El libro del banco

El otro día, por razones ajenas a mi persona, tuve que abrir una cuenta en el Banco agrícola, el banco oficial de Satán. Como andaba haciendo otras cosas y no tengo amigos, andaba llevando mi libro que aún no termino, “Voces de Chernóbil“. La señora ejecutiva de ventas lo notó y dejó su tono falso banquero para decirme “Se ve que le gusta leer”. Yo no sabía cómo comportarme ante una señal genuina de humanidad en ese lugar, así que debo haberle dado uno de esos “sí” acompañados de una sonrisa estúpida. Eso le dio pie para contarme que su hija adolescente también gusta de leer, que siempre está pegada a su teléfono leyendo sus novelas. Pude concluir que se trataba de cochinadas como “twilight”, “the maze runner” o “After” porque me dijo que ella le ha comprado libros que ella solo deja tirados. “Y a usted le gustaría que leyera algo de más sustancia”, dije yo. “Sí”, confirmó ella. Me preguntó que si siempre disfruté de leer y le fui honesto, le dije que no. Le dije que empecé a leer por placer hasta que ya estaba en la universidad. No le dije que fue para tener un refugio que me permitiera mantenerme a distancia del resto de mis compañeros, porque ella no querría una vida de misantropía para su hija adolescente.

Le recomendé algunos para que no le dé terapia de choque.

Luego retomó su tono falso y frío banqueril para preguntarme que con cuánto iba a abrir la cuenta.

Ya no éramos amigochos.

cashier

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