Ronnie 14: En Acandí

Ronnie y “El Gallo” pensaban que en dos días habrían recorrido el trayecto de Capurganá hasta Acandí.

Acandí

Antes de irse fueron a despedirse del tipo que estaba haciendo las puertas del hotel, quien se estaba quedando en una casa bien bonita con vista al mar. Al llegar, los invitó a una sopa de despedia. Les dijo que nunca dejaran de viajar, que es lo mejor que podían hacer, que nunca dejaran de hacer lo que les gustaba, “de cosas así…y de drogas, también. Fumamos…Nos despedimos….Yo me había hecho bien chero del maje porque también bailaba break…el maje tenía 30 años ya y, en sus tiempos, había bailado…A veces yo llegaba a la casa solo para tripear…y a veces es vergón hablar de cosas que se entienden…Era vergón porque nos entendíamos; en cambio con aquellos majes, yo a veces practicaba y nada…El maje me decía yo sé esto y nos poníamos a joder ahí”.

El tipo les contó que su madre tenía una casa en Medellín donde vivía con sus otros dos hijos. A la par de ese apartamento, había un cuarto que la señora podría alquilarles. Él además tallaba collares que, a veces, tenían caras. Antes de dejarlos ir, les entregó un collar para que se lo dieran a uno de sus hermanos, quien también parchaba en un parque de la exclusiva zona El Poblado. “En su mirada noté…ahuevo es para mi hermano, pero yo sé que vos te lo vas a agarrar. Y yo lo agarré, “ahí se lo voy a dar”. Y solo se me quedó viendo y se me quedó viendo como “si te lo agarras no hay problema”, algo así”.

Empezaron a caminar.

Caminaron y caminaron.

Dieron las cuatro de la tarde y aún no habían alcanzado ni la primera montaña. Se detuvieron a preguntar en una casa. La señora que ahí vivía les dijo que estaba lejos y aún tenían que pasar dos montañas, antes de llegar a un plan desde donde la llegada sería más fácil.

Siguieron con las mochilas a cuestas.

Llegaron a una casa con un jardín enorme en donde había un árbol de mangos. El dueño les comentó que recientemente había pasado un par que iba en la misma ruta que ellos con la intención de acampar. Les dijo que ya no les faltaba mucho para llegar y les ofreció mangos. Aunque habían estado comiendo eso desde hacía tanto, Ronnie pensó que no llevaban nada más. “Solo habíamos comprado mota…pues sí, era importante…el chef le regaló (a El Gallo) hachís, unas cuatro bolitas, dulce de panela… llevábamos agua y…solo eso llevábamos”. Con la tienda, el monociclo y, desde ese momento, los mangos, las mochilas se habían hecho más pesadas.

Yo pregunté cómo decidieron que ellos se llevaran la tienda. Ronnie dice que que los otros accedieron cuando ellos explicaron que la caminada requeriría acampar durante dos noches.

Después de otro rato de andar, Ronnie sacó unos mangos de la mochila y los dejó, solo se llevó un par en las manos.

En la loma, “era bien loco…igual que en Sapzurro vi figuras así tipo en un cuento de hadas, tipo en Capurganá cuando nos metíamos en la montaña a joder o a conseguir aguacates o mangos. Hubo una vez que en Capurganá, en una vereda, había un lugar tipo un mariposario…había una maitra dándose los rones, andaba bien a verga. Otra vez, el caleño nos llevó por una vereda… los bejucos formaban un túnel y en el túnel había como veraneras adornándolo… al final, había un círculo y en medio de ese círculo había un gran árbol que daba sombra y cabal todo el círculo estaba lleno de hojas secas…y abajo del árbol había una banca de madera… y el árbol había botado unas flores como rojas…alrededor todo eran árboles, todo espeso…cuando vi eso me dieron ganas de tener una cámara. Solo aquí lo tengo”, me dijo tocándose la cabeza.

Encontraron unas veredas que le parecían bien siniestras porque se miraba el camino claro y luego ya no se veía nada, todo estaba bien oscuro.

Iba oscureciendo cada vez más. Camino arriba se encontraron aún más lodo del que había en la ruta a Sapzurro. Se enlodaron los pies en ese camino resbaloso que eran aún más difícil a causa de las mochilas. “El monociclo ya lo llevaba y lo tiraba”. En la cima, montaron la tienda porque empezó a lloviznar.

Así pasaron esa noche rodeados de silencio. Ronnie pensaba en sus compañeros que se habían quedado y en qué venía después ya que ni siquiera conocían la ruta. Sus pensamientos se vieron interrumpidos con el fuerte zumbido de un animal fuera de la tienda; pero ninguno se atrevió a salir a ver qué era. Para pasar el tiempo decidieron leer “Un actor se prepara” de Konstantin Stanislavsky. Sí, yo también me pregunta quién anda llevando ese libro cuando andan mochileando. Ronnie era el dueño. Lo llevó al viaje a petición de Anderson, quien se había comprometido a cuidarlo durante todo el trayecto. Este compromiso se rompió en Costa Rica donde ya lo dejaba aventado. En Capurganá, Ronnie decidió llevárselo consigo. Comieron, leyeron y se durmieron.

