La solidaridad con la juventud salvadoreña

Leí el documento “Entre fronteras. Un estudio exploratorio sobre diversidad sexual y movilidad en la frontera sur de México“.

En él, personas LGBTQ del triángulo norte (Guatemala, Honduras y El Salvador) y de México cuentan su experiencia movilizándose por la violencia en general y por la violencia específicamente dirigida a ellas por su orientación o identidad sexual.

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A pesar de que tiene muchísimos errores tipográficos y de redacción, le recomiendo darle una ojeada. Yo quise traer unos fragmentos de jóvenes de nuestro país para tener presentes en este mes en que varios gustan de pintarse de azul y blanco y se llenan la boca de nacionalismo, sin pensar en las cosas terribles que viven nuestros mismos compatriotas en nuestro terruño o promoviéndolas por no querer analizar prejuicios engranados en nuestros organismos.

El primer caso no especifica dónde ocurrió. El segundo es en Guatemala. Los demás sí son testimonios de personas salvadoreñas:

Cuando Samy tenía 10 años(,) su familia se fue a vivir a la ciudad. Dos años después, y no antes de haber sufrido una violenta violación, es echado a la calle cuando confiesa a su (mamá) que es gay. A (los) 12 años, en la calle y con apenas una mochilita con tres mudadas y un par de zapatos (“¡lo demás no lo toque, de aquí usted no me va a sacar nada!”): “Dios mío! pensé. “¿Qué hago? ¿Dónde estoy?” Recordé que tenía una amiga que por cierto era prostituta. Ese día por casualidad de la vida, me la encontré y me dice – “¿Amor cómo estás?(“) – “me acaban de echar de mi casa”, – “¡vente vieja!”, me dijo, y me llevó para el burdel. Yo de 12 años, trabajando”.

Samy cuenta más adelante:

“Yo estaba en una esquina y estaba sola, y se paró la patrulla. Andaban cuatro y me empezaron a quitar la cartera(,) a quitar todo lo que cargaba, y uno de ellos me (agarró) a la fuerza y yo le gritaba (…) que por qué me hacían eso y me pegaron y me rompieron todo. De ahí me voy para la policía a poner una denuncia, pero fue un pleito ahí en la policía, y de ahí me voy para la fiscalía, en la fiscalía puse otra. Luego un amigo me dijo que… porque él está oculto en la policía y me dijo “si puedes, vete porque si no te van a matar”. Y yo “Dios mío”, porque era pleno 24 [de diciembre] y yo estaba con mi familia y de repente empiezo a llorar. Me despedí y el 25 me fui”.

(…)

Tanía (sic), por ejemplo, relató: “…mi amigo [nombre] nunca se me olvida. Estaba yo adolescente y me acuerdo que le pegaron bien feo, su hermano lo dejó horriblemente golpeadísimo, espantosamente mal. Mi mamá, mi amiga, yo y otra señora lo llevamos al hospital y todo, y él me decía que cómo le hubiera gustado tener una mamá como la mía, que lo quiera y que lo acepte tal y como es”.

(…)

(Tania) tuvo muchos problemas en (su) familia por ser gay y travesti, tanto que llegó al punto de pensar en suicidarse: “habían muchos problemas al principio, por mi hermana, te digo que no me aceptó al principio y tenía primos que igual no me aceptaban. Tengo un tío que trabaja en Guatemala en la Marina y él me decía que si algún día me miraba con alguien, que él me iba a matar, entonces yo decía que si me mato o me muero, se acaban todos los problemas…”

(…)

“¡Yo no quería ser estilista! Yo quería ser abogada. Y de hecho yo (dejé) mis estudios cuando yo tenía 13 años, ¡y los retomé cuando tenía 37 años! Hice séptimo a noveno en la nocturna, hice a distancia mi bachillerato, (e) hice dos años de ley en la universidad. Nos inscribimos un grupo de mujeres trans en una universidad privada, porque en la nacional nos negaron la entrada, hicimos una demanda y todo y nos mandan a una privada, pero con un montón de cosas – de obstáculos que tuvimos que pasar, que el maestro que teníamos nos dijo siempre que habíamos equivocado de carrera, cosas así. Tuvimos que esforzarnos más que los demás. Yo estaba cursando cuarto ciclo de leyes cuando me vine para acá”.

