Que dios nos acompañe y nos bendiga“.

Con el taxista salvadoreño ya vamos platicando.

Ya en casa, me doy cuenta de todas las cosas que dejé aquí y sin las cuales fui perfectamente capaz de sobrevivir. ¡Cuántas necesidades creadas! Y me pregunto si habrá cambiado algo en mí o si es cuestión de tiempo antes de que regrese a los mismos patrones de vida de antes.

Mientras tanto, regocijémonos con la hora recuperada por no tener horario de verano y suframos con este calor… ¿Era mejor el frío y la contaminación?

Anuncios

¿Está de acuerdo o quiere mandarme a la chonguenga?

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s