Lecturas para finalizar el 2016

En mis tempranos 30s ya hay cosas que acepto sin mayores conflictos: he sobresalido en una que otra cosa; en otras, he fracasado y ya no las intentaré y, en la mayor parte, soy simplemente promedio. No sé si sea una cosa generacional, pero -a diferencia de muchos jóvenes de hoy- yo no aprendí a soñar con imposibles o a usar términos como “mi carrera” para referirme a lo que hago. No soy una persona rica ni que busca lujos, pero tampoco soy un hippie y reconozco que no vivo en “la más paupérrima pobreza”, como diría Francisco Flores (que Sai Baba lo tenga en su gloria). Como no tengo hijos (y no sé si los tendré), todavía puedo darme el lujo de reflexionar, tener un blog (gracias a mi acceso a internet residencial) y puedo también huir a la playa en navidad. Escapé de los convencionalismos y de las expectativas navideñas nunca satisfechas.

Ahí pude darme el lujo de leer tranquilamente las historias publicadas hace dos domingos en “Séptimo Sentido“. Me hicieron desear que sí le estén pagando a tiempo a las y los periodistas porque las historias publicadas eran bien interesantes y tocaron mi ser.

En un 2016 que nos deja muchos artistas muertos, bancos sospechosos aún operando y expresidentes corruptos viviendo en el paraíso (ya sea fiscal, centroamericano o de Sai Baba), los invito a darle una leída a estos artículos sobre gente real.

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El primero trata sobre niños migrantes persiguiendo sus estudios en Estados Unidos:

Ese reportaje me conflictúa por varias cosas. La principal es que Univisión decidió hacer un concurso de popularidad del deseo de estos jóvenes por estudiar. Después de haber preseleccionado a unos cuantos sobresalientes, decidieron que a lo HUNGER GAMES, quien obtendría una beca para ir a la universidad, sería el que tuviera más likes. Acá, el salvadoreño protagonista (Andrés Salinas) tiene su final feliz y la gana, pero ¿qué pasa con el resto de candidatos (entre ellos también salvadoreños) que no fueron tan populares en las redes? ¿Qué tal que no eran fotogénicos o carismáticos? Es sumamente injusto que así se escriba su destino.
No solo es una situación jodida para los no elegidos, sino también para el pobre Andrés porque termina en una posición bien complicada: tiene que cumplir con el rol que otros le han dado. Debe cumplir el papel del que logra el “sueño americano”, ser “la historia de éxito” y satisfacer expectativas ajenas porque “la gente votó por él” y debe terminar la carrera de Seguridad cibernética, conseguir el mejor trabajo y validarse porque ¿y si alguno de los otros candidatos le hubiera sacado mejor provecho?
Quizá estoy proyectando mis propias inseguridades y miedo a las expectativas ajenas o quizá conecte con el rechazo que me provocan las visiones que el primer mundo suele tener de lo latino. Para ponerlo en contexto, en alguna ocasión conocí a un voluntario inglés que estaba desconcertado después de haber conocido las champitas donde vivían sus contrapartes salvadoreñas. No lo entendía. “Ellas se ven bien limpias”, dijo. No cabía en su mente que alguien pobre no vistiera como él se imaginaba la pobreza o que ellas se vieran obligadas por nuestra sociedad a vestirse de manera que maquillara su realidad.
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Pero regresemos a los otros reportajes. Ahora tenemos la historia del pobre hombre que, sin apoyo de SECULTURA o de las casas de la cultura, decidió postergar su carrera profesional y apostarle a la formación musical de niñas y niños en una de las zonas más violentas del país, San Pedro Perulapán:
Finalizo esta invitación a la lectura con el reportaje sobre la rehabilitación de menores infractores:
Aquí, el psicólogo Boia Efraime, que ha trabajado en Mozambique, dice: “en un mundo que se muestra demasiado inseguro para un niño, ser miembro de una fuerza violenta es mucho más atractivo que no serlo, pues se siente protegido por la fuerza a la que pertenece”. Luego se nos dice que “es mucho más sencillo crearle un plan de vida a una jovencita que a un varón, y que los casos más exitosos de reinserción son aquellos en que la muchacha, tras su reclusión, no vuelve al sitio donde vivía antes. El proceso es incluso más completo para aquellas que abandonan el país”.
Y quizá sea más apropiado terminar con una frase usada por los padres de Andrés para él y sus hermanos:
“Todos sus amigos son americanos, pero siempre les mantenemos en su mente que aunque vivimos aquí, nosotros no tenemos los mismos beneficios. Yo les digo: un muchacho de aquí hace una estupidez y paga una multa, pero ustedes hacen la misma estupidez y nos mandan para El Salvador”.
El mundo es injusto y desigual. Hay que reconocer esa realidad para pensar en qué hacemos al respecto, cómo mejorar de a poco la sociedad, buscar el beneficio de las futuras generaciones, incluso de los hijos de las personas que hoy se rehusan a buscar estrategias nuevas para lidiar con los problemas que vivimos, de las que no tienen empatía y juzgan desde su situación privilegiada y de las que no dudarían en condenarlo a usted o a mí por no vivir como ellas creen que usted debería hacerlo.
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