Cualquier comportamiento vil puede encontrar justificación

En los últimos días estuve leyendo un fragmento del libro que habla del campo de concentración nazi exclusivo para mujeres, Ravensbrück.

Me he tomado la libertad de traducir algunos párrafos que me hacen reflexionar sobre el paralelismo con nuestra realidad actual, en donde Trump quiere “hacer América grande de nuevo”, donde se fomenta el racismo y xenofobia, echándole la culpa a los migrantes de los males económicos y al islam del terrorismo; pero, más específicamente, con El Salvador, donde cuestiones de moral o religión rigen los destinos de las mujeres sin derecho a decidir sobre sus cuerpos, donde se le da espacio en uno de los periódicos más grandes del país a Evangelina del Pilar de Sol para escupir veneno, propagar la homofobia y utilizar su visión de dios como arma para destruir personas, donde el presidente de la Asamblea Legislativa (Guillermo Gallegos) aboga por la pena de muerte, donde se inician rumores sobre la orientación sexual de una persona para intentar destruir su carrera política, avergonzarlo públicamente y dar a entender que se “tolera” su existencia con la condición de que no trate de cambiar el status quo. El sufrimiento y las injusticias que viven las minorías en este país no pesan tanto como las creencias arcaicas repetidas incesantemente por bastiones de poder y con acceso a medios masivos de comunicación.

Aquí les comparto:

“El año es 1957. Suena el timbre de mi apartamento”, escribe Grete Buber-Neumann, una exprisionera de Ravensbrück. “Abro la puerta. Una mujer vieja está parada frente a mí, su respiración es pesada y le faltan dientes en su mandíbula inferior. Masculla: ¿Ya no me conoces? Soy Johanna Langefeld, la antigua jefa de guardia en Ravensbrück”. La última vez que la vi fue hace catorce años en su oficina en el campo. Trabajé como su secretaria prisionera… Ella le rezaba a Dios para que le diera fuerzas para detener el mal, pero si una mujer judía venía a su oficina, su cara se llenaba de odio…”

En 1914, cuando inició la Primera Guerra Mundial, Johanna, entonces de catorce años, celebró con todos cuando los jóvenes de Kupferdreh marcharon con el sueño de hacer Alemania grande de nuevo, solo para darse cuenta de que ella y las demás mujeres alemanas no serían parte de la misión. Dos años después, cuando era claro que la guerra no terminaría pronto, de repente se les dijo a las mujeres alemanas que fueran a trabajar a las minas, fábricas y oficinas; ahí en el terreno propio, las mujeres tenían la oportunidad de probarse a sí mismas haciendo los trabajos de los hombres, solo para ser expulsadas de esos mismos trabajos cuando ellos regresaron.

Dos millones de alemanes no regresaron de la guerra, pero seis millones sí y Johanna vio como los soldados de Kupferdreh regresaron. Muchos mutilados; todos, humillados. Bajo los términos de la derrota, Alemania debía pagar reparaciones que debilitaron la economía, aumentando la inflación. En 1924, su querida región de Ruhr fue ocupada de nuevo por los franceses que “robaron” el carbón alemán, en castigo por las reparaciones sin pagar. Sus padres perdieron sus ahorros y ella estaba en la miseria buscando empleo. En 1924 encontró un esposo, un minero llamado Wilhelm Langefeld, que moriría dos años después de una enfermedad pulmonar.

En 1922, cuando Adolfo Hitler responsabilizaba a los “hinchados judíos” de los conflictos de Alemania, una precoz chica judía llamada Olga Benario escapaba de su casa para unirse a una célula comunista, dejando a sus prósperos padres de clase media. Tenía catorce años. En unos meses, la colegiala de ojos oscuros lideraba las marchas de camaradas a través de los Alpes bávaros, metiéndose en riachuelos de las montañas, leyendo luego a Marx alrededor de fogatas y planeando la revolución comunista alemana. En 1928 se hizo famosa al atracar un juzgado de Berlín y liberar a un líder comunista alemán que se enfrentaba a la guillotina. Para 1929, Olga había dejado Alemania y se había ido a Moscú para entrenar con la élite de Stalin, antes de ponerse rumbo a Brasil para iniciar una revolución.

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En 1933, Johanna Langefeld encontró en Hitler un nuevo salvador. El programa de Hitler para las mujeres no podía ser más claro: las mujeres alemanas debían quedarse en casa, tener todos los hijos arios de los que fueran capaces y obedecer a sus esposos. Las mujeres no eran aptas para la vida pública; estarían excluidas para la mayoría de trabajos y verían restringido su acceso a la universidad.

