Por supuesto que yo no trabajo en un Call Center

El título es sarcasmo (¿o “Click bait“?) porque, aunque no haga llamadas, yo sí siento que trabajo en un call center.

Voy a empezar en orden. Desde hace casi un año empecé a trabajar en la que, para efectos de este post, será una empresa parecida a una agencia de viajes, digamos para animales. Yo soy uno de los que se encarga de enviar su mascota cara desde Europa al otro lado del mundo en aviones especializados para ello. Llamaremos a esta empresa Williamson Sheraton.

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Cuando apliqué a este trabajo, todo mostraba el puesto como un trabajo de asistencia administrativa. ¡ERROR! Mi primer día fue de varias emociones: conocí el edificio (porque mi entrevista fue en otro lado y mi aplicación super sofisticada en línea) y, al subir y ver el mar de gente en sus cubículos, me entraron ganas de llorar (Spoiler alert: lloré en el almuerzo y lloré al final del día. Volví a llorar al tercer día cuando vi las “dinámicas de integración” y volvería a llorar a moco tendido varios meses después cuando nos pusieron de supervisor a quien no había mostrado capacidad para corregir nada).

Alguna vez leí un comentario en Disqus -nido de la inteligencia, filosofía y reflexión analítica salvadoreña- que decía que la gente era haragana porque, si estudiaba y se esforzaba, lograba salir adelante. Alimenté al troll contestándole que qué bonito era vivir en su burbujita donde no había licenciados o jóvenes con maestría trabajando en call centers.

¿Debería explayarme en mi comentario sobre los call centers?

Lo voy a hacer por si entra aquí algún jovencito a quien le entusiasme la idea de trabajar ahí.

Claro que todos necesitamos comer, pero es falsa esa idea de que es un trabajo “cool” donde desarrollarse, donde ponen la “F” en “FUN” y más bien el “FUN” en “FUNERAL”. Los horarios son muy malos e impactan negativamente en el cuerpo de los humanos. Las jornadas de siete horas y media son para burlar al sistema y no tener que dar hora de almuerzo y, en cambio, presentarse como “buenos” al dar veinte minutos para comer cualquier cosa (probablemente comida chatarra de alguna compañía que les da descuentos a los trabajadores, con el mero objeto de asegurarle más ganancias al amigo CEO) y contados minutos para ir al baño. ¿No es horrible vivir en una época en donde que te cuenten los minutos para hacer tus necesidades fisiológicas no indigne automáticamente a todo el mundo?

Si quiere, puede tomarse una pausa aquí, antes de regresar a mi propia experiencia en el no call center.

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Espero que haya disfrutado tomándose algo o yendo al baño sin que nadie le contara cuánto tiempo se tardó.

Antes de llegar a mi agencia de viajes, ya estaba decepcionado por el salario que me iban a pagar (el cual está prohibido discutir entre compañeros). Luego vinieron las decepciones in situ. Aunque uno no tuviera espacio asignado en el parqueo trasero, igual tenía que darle la vuelta al edificio y entrar por el acceso trasero. Solo los gerentes podían entrar por el frente. Tampoco podíamos pasar por la parte de adelante del edificio…por los clientes…cuando el 98% del tiempo no llega nadie y casi todos los clientes están en Europa y Estados Unidos. #Lógica

El edificio de mi agencia de viajes es bonito. Pero eso, realmente, solo hace todo más triste y engañoso. Yo siempre pensé que debíamos trabajar en un búnker húmedo y mohoso que hiciera juego con cómo nos sentíamos. El edificio tiene su propia cafetería en el sótano. En esa cafetería también hay reglas: está prohibido meter bolsas plásticas en la refri. Solo recipientes. Porque la empresa es ecoamigable. Aunque no se separe la basura biodegradable, aunque enciendan todos los aires acondicionados al mismo tiempo en el recién abierto turno nocturno donde solo hay 7 personas, aunque las opciones en la generosa vending machine no sean saludables, la empresa es ecoamigable.

Hablemos del aire acondicionado. De la maravillosa idea que alguien tuvo al diseñar ese edificio e instalar esos aparatos. Recientemente las reglas se han “flexibilizado”, pero cuando estaba prohibido abrir las ventanas y uno temprano tenía que estar sin ellos encendidos, moría de calor y aguantaba ese viciado aire. Luego ya encendidos, uno moría de frío. Lo del frío todavía es así. Pero qué importa. Al final solo se trata del sufrimiento de empleados (que han siempre de dar la “extra milla” y demás clichés empresariales lanzados a diestra y siniestra).

