3096 días: blanco y negro

kAMPUSCH

 

…Entender al secuestrador es una enfermedad, ese fue el diagnóstico. La enfermedad recién descubierta se conoce desde entonces como “síndrome de Estocolmo”.

Hoy observo a veces la reacción alegre de los niños pequeños al reunirse con unos padres a los que no han visto en todo el día y que les hablan mal y a veces incluso tienen algún golpe reservado para ellos. Se podría decir que esos niños sufren un síndrome de Estocolmo. Aman a las personas con las que conviven y de las que dependen, aunque no reciban un buen trato de ellas.

Yo también era niña cuando comenzó mi cautiverio. El secuestrador me arrancó de mi mundo y me introdujo en el suyo. El hombre que me había secuestrado, que me había robado mi familia y mi identidad, se convirtió en mi familia. Yo no tenía otra salida que aceptarle como tal, y aprendí a alegrarme de lo positivo y dejar a un lado lo negativo. Como todo niño que crece en unas circunstancias familiares difíciles.

Al principio estaba sorprendida de que yo, como víctima, era capaz de hacer esa diferenciación, pero la sociedad en que había aterrizado después de mi secuestro no podía aceptar una mínima matización. No me permite ni reflexionar sobre una persona que durante ocho años y medio ha sido la única en mi vida. Hasta la insinuación de que echo de menos la oportunidad de superar el pasado provoca incomprensión.

Entretanto he aprendido que había idealizado un poco esta sociedad. Vivimos en un mundo en el que las mujeres son golpeadas y no pueden escapar de los hombres maltratadores aunque en teoría tengan las puertas abiertas. Una de cada cuatro mujeres es víctima de grave violencia. Una de cada dos sufre experiencias de abuso sexual a lo largo de su vida. Estos delitos están en todas partes, pueden tener lugar tras la puerta de cualquier casa de este país, todos los días, y casi nadie hace otra cosa que lamentarse encogiéndose de hombros.

Esta sociedad necesita criminales como Wolfgang Priklopil para ponerle rostro a la maldad que habita en ella y apartarla de sí. Necesita las imágenes de zulos escondidos en sótanos para no tener que mirar en las muchas casas y jardines en los que la violencia muestra su cara más burguesa. Utiliza a las víctimas de los casos más espectaculares, como yo, para librarse de la responsabilidad de las numerosas víctimas sin nombre, a las que no se ayuda…aunque ellas pidan ayuda.

Delitos como el que se cometió contra mí forman la estructura en blanco y negro de las categorías del bien y el mal en que se sustenta la sociedad. El secuestrador tiene que ser una bestia para que uno mismo pueda estar en el lado bueno. Hay que adornar su delito con fantasías sadomasoquistas y orgías salvajes hasta que no tenga nada que ver con la vida propia.

Y la víctima tiene que estar rota y seguir así para que funcione la externalización de la maldad. Una víctima que no asume ese papel personifica la contradicción en la sociedad. No se quiere ver eso. Habría que ocuparse de uno mismo.

Por eso provoco sin querer reacciones negativas en algunas personas. Quizá porque el secuestro y todo lo que me ha ocurrido causan efectos negativos. Como soy la única persona que queda a mano tras el suicidio del secuestrador, me atacan a mí. Sobre todo cuando quiero mover a la sociedad a reflexionar. A que piense que el criminal que me secuestró era también un ser humano. Una persona que vivía entre ellos. Los que escriben de forma anónima en internet descargan su odio directamente sobre mí. Es el odio de una sociedad a sí misma, una sociedad que debe preguntarse por qué permite algo así. Por qué algunas personas pueden llegar a hacer algo así sin que nadie se dé cuenta. Durante ocho años. Los que me entrevistan actúan de un modo más sutil: me convierten -a mí, la única persona que vivido ese cautiverio- por segunda vez en víctima con una pequeña expresión. Se limitan a decir: “Síndrome de Estocolmo”.

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