Ronnie 8: sobre el Kimbayá

Hace exactamente dos años escribí la última entrada sobre el viaje de Ronnie desde El Salvador a Sudamérica. Muchas cosas han pasado desde entonces, pero no se las voy a decir ya. Si lo hiciera, usted ya no seguiría visitando esta confiable y siempre actualizada fuente de información.

La última vez nos quedamos en que Ronnie y sus amigos estaban a bordo del “Kimbayá”. Ronnie había insultado sin querer a un chiquitín Kuna fanático de Roque Dalton y de su Poema de amor al rechazar su invitación a una cerveza y los dejamos preguntándose cómo serían las cosas después de andar unos cinco años en la ruta gracias a los malabares.

Ronnie disfrutaba cuando el barco al fin zarpaba y él podía ir sentado en la orilla solo viendo el mar, todo azul. A veces veías de esos peces que vuelan…bien bonitos…y con ganas de ver delfines.

Pasaron alrededor de unas dos semanas viajando en el “Kimbayá”.

El más viejo de la tripulación, apodado creativamente por el grupo como “viejo del mar”, salía en su botecito todas las madrugadas a pescar los pescados que todos comían. Ronnie empezaba a ver de otra forma el alimento, lo natural que era. Este señor un día interrumpió su sueño para poner un plástico que protegiera al grupo de la lluvia que se colaba por la madera del barco.

Al seguir la ruta, era interesante ver cómo cambiaban las cosas de una isla a otra. Hasta las leyes cambiaban. En unas podías estar hasta las 12 de la noche, no eran tan ortodoxos.

En las islas ya habían encontrado otros barcos con los que el viaje podía ser más corto y más rápido, pero ellos no podían hacer nada. Para ese momento, el único que tenía dinero era Anderson.

A veces veían a los niños comiendo charamuscas. Los niños veían su cara de antojo y mejor se iban. No tenían ni los cinco centavos que costaban. A veces Anderson sí los invitaba.

Tres charamuscas, probablemente de coco, fresa y tamarindo

Eventualmente se hicieron amigos de una familia que los invitó un día a comer. Al día siguiente, era el turno de la señora de esa casa de llevar comida para la escuela. Había hecho una especie de atol y ellos le ayudaron a llevar las cosas. Solo Maxi y “El gallo” entraron a la escuela. Ronnie y Anderson se quedaron afuera siendo víctimas de los niños que los estaban molestando y les tocaban el pelo… por lo afro. Es de verdad, les decía yo. Los niños solo se reían. Cuando salieron sus compañeros, traían muchas galletas. Ronnie le pidió una a un niño y el niño quizá me vio con hambre, quizá percibió eso, y de ahí, otro niño me dio otra. Llegó otro y me dio otra. Nos dieron a todos.

Luego se fueron. Iban con un grupo de niños. Adelante iban unos hablando en kuna. Los miraban y se reían. Uno de ellos se detuvo y le tiró una galleta a Ronnie, él la agarró y se la comió, provocando las risas de los otros niños. Acto seguido los otros se pusieron a tirarles galletas como si fueran animales. Ellos les decían que se calmaran, pero no les entendían. Por lo menos, Ronnie dice que estaban buenas las galletas.

No obstante esta anécdota, ahí sí pasaron hambre y rebajaron mucho. En el barco, por lo menos tenían asegurados el almuerzo y la cena.

Al desayuno le llamaban “torpedo”. Era una masa de maíz como un plátano y nada más. Era tri-pesado, cuando ibas a cagar cabal salía esa figura…y para cagar era otra onda…cagabas en el mar. Estabas a la orilla del mar y estaban las chocitas así nada más (en una especie de muelle). Era la chocita con las dos láminas para que no te vieran y la puerta, había un piso de madera y un círculo donde tenía que caer tu caca al mar. Te agarrabas de la puerta porque, si te caías, caías en el mar. A veces con los barcos llegabas cerca de los baños, y de la nada solo veías flotando así, cabal la forma del torpedo. Primero veías el torpedo flotando y luego veías al marinero saliendo del baño, un negro así con short.

Una vez, cuando ya tenían como tres días sin bañarse, se compraron un jabón de olor. Ronnie fue el segundo en bañarse. Entre las maderas había grietas y él sabía que si se le caía el jabón ya no habría remedio porque abajo estaba el mar. Inmediatamente después de pensarlo, se le cayó el jabón y pudo verlo flotando en medio de todo el pupú. Ahí quedaron sus ganas de bañarse bien.

Al menos no fue el único que sufrió un accidente. “El gallo” botó una vez el papel higiénico en el servicio y no se pudo limpiar.

En otra de las islas que visitaron los cocos estaban tan lejos que pasaron toda la tarde llevando los cocos hasta el barco. Esa vez el cocinero sí les dio un buen plato de comida y no nos lo dio salado, nos lo dio con el arroz bueno, no con el arroz quemado.

A la tercera semana ya estaban desesperados. Solo faltaban unas siete u ocho islas para llegar a Colombia. Ronnie quería por lo menos tener dinero para comprarse lo que quisiera y, para colmo, el capitán Ulises les dijo que el viaje probablemente iba a llevarse más de lo planeado porque no habían reunido suficientes cocos. Pero también les dijo que esa isla era un punto clave para varios barcos y que podían hablar con alguien más, tal vez así llegarían más rápido.

Por la tarde llegó un barco industrial, de metal. Me precipité. Muy ansioso de mi parte fue y solo llegó el barco… quizás esperé unos quince minutos y le caí al capitán, maje. Él se negó y le dijo que si quería ir, les costaría 40 dólares. Solo nos vimos con “el gallo” y me fui bien decepcionado, bien feo fue. Me fui para el barco y en eso solo llega Maxi bien emputado, “¿por qué le fuiste a decir ya, maje? ¿No te pudiste esperar?”. Yo también estaba molesto y me empezó a calentar a mí también y exploté: “¡A la gran puta, mono cerote! Nos dijeron que no ¿Y qué vas a hacer? ¿Nos vamos a dar verga?”. Maxi le contestó que, de no haber sido por él, ya estarían en el barco. Ronnie creyó que de verdad se iban a agarrar a golpes cuando, en eso, llegó “El gallo” y les dijo que un oficial los llamaba, les estaba pidiendo los documentos porque había visto que ellos andaban ilegalmente.

Militares bailando

Esa zona tenía bastante presencia militar porque las zonas siguientes estaban llenas de narcos. Conocieron a un kuna que les enseñó un gran bloque de cocaína que dijo haberse encontrado, dado que la coca se tira en cierta zona para que otros luego la lleguen a recoger.

El militar revisó sus papeles. No les dijeron nada. Maxi y él tampoco se dijeron nada más. Se pusieron a jugar cartas. Empezaron a apostar cosas que, cuando llegaran a la ciudad, se iban a poder comprar, más que todo comida, un fresco, un puro, una dona, una galleta.

Al día siguiente llegó otro barco industrial, el “Ivana” que llevaba tambos de gas, pupitres y muchas cosas más. La tripulación se veía un poco mayor. Por suerte, el capitán Ulises tomó la iniciativa de ir y hablar con ellos. Accedieron a llevarlos hasta Puerto Obaldía, la frontera de Panamá con Colombia.

Puerto Obaldia

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One comment

  1. Pingback: Ronnie 9: El Ivana | Ex360

¿Está de acuerdo o quiere mandarme a la chonguenga?

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