Conejillos de indias

Mi libro Ravensbrück es muy largo. Además no es una lectura ligera que uno pueda hacer en cualquier momento. Así que ahí sigo. Hoy quería compartir dos partes que me parecen muy fuertes. Especialmente la última.

Fundada en 1847, Siemens & Halske empezó como una empresa familiar, pero en los años 30 ya era la más grande compañía eléctrica y, para preservar su dominio en el mercado, colaboró con el Tercer Reich de Hitler, asegurando contratos lucrativos de armas. Varias figuras de la compañía se unieron a las SS, incluyendo Friedrich Lüschen, que inventó el primer cable telefónico, y uno de los directores, Rudolf Bingel, se volvió tan cercado a Heinrich Himmler que lo invitó a unirse a su círculo de amigos, los industriales alemanes favoritos del Reichsführer.

 

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En la ruta hacia la guerra Siemens, con base en Berlín, perdió miles de trabajadores que fueron llamados al frente. Para compensar, la compañía tomó más de 3600 judíos como mano de obra esclava. Esperando que su trabajo ahí pudiera evitarles la deportación, los judíos trabajaron duro, y Siemens los encontró invaluables, especialmente a las mujeres, con sus delicados dedos bien adaptados para trabajo preciso. Sin embargo, a inicios de 1942, ya se había enviado a judíos alemanes a las cámaras de gas en Polonia y Siemens requería más fuerza laboral, así que el prospecto de mano de obra femenina barata en Ravensbrück no pudo llegar en mejor momento. Más aún, el campo tenía una localización ideal: lejos de la línea de fuego de los aliados, tenía excelentes canales de comunicación y era conveniente para las oficinas centrales en Berlín.

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CONEJOS

Wanda fue elegida desde el final de la fila. “Todo lo que podía pensar era que estaba sola. Krysia no iba conmigo”. Las piernas de estas mujeres fueron examinadas más de cerca y, seis de ellas, incluyendo a Wanda, recibieron la orden de quedarse esa noche en la enfermería.

“Hablamos de eso toda la noche”, dijo Waclawa Gnatowska. “Si iba a haber una ejecución masiva, ¿para qué hacerlo en etapas?”. La delgada abogada Zofia Sokulska (conocida como Dziuba) que tenía mejores contactos en el campo que la mayoría, había oído que se planeaban experimentos, pero no quiso asustar a las demás y no lo dijo.

Al día siguiente, las seis que se quedaron en el Revier aparecieron de repente, caminando (tambaleándose) a sus bloques. Claramente habían sido drogadas. Wanda Wojtasik parecía borracha. Las amigas del grupo de Lublin fueron a su alrededor. “¿Qué te hicieron? ¿Eso es todo? ¿Te sientes bien? ¿Y tu cabeza?”. Wanda respondió “Bueno, por supuesto que mientras estaba dentro me quitaron un tornillo”.

La bravura se acabó durante la siguiente llamada a filas, cuando Wanda se desmayó, abrumada por la morfina. Esa noche se quedó cerca de Krysia y le preguntó: “¿Qué nos harán luego? Al menos soy yo y no tú”.

Después de tres semanas, nueve conejillas de indias han sufrido una cirugía, y todas son llevadas a otro cuarto, puestas en mesas y se les quitan los vendajes. Pueden ver sus heridas por primera vez y se asombran al ver sus carnes inflamadas, las incisiones en la tibia, tan profundas que pueden ver el hueso. Una mujer saca un fragmento de vidrio, otra una pieza de madera de dos pulgadas de largo.

Están ahí durante horas, sudando, con sus heridas expuestas. De repente, las enfermeras cubren sus cabezas, esta vez bien apretadas, para que no vean a sus torturadores, pero Wanda logra ver a (Karl) Gebhardt, con las manos cruzadas en su espalda. También ve a (Fritz) Fischer, usando una bata ensangretada, seguramente luego de una operación.

Los doctores ven las etiquetas que se le han puesto a las ocho mujeres. Hay otros oficiales presentes – Wanda cuenta once. No reconoce a uno que parece particularmente importante y al que todos parecen admirar. No tiene idea de que es Ernst Grawitz, doctor en jefe de las SS y director de la Cruz Roja Alemana. Uno por uno, los once se inclinan sobre las mujeres, examinando y oliendo con entusiasmo las heridas putrefactas.

Somos como ratas, piensa. Pero todavía es capaz de decirse a sí misma que, al menos, ahora no serán ejecutadas al aceptar ser ratas.

Ernst Grawitz

Ernst Grawitz

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