El diplomático y el asesino

Me tomé la libertad de traducir algunos párrafos de la nota “The diplomat and the Killer” que Raymond Bonner publicó en The Atlantic el 11 de febrero del año en curso. Los invito a que se asqueen conmigo y recuerden la frasecita mierda (porque no hay otra palabra) de que “no hay que reabrir viejas heridas“. Trata sobre los asesinatos de las cuatro monjas estadounidenses: Maura Clarke, Ita Ford, Dorothy Kazel y Jean Donovan.

Churchwomen

Desde entonces mucho ha salido a la luz sobre este evento crucial en la historia de las intervenciones de Estados Unidos en Centroamérica. Pero la historia completa de cómo uno de los oficiales más subalternos en la embajada de Estados Unidos en El Salvador encontró a los asesinos nunca ha sido contada. Es la historia del improbable vínculo entre un soldado salvadoreño con una conciencia culpable y un joven diplomático estadounidense con una conciencia ética. Así de diferentes como eran, ambos compartieron la disposición de arriesgar sus vidas en nombre de la justicia.

(El coronel Eldon) Cummings llevó al teniente salvadoreño, vestido con ropas de civil a la oficina de (H. Carl) Gettinger, lo presentó y salió. El teniente, al cual Gettinger describió como “cruel y vulgar con la cara aplastada de un boxeador”, empezó diciendo que la guerrilla había matado tanto a su padre como a su hermano y que él estaba jugando un rol en la guerra sucia. En una ocasión, dijo, los soldados bajo su comando habían detenido a tres “niños” sospechosos de ser simpatizantes de la guerrilla. Después de interrogarlos brevemente, el teniente pensó que deberían liberarlos, pero un sargento le dijo que no se habían reformado. El teniente ordenó ejecutarlos. Él también había matado varios hombres que pensó podrían atentar contra su propia vida.”Parecía querer sacarse mucho del pecho”, recordó Gettinger.

Después de expresar su disgusto por la izquierda, el teniente se descargó con igual desprecio por la derecha de El Salvador. El teniente, que nació en una familia de baja clase social, dijo que los oligarcas del país estaban usando a los militares para hacer su trabajo sucio. Los soldados deberían luchar para derrotar el comunismo,  no para enriquecer a los poderosos terratenientes, dijo.

Parte de la información compartida por la fuente, a quien llamaban “asesino”:

D'aubuiisson

Entre los comentarios más interesantes de la fuente están los que hizo sobre el asesinato del arzobispo Romero. Repitió lo que le había dicho a Poloff en Noviembre: el asesino de Romero era un exguardia viviendo actualmente en Ciudad Delgado. El mayor D’aubuisson planeó el asesinato durante una reunión con un grupo de simpatizantes. Los participantes echaron a suerte el “derecho” de matar al prelado. (ENLACE)

 

Dos semanas después de que H. Carl Gettinger conociera al teniente, el 2 de diciembre de 1980, las monjas de la Sociedad Maryknoll Maura Clarke (49) e Ita Ford (40) regresaban de una conferencia de su sociedad en Nicaragua, donde la guerrilla de la izquierda recientemente había derrocado al presidente Anastasio Somoza y su dictadura apoyada por los Estados Unidos. Fueron recibidas en el aeropuerto poco después de las 6 de la tarde por las dos mujeres que habían cenado con el embajador Robert White la noche anterior, Dorothy Kazel (41) y Jean Donovan (27), una misionera comprometida en matrimonio.

Al día siguiente, la carrocería quemada de su minivan blanca marca Toyota se encontró a unos 8 kilómetros del aeropuerto. El 4 de diciembre, el vicario de San Vicente llamó a la embajada de Estados Unidos para reportar que los cuerpos de las cuatro mujeres se habían descubierto cerca del aeropuerto. Cuando White oyó esto, corrió al lugar.

 

Robert White

“Miré cómo sacaban los cuerpos de la tierra”, recordó muchos años después. Le preguntó al clérigo del pueblo qué había pasado. “Fue sorprendemente franco”, dijo White. El clérigo le dijo que los escuadrones de la muerte usaban el área como botadero, que los habitantes habían oído gritos la noche anterior y que “fueron los militares quienes lo hicieron”.

La administración Reagan no quería oír que el ejército salvadoreño había matado a las monjas. Poco después del incidente, una de las principales consejeras de política exterior de Reagan, Jeane Kirkpatrick, le dijo a un reportero del Tampa Tribune, “Las monjas no eran solo monjas. Las monjas eran también activistas políticas”. No paró ahí: “Eran activistas políticas a nombre del Frente”. Cuando le preguntaron si el gobierno estaba involucrado, Kirkpatrick dijo: “La respuesta es inequívoca: No. No creo que el gobierno sea responsable”. Kirkpatrick, quien se convirtió en embajadora de Reagan ante las Naciones Unidas fue una arquitecta protagonista de la política de la administración Reagan en El Salvador y Centroamérica. Ella aducía que los Estados Unidos deberían apoyar regímenes “autoritarios” mientras fueran pro-Estados Unidos. (Kirpatrick murió en 2006).

Jeane Kirkpatrick

Kirpatrick, que debe estar pasándola genial en uno de los círculos del infierno.

 

(Gettinger) acudió a “Asesino”, el teniente de la Guardia Nacional. “Él era el más valioso de los contactos, un hombre malo con conciencia y los medios para conseguir información”, según Gettinger.

Eventualmente, Gettinger lo persuadió. El teniente dijo: “Ustedes están ayudándonos a golpear a estos guerrilleros que mataron a mi padre y hermano. ¿Y qué hacemos? Matamos a sus mujeres”.

