Ronnie 9: El Ivana

(Anteriormente)

La tripulación del “Ivana” era fanática del reggaetón, colombiana y se pasaba entre Colombia y Panamá en viajes comerciales que duraban hasta seis meses, sin ver a sus mujeres, tenían otra vida y eran bien jodarria y bien valeverguistas, tenían posters de mujeres así con los grandes pechos en sus habitaciones
El cocinero de este barco les llevó la olla del arroz con cangrejo que sobró para que se lo repartieran. No había platos para ellos. Medio comieron  y el trato no cambió ni cuando llegaron a una isla y descargaron soda, arroz, pupitres y demás. Lo paloma era sacar los tambos de gas porque estaban hasta arriba del barco. Tenías que subir y hacer la cadena para bajar.

En una isla  descargaron  varios pupitres y se quedaron a pasar la noche ahí.
Ahí asistieron a una ceremonia kuna.
Era un ritual y estaban danzando con una música bien loca, maje; hablando en su dialecto y tocando y otros se levantaban y bailaban. Bien loco. La energía que se sentía era bien pelada, bien vergón.

A bordo del “Ivana” vivieron su primera tormenta, ya casi llegando a Obaldía. En alta mar se empezó a poner todo nublado, poco a poco; luego, blanco; la brisa, cada vez más fuerte. Luego el mar empezó a moverse con más fuerza. El barco se sentía bien chiquito a la par de todo ese mar. Veíamos que el mar iba agarrando fuerza y empezó a llover…vimos que todos entraron en sus cuartos ya vimos que no era estable estar así nada más en el barco y nos empezamos a agarrar de unos lazos. El más viejo salió luego a ofrecernos cigarros para ver así la tormenta en el mar.

Ahí sí me dio miedo, la verdad sí me dio miedo, maje.

Si se lo preguntaban. Anderson se ganó todo jugando cartas, incluyendo el puro, la dona y la charamusca.

Una vez llegado el barco a puerto Obaldía, supieron que una lancha los tenía que acercar a la orilla. El tipo de la lancha quería cobrarles por eso. El resto de la tripulación les gritaba que pagaran. Todo era medio en serio, medio en broma. Cuando llegaron a la orilla, otra vez les cobró y ellos siguieron fingiendo que todo era en chiste, pero el tipo se quedó molesto.
Finalmente llegaron.

Pero, por supuesto, encontraron la oficina cerrada. El tipo encargado de sellar su entrada no estaba, andaba jugando fútbol. Una pareja de canadienses estaba también esperando. Ellos habían llegado hasta el sur e iban ya de regreso a casa. Había una francesa y otros más. Todos varados por el tipo que andaba jugando fútbol.

Les tocó pasar la noche ahí sin conocer a nadie.

Después de haber lidiado con la pesadez de los panameños sintieron diferente estar entre estas personas que ya eran más amigables y con las que podían compartir gracias a los malabares. Pero ellos eventualmente también se fueron y ellos se enfrentaron con la realidad de que debían buscar qué cenar.

Anderson fue a comprar queso y pan. En su ausencia, una muchacha les preguntó a los otros si tenían dónde comer y los invitó a ir donde su madre. Era bien bonita y bien buena, pero tenía quince años…con cuerpo colombiano y medio nos hacía ojitos,pero yo me sentía mal porque la mamá nos estaba dando de comer. Pero nadie hizo nada.
La señora estaba contenta con ellos y les dijo que muchos pasaban por ahí, les dijo que era una buena experiencia y que en Colombia les iba a ir bien. “En Colombia todo chimba”, dijo la señora. ¡Solo una montaña nos dividía de Colombia! Ya preguntamos si nos podíamos ir por tierra y nos dijeron que no. Era peligroso porque nos podían matar porque todo eso estaba como zona de militares. Había una vereda solo para uso de los militares.

Se quedaron en la casa de otra señora a condición de irse al amanecer.

En la mañana, se encontraron con que el tipo de migración no había llegado. Tuvieron que esperarlo hasta mediodía.
Tenían que pagar una lancha para llegar a Capurganá y ya no tenían nada de dinero.

Estando ahí en Obaldía, un señor de civil empezó a hablar con ellos. Les contó que era militar y estaba en su día de descanso. Ya entre ellos habían acordado que, de encontrar a alguien que los ayudara, le dirían que les habían robado el dinero en Colón y que solo a uno de ellos, no. Así que, cuando él se presentó como militar, empezaron a contarle lo del asalto falso. Y les creyó.
– Colón es peligroso, es tierra de nadie
– Cabal, usted lo ha dicho, es tierra de nadie.

El señor dijo que vería si les podía ayudar. Se fue y ya no regresó, pero aún así se motivaron a hablar con otros militares. Ellos les dijeron que, aunque no podían, intentarían ayudarlos.
Estaban en la bahía esperando que llegara algún barco que tal vez les diera chance.
Llegó una lancha con carga. Les pidieron ayuda para descargar sodas y ellos lo hicieron, sin ganar nada por eso; pero, cuando regresaron, vieron que había llegado otra lancha. En esta, iban dos hombres procedentes de Capurganá que solo habían ido a traer algo. Mientras hablaban con él, reapareció el militar de civil e intercedió por ellos. Así accedieron a llevarlos.
Zarpamos. Ese momento jamás lo voy a olvidar porque yo decía “puta, por fin Colombia”.

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