Into the Wild: 10 años después

El 21 de septiembre del 2007 se estrenó en el cine, “Into the Wild”, una de las pocas películas que ha dirigido Sean Penn… con razón.

Cuando mis amigos y yo la vimos ciertamente quedamos fascinados con los paisajes y también con la música de Eddie Veder, especialmente mis dos amigos que, como si fueran de la tribu Sambia, estarían dispuestos a pasar a la adultez tragándose el semen del cantante. La disfruté entonces a pesar de su duración, pero había algo que no me permitía decir “sí, me gustó”. Entonces no sabía qué era. Hoy sí, porque ya llegué a la iluminación.

Es que se trata de la historia de un bicho blanco gringo que se aburrió de su vida y dejó las comodidades para un ratito de “realidad”. Sean Penn se enamoró de la historia por sus propios tormentos y demonios y se decidió a filmar su oda a Christopher McCandless.

No soy el único que piensa eso:

Pero si usted cree (como parece ser el caso de Sean Penn) que la imprudencia y crueldad de McCandless hacia su familia cercana fueron parte de un noble viaje espiritual digno de celebración, entonces Penn ha hecho un trabajo brillante al transformar la historia en una película que ve lo que Penn ve.

(FUENTE)

Seguro Penn leyó el libro y le encantó la posibilidad de dejar sus lujos y empezar una aventura sin paparazzi, sin Madonna o Robyn Wright, una aventura para él, tal y como la que tuvo cuando se decidió a “entrevistar” al Chapo… antes de dejar a (la también pasmada) Kate del Castillo metida en un huevo.

Es obvio que era su proyecto autocomplaciente, donde quería hacer “cine de autor” con esas cinco (!!) tomas donde Emile Hirsch, el protagonista, rompe la cuarta pared, quitándole así todo lo que pudiera tener de especial esa en la que Hirsch ve a la cámara, pretendiendo recrear la foto que se halló sin revelar del verdadero McCandless.

 

Mccandles

Let me take a selfie

 

El protagonista es un bicho que lo tiene todo. Pero sus papás se llevaban mal. Tenía dieces en sus clases sobre África, pero no viajó hacia allá, sino que se quedó en el país donde -como hombre blanco- tenía todas las facilidades para moverse y encontrar trabajos a conveniencia, a diferencia del personaje de Reese Whiterspoon en “Wild“, cuando también busca encontrarse con la naturaleza, que sí tiene que considerar la posibilidad de que la violen y sí va reconociendo sus propias cagadas. Es además el típico gringo que no quiere seguir reglas de seguridad y, sin casco, se tira al agua a los rápidos (YEAH! Spring break) porque él no puede esperar. Simplemente no. Tiene la razón desde el principio y el director decide además darle siempre la última palabra si un personaje secundario le dice algo más sensato, como cuando el personaje de Katherine Keener le dice que sea justo con sus papás, que se ve como un bicho que fue amado (y que tuvo educación y al que le ofrecieron un carro y que él no quiere porque “eso es materialista, eso es caquita, no me den nada”). Él, en lugar de por lo menos cuestionarse la posibilidad de ver las cosas desde otro punto de vista, contesta con una frase de Thoreau: “Más que amor, dinero, fama (y justicia, agrega él), dame la verdad“. Uggghh. Si este bicho fuera salvadoreño, estaría estudiando el primer ciclo de filosofía y estaría regresando de su primer campamento de Un techo para mi país, o andaría su camisa del Che, sin haber leído nada de él y reuniéndose con la BRES.

 

Into the wild read

Tips para ser un imbécil pretencioso: busque una posición incómoda para leer

 

 

Ahora me es bastante obvio que la actuación de Emile Hirsch no era tan buena (lo cual explica que hoy ya casi no sepamos de él) y que los paisajes y la musiquita eran recursos para distraernos de lo débil del guión (trabajo también de Sean Penn); que, además, está llena de escenas que no aportan nada y fácilmente podría haber durado media hora menos. ¿Por qué? Porque el punto de vista del protagonista no se transforma en ningún momento. Los personajes más atractivos son los secundarios que sí tienen conflictos reales y que ven interrumpidas sus vidas con la aparición de él. Quizá hubiera sido otra experiencia si, como el personaje de Tom Cruise en “Ojos bien cerrados“, él no fuera tan relevante como lo que vemos a través de sus ojos. Pero no es así. Se supone que nos importe. Y hoy que la he vuelto a ver, me doy cuenta de que se supone que la relación con sus padres nos debería hacer conectar con él y sentir su pena, pero no. En lo absoluto. Y mucho menos cuando ponen al personaje de su hermana (Jena Malone) a validar sus acciones, con su discursito que busca ser profundo.

McCandless pasa leyendo y hablando de Tolstoi, que también predicaba lo de vivir de manera casi monástica, pero que era un pendejo con su esposa y familia y también fue infiel (just saying). Al final, se supone que el “gran clímax” sea el momento en que McCandless (SPOILER ALERT CON 10 AÑOS DE RETRASO), antes de morir, escribe que la felicidad solo cuenta cuando es compartida. Pero no. Porque el director decide poner al protagonista (en un montaje bien chafa y en cámara lenta) reencontrándose con sus padres, abrazándolos y preguntándose si, de estar en esa situación, ellos verían lo que él está viendo (la luz del sol a través de las nubes), haciendo así más romántico y sublime el hecho de morirse estúpidamente envenenado, después de haber destruido los postes que almacenaban arroz y que, precisamente, son colocados para ayudar a quienes se extravían. Pero por supuesto que eso no iba con su idea de “perderse, dejar la sociedad y vivir solo, sin ayuda de nadie”. Como él así lo veía, se lo impuso a los demás al joder las babosadas.

Así que es la perfecta película para ponerle a voluntarios internacionales con la idea de que la campiña será el lugar romántico donde se encontrarán a sí mismos, el lugar que obviamente luego dejarán para volver a sus realidades y donde seguirán viviendo con dificultades todos aquellos que no han tenido la opción de decidir si prefieren la casita cómoda y que los papás les compren un carro más lujoso.

 

Obviamente diferimos en nuestra percepción de Chris McCandless. Sé que no eres el único alasqueño que cree que McCandless era un imbécil, y que además cree que yo soy un imbécil por escribir sobre él como lo hice. Con todo respeto, no creo que entiendas a McCandless y me aventuraría a decir que tampoco comprendes el verdadero sentido de Into the Wild. Tengo que aguantar la mayor parte de responsabilidad por eso. Como autor del libro, era mi trabajo hacer comprensible a McCandless para el lector. Y, en tu caso al menos, he fallado.

John Krakauer, autor del libro “Into the Wild”

 

Para finalizar, les dejo otro trabajo de dirección de Sean Penn (en serio):

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