Chernóbil: Acerca de viejas profecías

En 1997 Svetlana Alexiévich publicó el libro “Voces de Chernóbil“. Este año es de las novedades que encontré en la Librería La Ceiba que, por un rato, pensó en variar la oferta de vampiros, jóvenes adultos y superación Coelhiana.

El libro estaba demasiado caro para mis actuales bolsillos. Por suerte, lo encontré en la feria del libro del CCCL y estoy leyéndolo ya.

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Ayer, en una oficina con aire acondicionado, pensando en la inutilidad de la existencia humana, me encontré con una historia de donde sale el fragmento que hoy les comparto, que me recordó que hay verdaderos problemas y que quizá no haya nada más desgarrador que ser una madre pobre.

Mi niña… Mi niña no es como los demás. Y cuando crezca me preguntará: “¿Por qué no soy como el resto?”
Cuando nació… No era un bebé, sino un saquito vivo, cosido por todos lados, sin una rendija, solo con los ojos abiertos. En la cartilla médica hay escrito: “Niña, nacida con una patología compleja múltiple: aplasia del ano, aplasia de la vulva, aplasia del riñón izquierdo”. Así suena en lenguaje médico, pero en palabras normales es: sin pipí, sin culito y con un solo riñón.
La llevé a operar al día siguiente, al segundo día de haber nacido. Abrió los ojos, hasta pareció sonreír, aunque al principio pensé que quería llorar. ¡Dios bendito, había sonreído! Los niños como ella no viven, se mueren enseguida. Ella no murió, porque la quiero.
En cuatro años, cuatro operaciones. Es el único niño en Belarús que ha sobrevivido con una patología tan compleja. La quiero mucho. [Se queda callada.]
(…)
Cuente a todo el mundo lo de mi niña. Escríbalo. A los cuatro años canta, baila y recita versos de memoria. Tiene un desarrollo intelectual normal, no se distingue en nada de los demás niños, solo que juega a otros juegos. No juega a las “compras”, ni a la “escuela”, sino que juega con sus muñecas al “hospital”, les pone inyecciones, les coloca el termómetro, les prescribe un gota a gota: la muñeca se le muere y ella la cubre con una sábana blanca.
Ya van para cuatro años que vivimos con ella en el hospital; no se la puede dejar allí sola, tampoco sabe que lo normal es vivir en casa. Cuando me la llevo por un mes o dos a casa, la niña me pregunta: “¿Volveremos pronto al hospital?”. Allí están sus amigos, allí viven y crecen.
Le han hecho un culito. Le están formando una vulva. Después de la última operación, se le detuvo del todo la emisión de orina, no consiguieron colocarle el catéter; para eso aún le hacen falta varias operaciones. Pero nos aconsejan que, en adelante, la intervengan en el extranjero. ¿De dónde vamos a sacar las decenas de miles de dólares, dígame, si mi marido gana 120 dólares al mes?
(…)

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