Los Smith, de Edgar Neville

¿Se acuerdan cuando les conté de los libros que había intercambiado en El Botón? ¿No? ¿No atesoran en su corazón mis simples historias de vida que les dejan una marca indeleble?

Bueno. Uno de los libros que traje de ahí se llama “El día más largo de Monsieur Marcel”, de Edgar Neville. Finalmente he empezado a leerlo. Es una colección de cuentos que (hasta ahorita) me ha divertido y de cuyo autor vengo a encontrar estos datos: “Cursó estudios de Derecho sin mucho entusiasmo, pues pronto mostró afición por el teatro. Tras el desengaño amoroso con una joven actriz de la época, se alistó con los húsares que se destinaban a la Guerra de Marruecos. Duró poco en el Protectorado, pues a raíz de una enfermedad es devuelto a España”.

Es bien pintoresco el mundo del arte.

Así de pintoresco es el mundo que este autor crea y donde personajes de distintos cuentos comparten alguna cosa con otros, cual García Márquez. Aunque este libro tiene copyright de 1965.

Neville con Chaplin

Les quiero compartir una parte de su cuento “Los Smith”. Como siempre, esperando que nadie me demande por infringir los derechos del autor.

Debatí conmigo si compartirles “Su mejor amigo” donde Dios está aburrido y sólo se divierte con las andanzas imprevisibles de un genio que resulta ser ateo, “José Sánchez” donde un soldado tiene que matar a un condenado, pero terminan compartiendo en una fiesta pueblerina antes de llegar al lugar destinado para la muerte y entierro; o “Torito bravo” donde el tipo tiene una conexión con su toro — como monsieur Marcel con su cerdo. Sin embargo, la señora Smith me ganó el corazón y aquí se las dejo:

Entre las cuatro y cinco de la madrugada volvía del cielo, donde habían estado cantando y bailando, las almas de los negros. De puntillas y callandito, volvían a ocupar su puesto en los negros dormidos. 

Dos horas después, los durmientes exhalaban su último suspiro y se despertaban. Era la hora de levantarse, de dejar los sueños bajo la almohada y de salir a la calle.

Salían de aquella casa de ladrillo rojo como de una madriguera. El negro de su piel contrastaba dramáticamente con el rojo de los ladrillos de la fachada. La casa estaba llena de balcones, y en ellos, ropa interior de colores puesta a secar. Wáshington Smith era quien salía primero. Su “Ford” le esperaba comiéndose las basuras y las sobras de la casa. Wáshington tenía una sonrisa para él y una duda: ¿Arrancaría hoy? Pero por el viejo “Ford” no pasaban los lustros, y con el menor pretexto se ponía en marcha y salía disparado, armando estrépito, calle abajo, con Smith al volante, que entonces encendía un puro.

De madrugada, la ciudad era suya: ni guardias ni señales luminosas interrumpían sus andanzas fantasiosas. Smith, contraviniendo todas las ordenanzas municipales, llegaba a la fábrica de hielo, donde cargaba su coche. Y luego, a recorrer cocinas: “Aquí traigo un solitario de tres mil quilates”. Y dejaba su bloque de hielo, con un gesto elegante, con esa elegancia natural que sólo tienen los grandes duques y los negros, como si hubiera dejado una tarjeta de visita.

A las ocho y media salían de la casa de ladrillo rojo los tres hijos de Smith.

Nelson tiene a su cargo el ascensor del Empire Exprés Building. Eleva al día tres mil personas al piso 108, a toda velocidad. Es un ensayo de la muerte, dice Nelson, seguro de que su alma sabrá subir al cielo a toda velocidad: a ese cielo de los negros, donde se juega a los dados y se cantan salmos acompañados por banjos (*).

Nelson no se ocupa de la gente que sube y que baja; lo único que le interesa es el ritmo de su deslizamiento y el lograr del primer golpe de freno el nivel exacto del piso. Cuando el estribo del ascensor y el estribo del edificio están en el fiel. Nelson abre la puerta, con una ancha sonrisa de satisfacción. En ese momento es la imagen de la justicia.

