La señora vigilante

Las semanas anteriores estuve yendo al mismo lugar. En uno de los últimos días, una de las vigilantes, a la que había saludado ya varias veces, me preguntó si yo tenía ascendencia árabe. Le dije que no podía darle una respuesta concreta. Soy uno de esos millones que no sabe si tiene un noveno de menonita o dieciseisavo de navajo; sin embargo, sí le recalqué que, orgullosamente, tengo sangre nonualca recorriendo mis venas. Luego hablamos de cómo la gente invisibiliza la sangre negra (y su influencia) existente en nuestra región para sentirse más cerca de lo blanquito europeizado (a pesar del color de la piel y la estatura de la mayoría de nuestra población). Le pregunté si su duda surgió por el tamaño de mi nariz y mi barba y me dijo que no, que era porque ella se reúne en la mezquita musulmana del centro (su preferida de entre las tres) y ahí van personas que se parecen a mí. Quizá el hecho de que yo lo tomara como algo de lo más normal, hizo que nuestra plática siguiera y cubriera más temas, incluso que está aprendiendo un poco de árabe.

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Me contó que creció en un terreno de un antiguo presidente de la república y era la hija del capataz. Ahí vio muchas injusticias. Vio cómo había familias de trabajadores que recibían un colón de aguinaldo, vio cómo su padre era regañado si mandaba a matar algunos chumpes para que comieran varios trabajadores y vio también a mujeres que perdieron a sus bebés mientras lavaban los sacos de café en el río, muy lejos de la asistencia médica. Me contó también que en esa zona había un hombre negro que le enseñaba a algunos niños a jugar fútbol, que a ella se le partía el alma cuando veía que, cada vez que la policía se cruzaba con él, le pegaba, simplemente por ser negro.

Ha hecho de todo, aprendió a hacer bisutería, piñatas y pasteles (si mal no recuerdo) y muchas otras cosas. Así le tocó después de ser despedida de su puesto de secretaria durante la administración de Francisco Flores, a pesar de estar contratada bajo ley de salarios. Sí, era sindicalista.

Me contó que sus tres hijos ya están grandes. Uno de ellos, el del medio, tiene que esperar de madrugada en el centro a que pase el microbús que recoge al personal. Ella siempre está rezando para que no le pase nada.

Se alegró mucho cuando beatificaron a monseñor Romero y aún no puede creer que hayamos llegado al nivel de violencia en el que estamos. Cree que la solución sería una amnistía para quienes quieran rehabilitarse y pena de muerte para el resto. Le parece inconcebible que un marero pueda vestirse de indigente para matar a un soldado. Sabe que los vigilantes también se van en la colada. “Pero yo no tengo miedo”, me dijo. Cree que, de llegar el momento, ella se llevaría por lo menos a uno con ella. “Sé disparar desde los seis años”, me contó. Su papá le enseñó a dispararle a los animales para que no se comieran las raíces de las piñas. A ella le daban lástima los animalitos; pero le explicaron que, sin las raíces, no habría piña para que comiera nadie.

Me dijo que no ganaba mucho; pero que, con lo que tenía, le bastaba, que los niños de su colonia la siguen y quieren estar en su casa. Ella, a veces, les prepara un pichel de limonada y los deja estar ahí.

Yo le dije que me alegraba porque, a pesar de todo lo que le ha tocado vivir, no le han quitado ese deseo de ayudar a otros (excluyendo su visión sobre la pena de muerte). Ella me contestó que sí, que ella sabe que nadie va a llegar a ayudarlo a uno, que a uno es a quien le toca salir adelante por sus propios medios y tratar de hacer lo mejor posible.

Por estas cosas a mí me alegra haber nacido aquí.

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