Un actor se prepara

A la mañana siguiente continuaron bajando la loma. Se encontraron un árbol caído por debajo del cual tuvieron que pasar y seguir la interminable faena. Ahí estaba Ronnie otra vez tirando el pobre monociclo porque no había manera de pasar los obstáculos con él en la mano. Llegaron a una bifurcación junto al río. Se decidieron por una ruta bien hecha, creyendo que esta los llevaría hasta la segunda montaña; pero resultó siendo un camino a un potrero que había sido creado por las mismas vacas. Todas las vacas se les quedaron viendo fijamente, desconcertándolos. Bajaron con la idea de encontrar el camino detrás del potrero, espantándolas a todas. Al desperdigarse, dejaron ver un portón, hacia el cual se dirigieron ellos. Mientras pasaban, las vacas fueron acercándose una a una, despacito, ahora espantándolos a ellos. Aún así, pasaron y volvieron a ver el río. Eventualmente arribaron a una casa en donde estaba una señora con su hijo. Ella se asustó, así que se le presentaron como mochileros. Le preguntaron por la ruta y ella se las confirmó. Luego le pidieron agua y les dio. Después les dijo “Si les diera comida, ¿se la comerían?”. Le dijeron que sí, con entusiasmo. “¿Arroz y un pedacito de pollo está bien?” “Si usted quiere”, le dijo Ronnie. Así se comieron este desayuno/almuerzo acompañado hasta de un fresco, antes de proseguir su camino.

Estaban junto al río, donde se suponía que debían estar, pero no encontraban el dichoso segundo portón y cada vez se iban desesperando más. A pesar de la anchura del río, decidieron cruzarlo con todo y zapatos. Del otro lado hallaron a un hombre a caballo que les indicó hacia dónde debían dirigirse. Llegaron a la otra montaña. Aunque esta era menos alta que la anterior, subirla fue más difícil. Los senderos estaban más lodosos y los caminos eran más estrechos. A “El gallo” se le terminaron de romper los zapatos cuando estaban a punto de llegar a la cima. “Ahí el maje se emputó. A la gran puta, dijo. Aventó la tienda. Vale verga, dijo. Se quitó los zapatos y los aventó tri-emputado. Pero tri-emputado, cerote. Yo solo me le quedé viendo. No le dije nada”. Aunque andaba otro par de zapatos en la mochila, decidió terminar de subir descalzo. Llegaron al plan. Eran alrededor de las dos de la tarde.

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Estaban en el dichoso plano y solo podían ver frente a sí toda la ruta que faltaba por andar. Caminaban ahora más despacio aguantando el sol y sin ver ni un alma. Decidieron descansar a la sombra de un mango y comieron (otra vez) mangos. En eso apareció un caballo halando una carreta. A pesar de ser los únicos en toda la zona, empezaron a hacerle señas escandalosamente para que parara. En la carreta iba un señor con 3 niños que accedió a darles un aventón. Así, el pobre caballo viejo llevaba su carga, a cuatro seres y ahora dos mochileros con su respectivo equipaje. “Le pegaba al animal y, yo como venía con esa onda de la naturaleza, solo veía como le pegaba el hijueputa”.

En un hoyo con lodo se atascó una rueda de la carreta. El caballo intentaba sacarla con todas sus fuerzas, mientras el tipo le pegaba. Ellos, a pesar de la oposición del señor, se bajaron para empujar junto al mayor de los niños. Tenían más fuerza por haber chupado de su dulce de panela en el camino. Lograron que saliera la rueda y llegaron a otro potrero. Ahí ellos se pusieron a sobar al pobre caballo y a agradecerle por irlos llevando. Era un tramo bien largo. Aun sobre la carreta, tardaron alrededor de dos horas.

Alrededor de las 5:00 iban llegando a Acandí.

En Acandí, Ronnie tuvo la idea de ir a buscar la iglesia. “Es la casa del señor, viejo. No nos pueden decir que no no nos pueden dar chance”. Les costó decidirse, pero fueron. El padre les dio agua y se disculpó por no poder dejarlos acampar ahí; sin embargo, les dijo que no había problema si decidían ir y acampar en la playa. Le preguntaron si les permitía cocinar ahí su libra de arroz. El padre fue a consultar con la encargada de la cocina y, al volver, les dijo que ellos ya tenían arroz cocinado y los invitó a una comida de verdad.

Al salir se disponían a irse a acampar; pero decidieron primero probar suerte con los malabares. No sacaron mucho dinero.

Se fueron nuevamente al parque frente a la iglesia.

Estaban a media misa y decidieron esperar a que esta terminara. “Agarrémoslos así…mansos”. Decidieron usar un farol como su luz cenital. Cuando salió la gente de la iglesia, empezaron a gritar: “Atención…el circo…y les valió verga, maje. Solo nos vieron, ¡Ah, qué bonito! Y se fueron y nosotros jugando ahí en el cenital”. Guardaron sus cosas y se fueron a dormir.

cenital

Habían cerrado solo el zipper del mosquitero en su tienda. Se dieron cuenta de que fue mala idea cuando, de madrugada, Ronnie movió el pie, metiéndolo en el charco que se había formado dentro a causa de la inesperada lluvia que había caído. Su sleeping estaba empapado. “Mi sleeping era…era del duende, pero yo me lo quedé….era bien grueso y estaba algo viejo y más lo mojado, pesaba un vergo. Y yo no quería tener peso ya. Estaba harto, viejo, de andar cargando esa mochila durante todo ese rato”. Así que, en la mañana, Ronnie se dejó llevar por sus impulsos y decidió abandonarlo ahí.

Se fueron a comprar los boletos hacia Turbo que costaban 30 mil pesos.

Tomaron la lancha y Ronnie, en altamar, se decía a sí mismo que esa quizá esa sería la última vez que vería el mar en mucho tiempo, pensaba que era el principio de algo más y le angustiaba que ya llevaban mucho rato sin ver semáforo alguno.

End

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