Cuando el embajador White fue a Washington para la investidura de Reagan, fue llamado al Departamento de Estado por el nuevo Secretario de Estado, Alexander Haig, un general de cuatro estrellas retirado. Haig le dijo a White que quería que, cuando regresara a El Salvador, enviara un cable diciendo que el gobierno salvadoreño estaba haciendo progresos en su investigación de los asesinatos. “Bueno, señor Secretario -dijo White- eso no será posible porque el ejército salvadoreño mató a esas mujeres y la idea de que ellos vayan a investigar sus propios crímenes de forma seria es simplemente una ilusión”.

Haig estaba furioso. Quitó a White de embajador y lo sacó del servicio diplomático, una acción rara contra un diplomático de carrera.

Muchas semanas después, a mitad de Marzo, Haig buscó absolver al ejército salvadoreño. “Quizá el vehículo en el que viajaban las monjas podría haberse encontrado con una barricada…y habría habido un fuego cruzado”, dijo durante su testimonio ante el Comité de Asuntos Externos de la Cámara de Representantes. (Haig murió en 2010).

Alexander Haig sensual sobre escritorio

Haig. ¿Ven cómo todos estos viejos aguantan mil años y se mueren sin haber respondido por sus actos?

Después del despido de White, (Mark) Dion le dio a Gettinger su carro a prueba de balas, junto a un chofer y un guardia de seguridad para reunirse con “Asesino”. El domingo de ramos, Gettinger partió. El teniente mandó su propio equipo de seguridad para encontrarlos a medio camino y llevarlos a la base. Gettinger estaba intranquilo cuando apareció la seguridad de “Asesino”, hombres con ropas de civil con pañoletas y cartucheras, montados en un pick up. Un clásico escuadrón de la muerte.

En la base, el teniente llevó a Gettinger a su cuchitril y le susurró por miedo a que lo escucharan los soldados en las barracas. Escribió un nombre en un pedazo de papel, “Colindres Aleman”, y se lo dio a Gettinger. “Ese es el hombre que quiere”. El sub-sargento Luis Antonio Colindres Alemán, dijo, fue el líder de la operación de las monjas.

“Asesino” luego grabó una conversación con Colindres Aleman.

Colindres Aleman le dijo al teniente que otros cinco soldados estuvieron involucrados en el operativo y le dio sus nombres (Luego se descubrió que los hombres, usando ropas civiles, habían manipulado el tráfico en un retén y capturaron a las mujeres ahí). Admitió asesinar a las mujeres en un área remota, pero no mencionó haberlas violado. Las mujeres cargaban $48 dólares, dijo Colindres Aleman. Él se quedó con $12.

Colindres Aleman detalló considerablemente cómo el mayor Lizandro Zepeda Velasco, el oficial investigador de la Guardia Nacional, había intentado cubrir el crimen. Colindres Aleman dijo que admitió ser responsable ante Zepeda, quien tomó declaraciones de algunos de los hombres y les indicó que no sabían nada de los asesinatos y les dio nuevos rifles. Los rifles usados en el crimen se pusieron luego en un lugar secreto.

Un día después de que Frederic Chapin (que cubría el puesto de White) le diera los nombres a Duarte, el Ministro de Defensa José Guillermo García llamó al jefe de la embajada. Los seis individuos identificados por el teniente habían sido arrestados. Sus huellas serían enviadas al FBI. El embajador de Estados Unidos pidió acceso a sus armas. El agente especial del FBI Stanley Pimentel y un oficial de seguridad de la Embajada confrontaron a Carlos Eugenio Vides Casanova, director de la Guardia Nacional. Le dijeron que la Embajada se había enterado a través de una fuente sin nombre que él había ordenado que se cambiaran las armas. Vides Casanova estaba “totalmente disgustado porque lo habíamos atrapado en su mentira, en esta acción y, por supuesto, se puso furioso”, recordó Pimentel. (García y Vides Casanova lograron emigrar a los Estados Unidos a finales de los ochenta. La administración Obama inició procesos de deportación en su contra y jueces de migración concluyeron en diferentes audiencias que ambos hombres habían “ayudado o participado de otra forma” en intentos de cubrir el asesinato de las monjas. Ambos han sido deportados a El Salvador).

Carlos Eugenio Vides Casanova

No se angustie. Ambos seguramente morirán aquí plácidamente mientras muchos seguirán haciéndose de la vista gorda ante sus crímenes.

Cuando declararon culpables a los hombres por todos los cargos. “Todo lo que podía hacer para no saltar de mi silla fue levantar mi puño y decir ¡Sí!”, recordó Gettinger. Para entonces, él estaba trabajando el tema de El Salvador en el Departamento de Estado en Washington y había regresado para el juicio. Las lágrimas corrieron por su rostro. (Los hombres fueron sentenciados a 30 años de prisión pero fueron liberados a finales de los noventa, cuando el gobierno salvadoreño necesitaba espacio en la cárcel para hombres jóvenes encarcelados cuando la guerra de las pandillas plagó al país). Un día después del juicio, el congreso aumentó la ayuda militar para El Salvador.

 

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Nota mía: Porque por supuesto que algo así pasaría en un país como el nuestro.

Gettinger cree que el teniente fue asesinado a inicios de los noventa, momento en el cual ya había dejado el ejército y estaba a cargo de un servicio de buses. En 1998, un diplomático estadounidense transmitió la historia a Gettinger: un día detuvieron en la carretera al bus que manejaba el exoficial. No está claro si fueron guerrilleros o soldados. “Asesino” no era quien iba a irse sin dar pelea y salió con sus armas. Perdió.

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