De “Tres años”

Un fragmento que les quiero compartir:

Los empleados, contentos de ver al joven principal casado y de nuevo junto a ellos, de vez en cuando le dirigían miradas curiosas y llenas de simpatía, y se creían obligados a decirle, mientras cruzaban, palabras amables y deferentes. Laptiev estaba convencido de que nada de todo aquello era sincero y que era adulado por temor. No podía olvidar que quince años atrás, un empleado que padecía una enfermedad mental se echó a la calle en camisa y descalzo, y desde allí amenazó las ventanas del principal mientras gritaba que lo habían martirizado. Y tampoco olvidaba que, una vez restablecido el desgraciado, todos se burlaron de él durante mucho tiempo y cada dos por tres le recordaban que en su delirio gritaba al principal “plantador” en lugar de “explotador”.

Cabe decir que los empleados de la empresa Laptiev eran muy desdichados y ello provocaba no pocas murmuraciones entre los otros comerciantes del mercado.
Lo peor consistía en que el viejo Féodor Stéfanich se comportaba con ellos con un despotismo excesivamente asiático. Por ejemplo, nadie estaba al corriente de los sueldos que pagaba a sus favoritos, Pochakin y Makeichev. Pese a que en realidad no les pagaba sino a razón de tres mil rublos al año, el viejo dejaba entender que les daba siete mil. Todos los empleados recibían gratificaciones anuales, pero en secreto y como gesto particular, de modo que cada uno, puesto que cobraba poco, se sentía obligado, por amor propio, a exagerar la suma. Los aprendices ignoraban las posibilidades de ver aumentados sus sueldos, y ninguno tenía idea de si el principal estaba o no satisfecho de su comportamiento. No existía nada que les fuera explícitamente prohibido. Cabe decir, sin embargo que jamás sabían con claridad aquello que les era o no permitido. En consecuencia, no les estaba prohibido contraer matrimonio, pero ninguno se decidía a ello por temor a que el viejo no lo viera con buenos ojos y fueran por lo mismo despedidos.

Se les permitía tener amigos, e incluso frecuentarlos, pero a partir de las nueve se cerraba la puerta principal, y cada mañana sufrían el examen del viejo, que les deíca, receloso:
– El aliento os apesta un poco.
No fuera que alguien hubiera ingerido vodka.

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