Tales actitudes podían encontrarse fácilmente en cualquier país europeo en los años treinta, pero el lenguaje nazi sobre las mujeres era particularmente tóxico. El séquito de Hitler no solo despreciaba abiertamente al “estúpido” e “inferior” sexo femenino, sino que repetidamente exigían la “separación” de mujeres y hombres, como si los hombres no vieran la razón de ser de las mujeres excepto como adornos ocasionales y, por supuesto, para procrear. Los judíos no eran los únicos chivos expiatorios de Hitler para todos los males de Alemania: las mujeres que se habían emancipado durante los años de Weimar eran culpadas por haber tomado los trabajos de los hombres y corromper la moral del país.

Aun así, Hitler tenía el poder de seducir millones de mujeres alemanas que anhelaban una “hombre con temple de acero” para restaurar el orgullo y el orden del Reich. Tales admiradoras, muchas profundamente religiosas, y todas convencidas por la propaganda antisemita de Joseph Goebbel, inundaron el rally de la victoria de Nuremberg en 1933, donde el reportero norteamericano William Shirer se unió a la multitud: “…Estaba asombrado por las caras, especialmente las de las mujeres…lo miraban como si fuera un mesías”.

Langefeld tenía razones personales para estar agradecida con el nuevo régimen: por primera vez tenía seguridad laboral. Para las mujeres, y particularmente para las madres solteras, la mayoría de las profesiones estaban restringidas, excepto el que eligió Langefeld. De la asistencia social pasó al servicio en las prisiones.

En julio de 1933 se aprobó la Ley para la Prevención de Progenie con Enfermedades Hereditarias, legalizando la esterilización masiva como mecanismo para eliminar a los débiles, vagos, criminales y dementes. El Führer creía que todos estos degenerados drenaban el erario público y debían removerse de la cadena hereditaria para fortalecer la Volksgemeinschaft, la comunidad de alemanes puros. El director de Brauweiler, Albert Bosse, declaró en 1936 que 95% de las prisioneras eran “incapaces de mejorar y debían ser esterilizadas por razones morales y con el propósito de preservar la salud del pueblo”.

 

 

 

(Heinrich Himmler) era excelente en la escuela, pero también era conocido como un “cerebrito” y a menudo era víctima de bravucones. En el gimnasio apenas podía alcanzar las barras paralelas, así que, en su lugar, los instructores lo forzaban a realizar tortuosas cuclillas, mientras sus compañeros veían y celebraban. Años después, en los campos de concentración, Himmler introdujo una tortura en la que los prisioneros eran encadenados entre sí en un círculo y se les forzaba a saltar haciendo cuclillas hasta que colapsaban, solo para ser pateados para que se levantaran hasta que cayeran por completo.

Al salir de la escuela, el sueño de Himmler era ser parte de la milicia. Aunque fue cadete brevemente, su pobre salud y sus problemas de visión lo excluyeron de convertirse en oficial. En su lugar, estudió agricultura y crio pollos, luego lo absorbió el sueño romántico de regresar a la Heimat, la madre patria alemana, y pasaba el tiempo caminando en sus amados Alpes, a menudo con su madre, o estudiando astrología y genealogía, mientras apuntaba en su diario cada detalle trivial de su vida diaria.

En su adolescencia, Himmler se regañaba a sí mismo por sus deficiencias, sociales y sexuales. “Soy un miserable hablador”, escribía. Y, en cuanto al sexo: “Me controlo a mí mismo con temple de acero”. En los años veinte ya se había unido a la Sociedad Thule, únicamente de hombres, que debatía las raíces de la supremacía Aria y la amenaza de los judíos. Fue nuevamente bienvenido a las unidades paramilitares de la extrema derecha de Munich. “Es genial tener un uniforme de nuevo”, escribió.

Barbara Fürbringer, al saber que su esposo, un miembro comunista del Reichstag, había sido torturado hasta la muerte en Dachau y que sus hijos habían sido llevados a un hogar de acogida nazi, trató de alertar a su hermana en América:

Querida hermana,

Desafortunadamente estamos mal. Theodor, mi amado esposo, murió repentinamente en Dachau hace cuatro meses. Nuestros tres hijos fueron llevados a una casa de servicios sociales en Munich. Yo estoy en el campo de mujeres en Moringen. Ya no tengo un centavo a mi nombre”.

La censura rechazó su carta, así que escribió de nuevo:

Querida hermana,

Desafortunadamente, las cosas no están yendo exactamente como esperábamos. Theodor, mi amado esposo, murió hace cuatro meses. Nuestros tres hijos viven en Munich, en la calle 27 de Brenner, yo vivo en Moringen, cerca de Hannover, en la calle 32 de Breite. Te estaría agradecida si pudieras enviarme una pequeña suma de dinero.

