Ronnie 12: los guías turísticos

En todo Capurganá se apagaban las luces alrededor de las once de la noche cada cierto tiempo, facilitando el tránsito de la droga. Esto duraba una media hora o una hora completa. Era el momento de ir a dormirse y “no ver nada”.

Una de esas noches, después de fracasar con el parche, Ronnie y “El gallo” regresaron a la casa en construcción. Según ellos no había nadie; pero, en una de las tablas que funcionaban como andamios, estaba Maxi acostado viendo las estrellas. Ronnie también decidió hacerlo. El cielo estaba tri-estrellado y como estaba todo oscuro…fue hermoso, maje. A cada rato una estrella fugaz. Oyendo la naturaleza; ya no el mar, sino la montaña. Oías los grillos y a lo lejos oías a veces los monos, las culebras, las ranas. Veías las siluetas de los árboles. Bien loco, bien bonito. A veces hacíamos fogatas…y ya nos habían hablado de los hongos. Un día fuimos a los potreros; pero no encontramos nada, pero estuvo bueno el vacil en el potrero.

A las dos semanas el artesano que no obtuvo el tipo de mano de obra que esperaba les dijo “Bueno, parce. Yo ya hice la buena vibra. Pero ya necesito el espacio”.

Así que se fueron de ahí.

Otro artesano de Cali que andaba con su esposa y su hija y que había estado cinco años en Venezuela, de donde procedía su mujer, les comentó que había conocido a un tipo de Bogotá que recién había alquilado un hotel de nombre “Sol y luna”, con el propósito de ponerlo a funcionar. Les dijo que ya se había tomado la libertad de comentarle al susodicho que ellos existían y, finalmente, les recomendó ir y hablar con él. El tipo fue buena onda y también compartió otro porrito con ellos, cual taza de té inglesa. Era barista y quería que el hotel tuviera un concepto que girara en torno al café. Ellos, en su fumada, le sugirieron que hiciera un caminito con las piedras del arrecife. Él les dijo que podían ir a hacerlo en ese momento. Y todos fueron. “Me siento como Smeagol”, decía él. Después de todo, se atrevieron a preguntar si podían poner la tienda en el lugar y él no accedió porque tenía una vecina metida que podía chismearle a la dueña del hotel, pero se puso a pensar en otra forma de ayudarles. Le preguntaron si sería posible dormir en los pasillos y accedió a que se quedaran en el primer piso. Ronnie cuenta lo bonito que era el hotel de madera y la vista que se tenía desde la tercera planta. Usted puede leer la opinión de otros usuarios aquí.

Hotel sol y luna

Esa noche les tocó sufrir con la nube de zancudos, pero la única alternativa era sofocarse adentro de su sleeping bag*. Al día siguiente todos estaban llenos de picaduras. En la tarde, sus vecinos de parche se estaban riendo de su apariencia. En eso, una mujer de Cali, con la que medio habían hablado antes, oyó su historia y su poca suerte para vender, así que les regaló dos mil pesos a cada uno. “Yo les tengo lástima”, les dijo. Vencieron sus escrúpulos y aceptaron el dinero.

Yo pregunté si habían comprado repelente o algo.

¡Nombre! ¡Pan dulce nos fuimos a comprar!

El tipo les dio espacio para que dejaran sus cosas. Pero en el día tenían que salir a rebuscarse. Anderson ofreció sus servicios para hacer el caminito no-ecoamigable con las piedras del arrecife, Maxi se ofreció a ayudarle también; mientras El Gallo y Ronnie se volcaron a producir cosas para el parche. A veces también iban a buscar al pueblo. Ya la gente sabía que andaban buscando algo para hacer.

Las cosas ya habían cambiado. Anderson ya se había dado cuenta en el barco que tenía que poner cara de chumpe, ya en las islas empezó a entender y nos decía “Yo tengo que cambiar”; además ya había rebajado, todos estábamos bien flacos. Ronnie ya hasta podía meter cuatro de sus dedos en los shorts que andaba y andaban con barba.

Una de las cosas diferentes que había hecho Anderson era haber trabajado en una ladrillera donde hacían bloques y donde se había lastimado la espalda. Un día que Ronnie y El Gallo llegaron ahí, uno de los artesanos que tenía su hostal les dijo que acababa de llegar una pareja, que uno de ellos podía hacerla de guía por 20 mil pesos. Ofrecieron el servicio de ambos por el mismo precio. Llegaron a las 9 de la mañana, como convinieron, y ahí conocieron a la pareja. Eran jóvenes, de Medellín y tenían la parejita de niños. Pronto se pusieron en camino a Capurganá.

A media cuesta, la presión afectó a la señora. Se mareó y no podía respirar. Querían que se sentara, pero ella se rehusaba porque creía que iba a desmayarse. Ella estaba bastante arrepentida del viaje.

Quien les hizo el conecte ya había encargado los almuerzos con una señora en Sapzurro, pero solo había un almuerzo para el guía. Ronnie vio que era un plato significativamente más pequeño y, por suerte, la familia compró el otro almuerzo para él. Este sí era de tamaño normal, así que Ronnie comenzó a comérselo inmediatamente para que no se arrepintieran cuando vieran el tamaño del de El Gallo (con quien también lo compartió).

Los llevaron a La Miel y, cuando se hacía de noche, regresaron a Sapzurro para luego tomar una lancha de regreso a Capurganá. Ahí terminó la aventura de guías turísticos.

Seguían quedándose en los pasillos del hotel donde solo pernoctaba el vigilante y su mujer.

Por los zancudos decidieron ir a probar suerte en un lugar del que se habían enterado antes. Se trataba de una casa abandonada en cuyo patio había un kiosco que les podía servir de refugio. Lo podían usar porque el vigilante del lugar se iba alrededor de las seis. Fueron esa noche y luego siguieron usándolo ocasionalmente como primera estación antes de seguir con el parche.

 
 
* Disculpe mi alienación. Si usted lo conoce como saco o bolsa de dormir, aquí le dejo una imagen para ilustrarle.

shark-sleeping-bag

 

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