Los inocentes

Lo único que sabía es que va mucha gente y que es una pesadilla encontrar dónde estacionarse. Pero, como soy curioso, decidí ir a ver por mí mismo cómo celebraban a los niños inocentes en Antiguo Cuscatlán. Después de todo, cuando inauguró las fiestas, la alcaldesa mencionó su gran amistad con el párroco y cómo dejarían espacio para la procesión.

Ahí iba la gente. No sabía que también cargarían figuras de bebitos. Asumí que eran los niños inocentes. Cuando vi que los carritos tenían nombres de las familias, me entró la curiosidad por saber más.
Cuando la procesión estaba terminando frente a la iglesia y luego de que varias personas hubieran desfilado bajo los chorros de agua bendita, le pregunté a una señora junto a mí:
– “¿Y estos muñequitos…?”
– “¡No son muñequitos, son Niños Dios!”, me interrumpió ella.
– “¿Representan a alguien de la familia?”, seguí preguntando yo mientras me aguantaba las ganas de dejarla ahí tirada con la palabra en la boca.
– “Son una promesa, una penitencia de la familia”, me respondió y, unos segundos después, se alejó con su hija, en la actitud cristiana que corresponde a un evento como estos.
Me alegró que la hubiera molestado que yo les dijera “muñequitos” a los bebés que no dan miedo en lo absoluto.

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Como podrán ver en estas fotos, el sacerdote o ayudante (no me sé la jerarquía) secretamente disfrutaba mojar a personas distraídas.

Más noche tuve la oportunidad de hablar con otros jóvenes, todos hombres de una misma familia, que tenían su altarcito en exhibición fuera de la casa. Uno de ellos me dijo que el niño dios se compra con anticipación, se bendice el 24 y luego anda en posada por las casas. Yo lo que quería era saber sobre SUS muñequitos niños Dios: si representaban algo más y qué hacían con ellos después.

Asumí correctamente que, al haber sido rociados con agua bendita, funcionarían como protección del hogar. También me dijo que son una promesa hecha o un milagro cumplido. En su caso, luego exhiben el altarcito, esperando contribución de la gente por la inversión hecha al construirlo y después se queda ahí en la casa. Quién sabe hasta cuándo. Yo usaría el mismo niño año tras año. No. Estoy mintiendo. Yo no tengo la energía para cumplir con toda la logística que requiere esta tradición.
Espero que, como yo, hayan aprendido algo nuevo y, si me mintieron o escribí algo mal, espero que me corrijan con enojados comentarios. Finalmente los invito a que siempre piensen en la gente que está detrás de todos los eventos a los que el salvadoreño asiste para comer disfrutar en familia.

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