Himmler también calculó que, mientras el aplastamiento de los hombres fuera suficientemente terrible, los demás pronto se someterían. Esto probó ser bastante cierto, como comentó Lina Haag, arrestada unas semanas después que su esposo y encerrada en otra prisión: “¿Nadie vio a dónde nos dirigíamos? ¿Nadie pudo ver a través de la demagogia de los artículos de Goebbels? Yo podía hacerlo aún a través de las gruesas paredes de la prisión; pero más y más gente iba conformándose”.

Para 1936 no solo se había eliminado a la oposición política, sino que se había alineado a los organismos humanitarios y a las iglesias alemanas. El movimiento de la Cruz Roja Alemana se había incorporado a la causa nazi. En sus reuniones, la bandera de la Cruz Roja ondeaba junto a la esvástica, mientras los guardianes de las Convenciones de Ginebra, el Comité Internacional de la Cruz Roja, habían inspeccionado los campos de Himmler –o, al menos, los bloques- y habían dado su visto bueno. Las capitales occidentales veían las prisiones y los campos de concentración nazis como un asunto interno de Alemania y no algo que debieran preocuparles. A mediados de los años treinta, la mayoría de los líderes de Occidente todavía creían que la amenaza más grande para la paz mundial era el comunismo y no la Alemania Nazi.

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Después de entrenar en Moscú a inicios de los años treinta, Olga fue elegida para el Comintern (la organización comunista internacional) y Stalin la envió en 1935 a planificar un golpe contra el presidente Getulio Vargas de Brasil. El líder de la operación era el legendario líder rebelde Luis Carlos Prestes. La insurrección buscaba traer una revolución comunista en el país más grande de Suramérica, dándole así a Stalin un pie en América. Con información de la inteligencia británica, la conspiración se frustró, Olga fue arrestada y junto a una co-conspiradora, Elise Ewert, fue enviada a Hitler “como regalo”.

De las celdas de Hamburgo, Olga fue llevada a la prisión de Barminstrasse en Berlín, donde dio a luz a una niña, Anita, cuatro semanas después. Comunistas de todo el mundo iniciaron una campaña para liberarlas. La causa atrajo mucha atención, en gran parte porque el padre del bebé era el famoso Carlos Prestes, líder del fallido golpe. La pareja se había enamorado y se había casado en Brasil. El valor de Olga y su oscura y grácil belleza le daban más emoción a la historia.

La mala publicidad en el exterior no era bien vista, especialmente porque era el año de las Olimpiadas de Berlín y se había hecho mucho por limpiar la imagen del país (Por ejemplo, todos los gitanos de Berlín habían sido atrapados antes de que empezaran los juegos. Para quitarlos de la vista del público, fueron llevados a un campo construido en una ciénaga en el suburbio berlinés de Marzahn). Los jefes de la Gestapo de Himmler intentaron apaciguar las aguas proponiendo que se le diera el bebé a la madre judía de Olga, Eugenia Benario, que aún vivía en Munich, pero Eugenia no quería al bebé: hacía tiempo había renegado de su comunista hija y ahora renegaba del bebé también. Himmler entonces dio permiso para que la madre de Prestes, Leocadia, se llevara a Anita y, en noviembre de 1937, la abuela brasileña recogió a la bebé en la cárcel de Barminstrasse. Olga, despojada, se quedó sola en su celda.

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En 1936, 500 amas de casa alemanas que cargaban biblias y llevaban mantos blancos en su cabeza llegaron a Moringen. Las mujeres, testigos de Jehová, habían protestado cuando sus esposos fueron llamados al ejército. Hitler era el anticristo, decían. Dios dominaba la tierra, no el Führer, Sus esposos y otros Testigos de Jehová fueron llevados al campo más nuevo de Hitler, Buchenwald, donde soportaron veinticinco azotes con un látigo de cuero. Himmler sabía que ni siquiera sus hombres de las SS estaban suficientemente endurecidos para destruir amas de casa alemanas, así que, en Moringen, a las mujeres Testigo de Jehová solo les quito sus biblias el director de la prisión, un cojo soldado retirado.

Else Krug había estado trabajando como era normal cuando un grupo de policías de Düsseldorf tocó a su puerta, gritándole que abriera. Eran las dos de la mañana del 30 de julio de 1938. Las redadas no eran raras y Else no tenía nada que temer, aunque las redadas habían visto un incremento. La prostitución era legal para la ley Nazi, pero la policía podía usar cualquier excusa, quizá alguna mujer había evadido su chequeo de la Sífilis o un oficial quería algún dato sobre una nueva célula comunista en los alrededores de Düsseldorf.

