Ronnie 13: Turbo, descargas y una separación

La última vez nos quedamos con los cuatro viajantes atrapados en Capurganá.

En uno de esos días, un señor proveniente de Pereira con dientes negros, les contó que él llevaba ya tres meses atrapado en Capurganá sin poder sacar el dinero para el pasaje. La lancha cobraba 60 mil pesos para ir a Turbo o, con rebaja, 50 mil pesos. Entre El Gallo y Ronnie ya tenían 30 mil pesos; los otros dos tenían 10 mil cada uno.

La historia que les contó este señor de dientes especiales es la siguiente: había hecho dinero en 3 años que estuvo en Costa Rica, pero terminó gastándoselo todo en piedra. Dijo que cuando su mujer se hartó, se llevó a la hija de ambos a España. Su meta era regresarse a Costa Rica, hacerse de dinero y buscar a la hija en la madre patria.

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Con él fueron en alguna ocasión a Sapzurro. Ahí él les mostró su interés en la actuación al compartirles un monólogo que le gustaba.

En Sapzurro también conocieron a un artesano que había llegado a Capurganá sin nada y que, durante sus primeras noches, dormía abajo de una mesa de madera. En las mañanas tenía que levantarse porque la mesa era usada para exhibir mercadería. Les contó que así pasó durante una semana, en la cual no vendía mucho. Poco a poco, empezó a hacer contactos y consiguió huéspedes para los hoteles del área a cambio de una comisión. Para ese momento, ya llevaba tres meses ahí. Ya tenía dónde quedarse y andaba tranquilamente con su botella de ron, la que por lo menos compartió.

En esa visita a Sapzurro no consiguieron trabajo. Fueron a preguntar a una escuela en construcción donde la arquitecta  a cargo (bien buena) les dijo que ya no había plazas. Volvieron a la zona en otras tres visitas y solo hallaron trabajo en una de esas. Cargaron madera para ganar 10 mil pesos a cada uno. Pero esa vez fue bien duro, maje, porque sí pesaba la madera; estaba mojada. La segunda vez que fueron, conocieron a un artesano viajero, cuya esposa era maestra. Había sido artesano ya por 20 años. Les dijo que de Capurganá uno podía irse caminando hasta Acandí. El detalle es que la caminata duraba dos días. El tipo ya la había hecho antes a pesar de sus 45 años, años que no aparentaba en lo absoluto. El Gallo y Ronnie se planteaban la idea de hacer esa caminata, pues de ahí a Turbo el viaje en lancha solo costaba la mitad, 30 mil pesos.

Hubo una noche en la que decidieron volver a irse a dormir al kiosco, pero les cayó una tormenta encima. Tuvieron que pararse para mojarse menos y que escurriera su sleeping. Así veían el reflejo de los relámpagos en el mar. Cuando pasa el agua, teníamos mota y fuego, pero no teníamos ni papel ni pipa…y estaba la mota y no la podíamos fumar. Fue bien frustrante: después de aguantar la valida de verga, aguantar el agua y el frío, maje. Teníamos mota y no teníamos papel ni nada. Y no fumamos. La cagamos.

Rolo, el “dueño” del hotel (realmente solo un arrendante) les tuvo luego más confianza y los dejó quedarse en el segundo nivel, les permitió también usar la cocina y cortar un gajo de guineos de una plantación cercana. El plátano frito y los mangos los llenaban.

Unas dos semanas después llego el que sería chef del hotel. Llevaba hachís desde Bogotá y compartió con todos. A los demás les vendía las chibolitas a 20 mil pesos. Pero el maje era bien buena onda. Yo le sentía como un aire de que era gay, maje; pero nunca hablamos de eso.

En una ocasión en la que fumaban con pipa, Ronnie dice que se quedó “trabado”. Empezó a toser por un buen rato hasta que se quedó ido viendo el mar. Luego vio las iguanas enormes del jardín. Empecé a ver cómo subían al árbol, cerote…pero las empecé a ver tan lento, maje…como todo el movimiento venía de aquí, cómo hacían los pies y cómo cada vez que se agarraban, se contraía el músculo. ¡Todo eso lo miraba, cerote!