Napoleón, en cambio, tiene que llegar a las nueve a su teatro. Otras personas van al trabajo de mal humor; pero Napoleón, no; porque Napoleón tiene un trabajo especial, honroso y dignificador. Él llega al teatro cuando no hay nadie, se va a su cuarto y se pone un chaleco a rayas y unos pantalones azules, y luego se pone a barrer el escenario. A esas horas está solo en el teatro, y cuando ha barrido el escenario se coloca en el centro, con la cara a la sala de butacas, y comienza a bailar un “rag” endiablado. Napoleón baila maravillosamente, y lo sabe. El año que viene debutará en Harlem; pero, claro que esto de bailar su “rag” en el mismo escenario en donde por la noche representan Shakespeare, tiene una emoción especial. ¿Que no hay público? ¡Qué importa! Su baile queda ahí, vibrando, y por la noche, cuando salga Romeo y empiece a decirle cosas a Julieta, los espectadores, con doble vista y con doble oído, verán y oirán el cuerpo astral de Napoleón bailando el “rag” entre los amantes.

Pero esto no es todo. Lo importante es que, por la tarde, Napoleón se endosa la elegantísima librea, llena de galones de oro, y unos guantes blancos y una gorra colorada y sale a la puerta de la calle, y eso tiene mucha dignidad y todo el que pasa no tiene más remedio que verle. Napoleón lo sabe y se da mucha importancia. Claro que, de vez en cuando, tiene que coger la escoba y barrer la acera de delante del teatro; pero lo hace con un gesto de propietario que cuida su jardín. Ese trozo de acera de la calle 42 es el trozo de planeta que corresponde a Napoleón, es su propiedad particular. Por eso su gesto de antipatía a los que dejan caer colillas, o hacia los que escupen; y eso que Napoleón enseguida lo corrige con su escoba, y su trozo de planeta siempre está limpio y reluciente.

A las ocho y media sale de casa Lincoln. Como es demasiado joven para trabajar, va a la escuela y juega al hockey sobre sus patines de ruedas, cerca de los muelles. Sabe todos los nombres de los presidentes de los Estados Unidos y conoce que todas las grandes frases que se recuerdan en el mundo han sido dichas por Washington, el presidente, se entiende. Las que se le escaparon a Washington las dijo el presidente Lincoln, y si hay alguna que se le escapó a este, la dijo Lindberg. Los demás personajes del mundo no han dicho frases; mejor dicho, aparte de esos tres, no ha habido más personajes en el mundo.

La última en salir de la casa de ladrillo rojo es mistress Smith, la madre. Es una señora muy correcta y está muy orgullosa, porque no pesa más que cincuenta kilos, como si fuera una elegante señora blanca. Todas sus amistades la respetan, a causa de haber llegado a su edad y continuar siendo tan delgada, a pesar de haber tenido cuatro hijos. Además, mistress Smith es algo corta de vista y usa gafas, lo cual aumenta su distinción. Si no fuera por su piel negra, sería una de las señoras más distinguidas de Nueva York. Y es que, entre otras cosas, tiene el pelo blanco. Así, no es de extrañar que cuando salga a la calle tenga ese aire de superioridad y ese paso firme de quien sabe es observada por detrás de los visillos. Baja al “Metro” de la calle 181 y entra en el vagón; allí todos los viajeros son de color. Mistress Smith se sienta en el mejor sitio, y el “Metro” se pone en marcha, como si no hubiera esperado más que su llegada para hacerlo. Pero, a medida que el tren va conquistando estaciones hacia el Sur, el público de los vagones va cambiando. Al llegar a la calle 72, sube una avalancha de judíos y de sudamericanos, y bajan, en cambio, muchísimos negros. Mistress Smith ha perdido automáticamente importancia, y se hace pequeñita en un rincón del asiento. En la calle 50 han subido chicas de teatro y modelos, que van a la calle 37, y mistress Smith se hace más humilde y más pequeña de lo que es. En la calle 37 se han quedado todas las chicas, menos las mecanógrafas, y en cambio empiezan a entrar por docenas hombres con carpetas debajo del brazo. Mistress Smith, de pie en un rincón de la plataforma, parece un abrigo colgado de una percha. En la estación de Wall Street, todos salen, y mistress Smith, flor de corrección, después de ceder el paso a todo el mundo, emerge tímidamente en la superficie. ¡Qué altos parecen los rascacielos cuando pasa junto a ellos mistress Smith!