Paty Hernández

Mujer transgénero, activista, salvadoreña refugiada en EEUU.

“…He vivido agresiones en mi familia, he sido expuesto y expulsado de una iglesia en medio culto, fui objeto de burlas en la universidad (un docente me pidió que quitara mi camisa después de un mes de haberme operado y extraído mis glándulas mamarias), he sido envenenado por un compañero de trabajo, agredido por un pandillero, agredido por un policía, agredido (en menor medida) por un soldado. Sin mencionar que los trabajos que me ofrecieron en los últimos años solo llegaban a salario mínimo”.

Carlos 22 años, salvadoreño

“…Yo con mi pareja vivíamos en una zona bien conflictiva. Un día salió a la tienda y ahí hubo una balacera, o sea así vivíamos. Y a eso se le sumaba que un grupo de policías ya nos tenían como vigilados, ya en la calle nos paraban, nos revisaban. Ya fue que un días nos dijeron que en El Salvador no se permitía tanta “culerada”, y que nos iban a desaparecer y todo eso, entonces pues ya por esa razón decidimos salir,  para otro departamento de El Salvador, pero allá estaban las pandillas de donde nos mudamos, entonces veníamos como de mal, para peor…”

Max 27 años, salvadoreño

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Suponer que solo las personas cuya identidad de género u orientación sexual sea identificable a primera vista sean objeto de discriminación y persecución sobresimplifica las complejas circunstancias sociales y familiares que se viven. (…) el hecho que no todos (sepan), no quiere decir que nadie sabe; el hecho de emplear estrategias de “invisibilidad” no quiere decir que estas dan siempre protección.

“…Ellos querían ver pruebas de tales agresiones, testigos y qué tipo de agresiones. Bueno en mi caso me golpearon y me amenazaron muchas veces, hasta el punto donde andaban por mi casa vigilándome y hasta la escuela, y pues yo no salía y me dio miedo porque ya me habían amenazado, y por la golpiza que me dieron, bueno no fue una sino varias y pues (…) fue lo que me (obligó) a salir. Pero (en la Comisión Mexicana de Ayuda a Refugiados, COMAR) me dijeron que ¿por qué me agredían si yo no parezco gay? ¡Eso fue lo que me dijeron! Y que las amenazas habían sido por otra razón, eso me dijeron y que yo les ocultaba algo y que por la razón de que era gay no me amenazaban! ¡Y (quién) los saca de eso! Y me dijeron que podía buscar otra ciudad en mi país y que así se resolvería el problema […] Mi caso de asilo fue rechazado y sí me dieron visa humanitaria por que no acepté mi deportación”.

Fredy 19 años, salvadoreño.

(…)

Se observaron casos de adolescentes que recibieron este permiso acorde a la Ley de Migración al no ser (otorgada) la condición de refugiado, y varios casos de personas que recibieron un permiso para permanecer temporalmente en México por haber sido víctima de un delito grave en México.

Esta última aplicación del permiso ha creado la lamentable y perversa situación en la cual delitos sumamente graves y violentos se “celebran”, al convertirse en una salida jurídica para la regularización.

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(Carlos, el mencionado arriba) batalló mucho para encontrar un trabajo estable, lo más que pudo conseguir fue un trabajo de algunos días de albañil, y otro trabajo de venta por comisión, pero ninguno que le permitió cubrir sus gastos, y tuvo que seguir en el albergue donde le dieron la oportunidad de quedarse más tiempo mientras veía su caso en COMAR. Después de salir del albergue e ir a hospedarse un tiempo con alguien que había conocido ahí, retomó una idea que había tenido como último recurso desde tiempo atrás: entregarse en la estación migratoria, con tal de no ser una carga para las demás personas y ahí esperar la resolución de su caso en COMAR, aunque fuera bajo llave. Sin embargo, cuando llegó a la estación migratoria le negaron la entrada: cupo lleno. Sintió que había agotado cada recurso aquí en México, y concluyó: “no puedo estar acá, pero no puedo irme más allá. Me tengo que regresar”.

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