El artesano a cargo de tallar las puertas y el rótulo del hotel llegaba por las noches. Sabían por su respiración que era fanático de la coca. De ahí que el dueño le proporcionara “diversión” en la noche con la segunda intención de apurar su labor. A veces, cuando Ronnie y El Gallo regresaban, escuchaban la música y sabían que arriba estaban él, el “dueño”, el cocinero y Maxi y Anderson como espectadores. En una ocasión, Rolo les enseñó en su laptop fotos de su esposa. Maxi, curioseando, encontró otras fotos de ella con otro tipo. Mi pregunta lógica fue si ellos tenían una relación abierta. La respuesta es no. Rolo no sabía y empezó a putearla. Aparentemente la computadora era de ella. No me pregunten qué tan inteligentes eran esos esposos.

Estas fiestas nocturnas duraron un mes.

Hubo un momento en que se enteraron que llegaban barcos de carga. Llegaban los miércoles y sábados. Uno tenía la oportunidad de ayudar con la descarga si llegaba temprano. Un señor chiquito, fortachón y con el ojo gacho, con cara de estafador, se encargaba de organizarlos. Cuando llegaron un día, ya estaban todos los elegidos. Obviamente le iban a dar prioridad a la gente local. No les querían dar oportunidad a ellos, pero se quedaron ahí. Cuando llegó el barco, empezaron a ayudar así sin estar “en la nómina”. El tipo accedió a que se quedaran dos, fueron Ronnie y Maxi. Eventualmente dejó que se quedaran los cuatro, pero aclarando que no les iba a pagar igual.

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Llevaban muchas cosas: papas, cable de electricidad enrollado y barriles de gasolina, entre otros. Estos últimos eran lanzados al agua para que la mano de obra nadara y los empujara hasta la orilla, desde donde luego se llevarían rodando hasta el pueblo. De eso se encargaban unos muchachos de unos dieciocho años. Al principio, Anderson quiso ir, pero luego ya no se atrevió. Ronnie, El Gallo y Maxi habían ya llevado pesados quintales de papas al camión, cuando le tocó el turno a Anderson. Recibió el suyo y se vio como flaqueaba. Iba caminando desde el muelle, se iba yendo de lado poco a poco…y toda la mara haciéndoselo mierda: “¡Uy, uy, se le cae! ¡Qué marica! No puede con un saco de papas” Y yo dije: “Si se cae a la playa, sí la va a cagar” Y ahí a saber de dónde sacó fuerzas, maje, y ya se niveló. Y toda la mara aplaudiéndole. Bien cagado de risa, maje…ya se le empezó a ver otro carácter al cerote.

Luego bajaron unas 100 o 200 bolsas de cemento, hierro, alambre y sodas.

Descargaron todo el día.

Por si lo necesitaban, ese día también hubo un poco de drama. Entre Maxi y Ronnie. Maxi estaba casi dando órdenes y les decía cosas como “Poné cara de vivo”. Y todos estábamos haciendo el mismo trabajo, maje. Se empezó a poner en esa actitud y yo “agarrala al suave, maje”, “No me estés hablando así”, “¿Cómo así pues, maje?”, “Come mierda”, “Come mierda vos, pendejo”, “¿Cómo que pendejo?”, “¿Y qué pasa, pues?”. Pero hasta ahí quedó. Luego ya no se dijeron nada.

El del ojo gacho no les quería pagar en ese momento. Ellos le dijeron que por lo menos les diera ese mismo día la mitad pues no tenían nada. Maxi dijo que a él se lo pagara todo después. “La otra semana les voy a pagar”, les dijo. No les pagó, así que lo empezaron a seguir. Todos los días le preguntaban y él les contestaba que aún no tenía la paga. Hasta que un día se le pegaron durante todo el día y no se le despegaron ni un solo momento. Así sí, molesto y sin poder zafarse, les pagó.

Descargaron ahí solo una vez más.

Cuando ya cumplían el mes, su parche tenía mucho producto, pero seguían sin vender nada.