…Después de recorrer la zona los oficiales habían detenido a veinticuatro prostitutas, y a las seis de la mañana, todas estaban tras las rejas, sin una fecha de liberación.

El tratamiento de las mujeres en la estación también era diferente. El oficial en el escritorio – un sargento Peine- conocía a la mayoría de estas mujeres por pasar la noche en sus celdas regularmente. Bajo la columna que decía “razón para el arresto”, Peine, cuidadosamente, escribió “Asoziale”, (asocial) junto a cada nombre, una palabra que no había usado antes. Al final de la columna, también por primera vez, escribió en rojo “Transporte”.

Las redadas de los prostíbulos de Düsseldorf se repitieron por toda Alemania durante 1938 mientras la purga nazi contra las indeseables clases bajas iniciaba una nueva etapa. Un programa llamado “Aktion Arbeitsscheu Reich” (Action contra los holgazanes) había sido implementado, enfocándose en todos aquellos considerados marginados sociales. Ampliamente ignorado por el mundo exterior, y no reportado en Alemania, más de 20,000 dizque “asociales” (vagabundos, prostitutas, desempleados, mendigos y ladrones) fueron atrapados y marcados para los campos de concentración.

A mitad de 1938, la guerra todavía estaba a un año de iniciar, pero la guerra de Alemania contra sus propios indeseados ya se había implementado. El Führer expresaba que el país debía ser “puro y fuerte” mientras se preparaba para la guerra, así que esas “bocas inútiles” debían ser eliminadas. Desde que Hitler subió al poder, la esterilización masiva de enfermos mentales y degenerados sociales se había implementado. En 1936, gitanos fueron encerrados en reservaciones cerca de grandes ciudades. En 1937, miles de “criminales habituales” fueron enviados a campos de concentración, sin un debido proceso. Hitler autorizó las medidas, pero el instigador fue su jefe policial y cabeza de las SS, Heinrich Himmler. También fue Himmler quien en 1938 llamó a que todos los “asociales” fueran encerrados en campos de concentración.

El momento era notorio. Antes de 1937 los campos, establecidos al principio para eliminar a la oposición política, habían empezado a vaciarse. Comunistas, social-demócratas y otros, capturados en los primeros años del régimen de Hitler, habían sido aplastados y la mayoría estaban ahora en casa, debilitados. Himmler, que se opuso a estas liberaciones masivas, vio que su imperio estaba en peligro de declinar, así que buscó nuevos usos para sus campos.

Como muchas pequeñas ciudades alemanas, Fürstenberg había sufrido durante la caída, así que la llegada de un campo de concentración significaba trabajos y comercio. El hecho de que las prisioneras fueran mujeres no era controversial. Valesca Kaper, mujer de mediana edad y esposa de un zapatero, era una líder efectiva del Frauenschaft local (Grupo de mujeres nazi) que, a menudo, hablaba sobre los males del maquillaje, el cigarro y el alcohol y explicaba la carga que los “asociales” creaban al Estado. Josef Goebbels incluso realizó un discurso en Fürstenberg diciéndole a la gente: “Si la familia es la fuente de la fuerza de la Nación, la mujer es su núcleo y su centro”.

Muchas mujeres anotaron sus nombres para un trabajo, incluyendo Margarete Mewes, un ama de casa y madre joven. El primer domingo de mayo Fürstenberg realizó sus tradicionales celebraciones de día de la madre. Frau Kaper repartió cruces a aquellas que habían tenido más de cuatro hijos, respondiendo así al llamado de Hitler a multiplicar el gen ario.

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Cuando las prisioneras bajaron de los trenes, varias colapsaron y aquellas que pararon para intentar ayudarlas fueron reprendidas con perros o con látigo. No lo sabían aún, pero era una regla del campo: ayudar a otro era una ofensa. “Perras, vaca sucia, levántate. Perra haragana”.

La bien ensayada rutina de las SS había cumplido su propósito: causar el máximo terror al momento de la llegada. Cualquiera que había pensado en resistirse estaba sometido de ahora en adelante. El ritual había sido realizado cientos de veces en campos de concentración para hombres, y ahora estaban sido realizado por primera vez en la orilla del Schwedtsee. Sería peor para aquellas que llegaron luego, en medio de la noche, o en la nieve, sin entender nada del lenguaje. Pero todas las sobrevivientes de Ravensbrück recuerdan el trauma de su llegada. Todas recuerda su propio silencio.

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