Cuando mi grupo empezó a trabajar ahí, recibimos varias charlas de distintos departamentos. Uno de los empleados (el típico encargado de sistemas que odia a todo y todos) empezó su charla diciendo “a los que vienen de call centers, ¡felicidades! Son libres”. Qué horrible. Qué horrible cuando tu perspectiva de lo “feliz” y “aceptable” haya logrado deformarse tanto hasta ver esto como “libertad”. Cuando hubo una siguiente tanda de nuevos y me preguntaron si yo antes había trabajado en call center, les dije “No. Este es mi primero”.

Lo tacaña que la empresa Williamson puede llegar a ser nunca fue más evidente como en la fiesta navideña (a la cual, por supuesto, no fui).

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Mis compañeros esperaban que los regalos navideños fueran tan generosos como el año anterior. Pero yo, con los pocos meses que llevaba hasta entonces, ya sabía que no debía esperar nada. Los regalos para los empleados los consiguieron a través de los proveedores de la empresa. Así, una de mis compañeras ganó en una de las rifas una dotación de papel higiénico y papel toalla. Esto es en serio. La cena fue fea y se sirvió tarde. Uno de mis compañeros se fue antes de que la sirvieran porque ya no aguantaba. Los que no fuimos tuvimos la oportunidad de experimentar su generosidad también. Todos recibimos una agenda y tres boletos para ir al cine. La agenda de mi supervisora tenía unas páginas al revés.

Para esa época yo ya estaba acostumbrado a morir de calor y de frío, a ignorar cuando el sol me diera en la cara, a pedirle a la que tenía el control remoto del aire que -bajo de agua- le subiera un par de grados a la temperatura, a los cubículos ahora más reducidos para acomodar a nuevos empleados, a tener que revisar mi correo personal bajo de agua por esa ley no escrita de que no debía hacer eso aunque ya hubiera hecho (BIEN) mi trabajo, a escuchar las historias de las llantas pinchadas y carros rayados afuera del edificio sin que a ningún superior se le ocurriera denunciar o poner a trabajar a los vigilantes, a oír las historias de cómo nuestra gerente era pesada con mis compañeras mujeres, a recibir respuestas displicentes de parte del jefe de atención al cliente en “Francia”. Pero luego vendrían más cosas porque por supuesto que sí.

Descubrí que, como sospechaba, alrededor de diciembre y año nuevo, se mueven más mascotas. Todo el mundo quiere regalar mascotas o llevarlas en sus exóticas vacaciones. Así que había más por hacer. ¿Importó eso? No. La misma cantidad de personas se encargaba de este trabajo aumentado y, además, tenía que pasar por el proceso de evaluación anual, proceso fastidioso que toma alrededor de una hora y que requiere contestar preguntas como cómo te ves en la empresa a futuro y demás interrogantes de distinto tiempo, obviamente diseñadas en un escritorio europeo.

Por estas épocas, dados los múltiples beneficios recibidos, se nos pidió el favor de ayudar a subir el garrafón de agua cristal a la segunda planta y ponerlos en el oasis. Pero fueron buena onda. Se planificó que nos repartiéramos esta obligación entre los hombres de distintos departamentos. Cuando se redujeron los tamaños de los cubículos y hubo que mover las computadoras para estos ajustes, también se nos pidió a los hombres que moviéramos las pantallas porque las frágiles mujers no podían hacer esto y tenían que oír una charla dirigida a los nuevos, cuando 3 de los cuatro hombres forzados a no asistir por cholerear éramos nuevos. #CoolCoolCool

En el nuevo año el francesito mencionado arriba nos dio nuevos lineamientos de cómo hacer las “reservas de viaje”. Pero nadie le notificó a los clientes. Fuimos nosotros quienes teníamos que explicarle a cada uno porque su ticket de repente lucía diferente y ya no se le podía hacer como se le había hecho durante años. #Eficiencia (Spoiler alert: meses después regresaríamos a hacerlo como siempre se hizo).

Siguiente transformación de nuevo año. La empresa se reorganiza. Nuestra gerente pasa a ser supervisora de mi equipo y la que había sido nuestra supervisora pasa a supervisar únicamente el área de “recepción de mascotas”. Ahí fue cuando mi estrés me hizo llorar a moco tendido en un cuartito junto al resto de mi equipo, desencadenando las lágrimas de ellas también. Se desencadenó la avalancha porque, hasta entonces, cada quien se turnaba para sacar fuerzas y sentirse “menos mal” para darle ánimos a quien se sintiera peor. Un mes después, nuestra antigua supervisora regresó a supervisarnos, la otra supervisó otro sector y, luego, fue despedida después de trabajar ahí nueve años.

Cuando ya iba encontrándose un ritmo, nos dijeron que el supervisor de la misma área (pero enfocada en América) sería nuestro supervisor y nuestra antigua supervisora regresaría a enfocarse en la “recepción”. Para ese entonces ya nada nos sorprendía y era como “por supuesto. Aquí ¿qué no pasa?”. Tampoco nos acongojó porque él no iba a traer caos. Si acaso, la misma inoperancia sufrida hasta entonces.