Su oficio es limpiar y poner orden en una casa de apartamentos, cerca del barrio de los negocios. Tiene de plazo todo el tiempo que sus moradores están en los Bancos. Mistress Smith va a llegar a la casa. ¡Cuidado, que este momento tiene importancia! Por la calle, mistress Smith, con su sombrero puesto, es toda una señora; pero en cuanto entra en el portal y se quita el sombrero, desciende de categoría; es la encargada de la limpieza.

Empieza por arriba. Tiene tanta costumbre de ordenar el desorden que mira las habitaciones no más entrar, con mirada de jugador de ajedrez, y en seguida se fija una cronología para el arreglo. Sabe que, a lo mejor, sólo es una cosa lo que pone desorden en una habitación; un periódico abierto y tirado panza arriba, por ejemplo. Así es que lo primero que hace mistress Smith, al llegar a las habitaciones, es recoger y doblar los periódicos. Hay departamentos que tienen despacho y cuarto de dormir, y entonces mistress Smith lo primero que hace, después de recoger los periódicos, es hacer las camas. Mistress Smith entra en los dormitorios en desorden y tiene la impresión de que unos reyes los dejaron así al estallar la revolución. Parece que, ante la pequeña figura de mistress Smith todos los moradores del edificio hayan emprendido una fuga precipitada. Pero ella, lejos de sentir enojo, arregla los cuartos con un algo de ternura maternal, disculpando en su mente a esos niños desordenados que van a pasar el día jugando con serpentinas de números.

Además, el trabajo tiene una compensación, que es el encuentro de cosas inesperadas que atraen su curiosidad. Fotografías de personas conocidas por la negra, escenas de playa, excursiones, banquetes. Mistress Smith se asoma a esa vida tan lejana de la suya, observando detalles ínfimos y que, sin embargo, le dan la clave de la escena. A fuerza de limpiar los mismos pisos, ya va conociendo, por fotografía, a las amistades del morador, y al volverlos a ver los mira como si también fuese amiga de ellos.

Otras veces encuentra cartas, que lee, y otras veces postales de ciudades lejanas, de Europa, que es para ella casi un misterio, algo que está aún por descubrir. Le han dicho, por ejemplo, que allí no hay gentes de color, y ella no comprende, de no haber negros, quién puede ser el que recoge las basuras de la ciudad. Y lo que más le choca de Europa es lo pequeños que son los árboles.

Pero lo que más le gusta a mistress Smith es cuando entra a la habitación de John Hollis, porque este tiene una fotografía de su madre encima de la mesa.

– His mother – dice con respeto. Y cuidadosamente limpia el marco y el cristal y vuelve a colocarlo en su sitio, con una mirada de confraternidad, madre a madre.

Es ese su gran momento. El momento en que mistress Smith va de visita a casa de la señora de Hollis. Mistress coge una silla y se sienta junto al retrato, y empieza una conversación social muy correcta y llena de finuras. Es natural que sea así, porque mistress Smith, que gusta mucho de visitas y de ir a las casas los domingos a tomar el té, encuentra raramente entre sus amistades gente que tengan educación social como la suya. Y sobre todo en estos últimos tiempos, en que ya no quedan verdaderas familias ni entre los negros, no acaba de encontrar entre las gentes de su raza familias de su altura, de su categoría social: gentes que sepan hablar bajo y de cosas cultas e inteligentes, y, sobre todo, gentes que sepan comportarse en sociedad sin hacer ordinarieces. Y por eso, su amiga predilecta y su visita favorita es la de mistress Hollis, es decir, su retrato. Pero algo es algo, y la imaginación de mistress Smith hace que la fotografía se anime y sea en realidad mistress Hollis la que está hablando con ella.