Otro día en que los cuatro estaban en la plantación de bananos del hotel, vieron una gran iguana. Se preguntaron qué hacían, si se la comían. Empezaron a agarrar piedras. Ella los oyó y se metió en un arbusto. Rodearon el arbusto y, de repente, vieron a Maxi yéndose contra ella con un gran palo que resultó estar podrido y se le quebró. Eso la asustó y la hizo correr. Pero ellos lograron rodearla. Notaron que estaba lastimada de una pata y que, aun patojeando, se regresó al arbusto. Si creen que aquí va el momento en que se compadecen y cambian de opinión, lamento romperles el corazón porque no fue así. Agarraron más piedras y se las tiraron. Maxi le pegó con una gran piedra para rematarla. La amarraron de los pies y de la cola y la metieron al bolsón. Tenían comida para la cena y el almuerzo. El dueño del hotel les dijo que eran unos caníbales. En realidad se preocupaba por las iguanas que tenía en el jardín y que eran atractivo para los turistas. En todo caso, la esposa del cuidador la cocinó.

Anderson, para entonces tenía la costumbre de ir a pescar. Pero nunca atrapaba nada. Un día tuvo suerte y había capturado a unos cuatro pececitos que llevó al hotel. Su alegría no duró mucho cuando vio que la misma mujer del cuidador venía con un gran pescado en la mano y luego le contó que ella iba caminando, cuando vio una gran ola y, en medio de ella, venía el pescado. Cuando ella lo vió, lo agarró, lo golpeó y se lo llevó.

Un día, iban caminando tranquilamente fumando su purito. En la otra dirección, se acercaba una pareja. Tras ellos caminaba molesto un señor. “¿Eso es moño?” “Ah, sí, ¿quiere?”. Él dijo que sí y le dieron. Metió la cabeza dentro de su camisa para encenderlo. No pudo. Se lo encendieron ellos y lo dejaron fumar. Les dijo que estaba ahí por tres días y les pidió que le consiguieran moño para él. Les dio 20 mil pesos. Se comprometieron a llevársela en la noche. Ellos le consiguieron 10 mil en mercancía, a precio de 3 mil pesos (normalmente la vendían a 5 mil).

Moño

En la noche, Ronnie estaba junto al parche, cuando reconoció al señor viendo las artesanías. Ronnie y El Gallo le dieron su producto. El señor luego les invitó a cervezas, donde compartieron historias de viaje. Él les dijo que él también andaba viajando, con su hija que se había casado con ese “hijueputa”. Al terminar de beber, les preguntó cuáles eran las artesanías que ellos hacían. Junto a ellos, había parches enormes; pero él quería ver solo las cosas de ellos. Ronnie se puso ansioso y empezó a trabajar al señor. No sé si soy así todavía, como que muy ansioso…cuando quería vender, empezaba a hablar. “Yo los voy a ver”, le dijo él. Al final eligió tres piezas. Le salían como 30 mil pesos, pero les dio 40 mil. Se fue y al día siguiente prosiguió su viaje con la hija y el yerno.

Con ese dinero (más lo otro ahorrado) finalmente podían irse.

Ronnie y El Gallo fueron a comprarse pan dulce y unas arepas para celebrar.

Estaban decididos a hacer la caminata. Yo ya no quería estar ahí, yo ya quería ir a un semáforo. Ya teníamos como dos meses y medio de no tener nuestro propio dinero, de no comprar lo que vos quisieras.

Ronnie percibió que Maxi se incomodó porque no lo habían tomado en cuenta ni a él ni a Anderson en la decisión, especialmente cuando dijo “A pues nos vamos a quedar todavía más tiempo”.

¿Usted también nota la ironía? Se trataba de los dos que más peleaban en un inicio.

A pesar de eso, Ronnie y El Gallo decidieron mantener sus planes e irse al día siguiente.

Maxi y Anderson se quedaron, con la idea de estar una semana más, esperar un barco que quizá aceptaría su mano de obra con mayor facilidad, siendo menos. Así conseguirían el dinero necesario para irse y también para pagar una deuda que Anderson tenía con el dueño del hotel. Quedaron de verse dentro de una semana en Medellín. Se abrazaron y Ronnie y El Gallo se pusieron en camino.

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Era la primera vez que se separaban.

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