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Semanas después el nuevo gerente nos dijo que quería que todos aprendiéramos de las otras áreas, para ayudar cuando hubiera picos de trabajo. O sea: ahora que medio van hallando un ritmo y, antes de acoplarse del todo, aquí está el twist de nuestro reality show, ¡tienen que aprender algo distinto e intervenir con el proceso de alguien más! Ya veíamos venir las quejas porque algún boleto no se hubiera enviado,  ya que nunca hubo un proceso estándar ni algún superior enfocado en verificar el avance de las cosas. Mi equipo lo hizo porque aprendimos a sobrellevar las cosas con el apoyo de la antigua supervisora quien, obviamente, no tenía mucho espacio de maniobra con las antiguas autoridades. ¿Y por qué nos volvimos eficientes con esa inhumana carga de trabajo? Porque sabíamos que, de no hacerlo, nos iban a regañar y ningún superior iba a dar la cara por nosotros. Siempre fuimos nosotros contra el mundo y ahora venía este cambio que a mí, en el fondo, me sonaba a separación del grupito que no se quedaba callado.

Pero nunca hubo tiempo de ver el impacto.

Días después recibimos la noticia más trascendente de todas: que todo nuestro departamento desaparecerá. Williamson se ha fusionado con otra empresa y nuestras actividades serán realizadas en Inglaterra. Creímos que era por todo el drama descrito arriba. Pero no. Nuevas noticias dejan ver que quizá no sea el único departamento que desaparezca. Lo cual hace sospechar que otras cosas podrían ir desapareciendo de a poquito hasta que ya no quede nada. Tal vez o quizás. Quizás o tal vez.

Tal vez Quiza

¿Quieren un epílogo?

Mientras creímos que el nuestro era el único departamento que (a más tardar diciembre) desaparecería, nos lo tomamos con la resiliencia salvadoreña de quien sobrevive a una tragedia tras otra e hicimos comentarios como “-Da la extra milla –Ya la di. Y no me llevó a nada” o “¿Qué es lo peor que puede pasar? ¡Que te despidan! Ooops…ya pasó“. Aparentemente eso no le gustó al actual gerente y llamó a uno de los supervisores para decirle que la gente se estaba tomando a chiste lo de los despidos y eso era un “irrespeto para la empresa”. En serio. La empresa ente abstracto o la empresa edificio bonito tiene sentimientos muy frágiles que nosotros, seres humanos directamente afectados, no estamos tomando en cuenta porque somos súper egoístas y malvados.

Precuela

Durante mi entrevista, me preguntaron por qué quería dar ese cambio y trabajar en una oficina después de desarrollarme en ONGs. No podía decir que era porque no hay financiamientos y todo estaba cerrando, así que dije que era porque, en esta etapa de mi vida, estaba buscando más estabilidad. ¡JA! Estabilidad.

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Quizá en este punto usted se esté diciendo “Qué tipo más resentido. ¿Cómo puede acordarse de cada pequeño detalle?” Pues sí. Soy bastante resentido, pero esta vez no es solo por eso. Es porque usé lo aprendido en “La pícara Soñadora” y también llevaba mi lista, no de lo que consumía en los almacenes SARES (no SEARS), sino una lista de agravios. La llevaba en forma de borrador en mi gmail. Sabía que en algún momento destilaría mi veneno en un post y que ese sería mi mejor recurso para redactar esto que hoy usted lee. No olvido. Soy como un elefante. Al menos me quedará haber conocido a mis compañeras, a quienes he llegado a querer más rápido de lo que es habitual para mí porque no hay nada como sufrir y desear estar muertos juntos.

 

ACTUALIZACIÓN 6/6/17. A pesar de lo escrito anteriormente, según un gráfico de Tecoloco publicado en El Diario de Hoy, trabajo en una de las empresas más atractivas para trabajar en el país. Pero también incluye al Banco Cuscatlán, patrocinador oficial de la evasión fiscal a nivel presidencial, así que… no confíen, amigos.

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2 comments

  1. bolux · mayo 8

    Hay un meme de un tipo pelón que abraza a otro que aplica para este caso
    i know you feel bro

    entre siendo un joven talla 32 y sali siendo talla 42 , la mala experiencia me duro 13 años , lo unico bueno de esos lugares es que desarrollas una tolerancia a la mierda digna de beatificacion, y claro los compadres de batalla (los sinceros no los judas)…
    Gracias a las bondades del outsourcing estoy en condición de buscaempleo y lastimosamente la edad no es muy buena aliada jejejeje

    Gran post que solo quien comio de la misma lo saborea adecuadamente.
    Slds.

¿Está de acuerdo o quiere mandarme a la chonguenga?

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