Hablan de todo: de lo caras que están las cosas, de la educación que se debe dar a los hijos, de lo antipático que se pone el campo los domingos, con tanta gente como va; del nuevo predicador religioso que habla en Lennox Avenue. Mistress Smith y mistress Hollis, poco a poco, van intimando, y entonces mistress Smith le confía sus penas, esas penas que no puede confiar a nadie, porque ni su marido ni sus hijos quieren escuchar. Y son las cosas de su hija, de su única hija.

– Figúrese usted, mistress Hollis, que a los dieciocho años desapareció de casa, se fue a bailar a Chicago y luego ha vuelto a Nueva York. Vive independiente y apenas viene a casa a vernos. Y no es eso sólo; es que una chica como ella, a la que se le ha dado una esmerada educación, procurando que fuese una señorita, lo ha tirado todo por la calle y canta en Harlem unas canciones deshonestas y baila desnuda. ¡Qué vergüenza! ¡Qué vergüenza! Y, eso sí, bailar baila muy bien. ¡Si al menos bailase vestida…! Ya ve usted, mistress Hollis, ya ve usted, ¡qué pena para una madre!

Y mistress Hollis le dice:

– Ustedes, los de color, aun cuando estén desnudos, siempre parece que están algo vestidos; no es como nosotros, los blancos que tenemos un desnudo tan crudo…

– Muchas gracias, mistress Hollis – dice mistress Smith-; eso lo dice usted para consolarme…

Y, al cabo, de un rato de esta visita, baja mistress Smith a otro piso, a hacer la limpieza de otro cuarto.

En este piso vive míster Mac Kay, que posee dos cosas que encantan a mistress Smith: una de ellas, una enciclopedia con muchas ilustraciones en colores. Mistress Smith, todos los días se lee varias páginas de la enciclopedia, y en ella va descubriendo el mundo. Un día abrió el libro por la página de Africa y se quedó mucho tiempo contemplando atentamente el mapa de colores. Sabía que en tiempos remotos las gentes de su raza vinieron de allí, y le divertía adivinar de qué pedacito vendría su familia: si sería de un trocito azul, o de otro verde, o de otro amarillo. Eso, claro, no lo sabía; pero seguía el curso azul de los ríos y las manchas verdes de las selvas, no como lo hacía en otros mapas del mundo, sino como algo más familiar, como si estuviera leyendo una carta de su padre. Sin saber qué, tenía preferencia por un trocito pintado de amarillo junto a un lago pintado de azul.

– Aquí debió ser – decía poniendo el lado; y la sangre le latía en las venas con un ritmo de tam, tam. En la plana siguiente había fotografías de guerreros negros. Mistress Smith los encontraba parecidos a muchos amigos suyos; pero, como iban medio desnudos y con anillos en la nariz, mistress Smith cerró el libro, diciendo: “¡Unos salvajes!” En aquel momento, ella se sentía, más que nunca, una señora americana.

La otra de las cosas que atraía a mistress Smith en ese departamento era un magnífico gramófono; primero se cercioraba de estar sola en el piso y luego ponía un “blues”. Al principio escuchaba con deleite; luego iba marcando el ritmo con la mano, y al final, y sin poderlo remediar, comenzaba a bailar, como bailaban sus hijos, como veía siempre bailar a todos los suyos, como se debe bailar, como le salía de dentro, sin el menor esfuerzo mental. Mistress Smith bailaba largo rato.

A esa misma hora, Napoleón bailaba en su escenario. Nelson aprovechaba un descenso del piso 100, sin nadie en el ascensor, para bailar su “tap”, y Wáshington Smith, que había repartido todo el hielo de la mañana, bailaba también en los muelles del East River, en donde había ido a emborracharse con unos amigos. Toda la familia Smith bailaba. Eran varias horas al día en que les entraba la necesidad de bailar, y bailaban allí donde estuvieran. No necesitaban música; la música la hacen ellos con sus suelas, y el ritmo lo llevan dentro.

A la hora de la comida se reunían todos, y es la única hora en que lo hacían. Mientras mistress Smith preparaba la cena, el padre y los chicos se enseñaban nuevos pasos de baile, o, sencillamente, cantaban.

….

(*) Yo sé. Pero ya les dije que es de 1965.

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