Ronnie 15: El final

Mientras circulábamos por la carretera, sentí cómo se invertía mi avance hacia el norte (…), y sin embargo, viajar en aquel coche era como estar en el Paraíso. Retiré el vaho en una porción de la ventana empañada y vi pasar los árboles como exhalaciones. Nuestra velocidad máxima debía de ser de unos treinta kilómetros por hora en aquella carretera tortuosa; aun así, tenía la sensación de que nos movíamos con una rapidez inexplicable, transformado el paisaje en algo general más que concreto, que ya no me incluía, sino que se quedaba discretamente al margen.

Cheryl Strayed
“Salvaje”
p. 172

 

Al salir de Acandí, el agua del mar se le mostraba distinta a Ronnie. Era cafesosa, bastante sucia y luego le seguía una línea donde se ponía amarillenta.
En Turbo apestaba por la pesca, por los barcos de carga. No era una posibilidad atractiva y no probaron haciendo plaza ahí. Se fueron directamente a buscar un bus que los llevara a Apartadó. De ahí podrían tomar autobuses hacia cualquier lugar.

Como ya no tenían mucho dinero, decidieron pedir ride (aventón).

Coaster

Coaster

Ronnie se acercó a la primera coaster que iba saliendo. El motorista accedió a llevarlos.
“Fue una sensación bien rara, pero yo sentía que íbamos tan rápido que me dio algo de miedo, maje porque caminando…despacio. En la carreta era lo más rápido…y no todas las veces nos subíamos en una lancha”. Ronnie veía los árboles pasar por la ventanilla y no podía evitar agarrarse con más fuerza. “El gallo” también sentía lo mismo.
“Toda la gente se nos quedaba viendo. Y de voladas, apestábamos, a sudor y todo. Yo no me había cambiado ropa ni aquel maje, ni zapatos, ¡Ni calcetines nos habíamos puesto!”

En Apartadó había dos semáforos. Fueron a uno.
Aunque no pasaban tantos carros, no la pasaron tan mal y sacaron un poco de dinero. Creyeron que con eso podrían negociar con algún otro motorista. Alguien antes les había dicho que eso era posible si les explicaban cuánto exactamente tenían. Así que intentaron con un hombre. Les salió pesado y les dijo que lo menos que les podía cobrar era 40 mil por cabeza. Como no tenían suficiente, les dijo que se rebuscaran.

Se quedaron ahí parados pensando cómo hacer, cuando el tipo regresó a decirles nuevamente que se rebuscaran, que él los veía que no hacían nada: hable con la gente, enamore a la gente, haga así su marometa; póngase vivo, hijo. Así que, regañados, empezaron a hacer plaza. Hicieron en varios rincones de la terminal, pero casi no sacaron nada.

Por consejo de alguien, salieron a probar en los parques.

“Ahí creo que es una de las veces que más plata he hecho en un día. Casi toda la tarde nos la echamos haciendo plaza”.
Iban caminando y les llegó el olor a marihuana.

Al buscar su procedencia, vieron un taller donde unos hombres y una mujer estaban “tostándose”. Los saludaron con la cabeza y les sonrieron. Los amistosos personajes del taller les preguntaron si querían. Como ya podrán imaginarse, se les unieron, antes de seguir en la jugada. Les dijeron de un parque de “yeyesones” donde podían ir (“¿De qué?”, pregunto yo.  “Fresones, de bolas”, me dice Ronnie).
Desanduvieron el camino haciendo la misma ruta y ya no aguantaban la voz.
Estaban hartos.

Cuando la gente no cooperaba, ya de mal humor le decían a la gente: “Por culpa de gente como usted es que el artista no prospera”.

Al atardecer, habían reunido solo 50 mil pesos. No les alcanzaba para los dos boletos.

Llegaron a hablar con el señor y a pedirles que los llevara al 2×1. Él les dijo que no podía y que por eso les había dicho que se rebuscaran, que tendrían que dormir ahí. Eran casi las siete. Luego les dijo que le enseñaran las artesanías que tenían. “Vaya, guárdenlas. Ya vamos a ver qué hacemos”.

Cuando dieron las siete, este motorista llegó bien acelerado a pedirles que enseñaran las artesanías. Empezó entonces a llamar a unas mujeres. Les dijo que agarraran lo que quisieran.
Vamos a hacer un trueque. Demen (sic) un par de artesanías y se suben al bus”, les dijo.
Las tipas empezaron a elegir. Él les decía que agarraran rápido cualquier cosa.
Tomaron unas 6 pulseras gruesas que habrían costado unos 10 mil pesos cada una.

“Vi que las manos agarraban y agarraban. Y solo cerré la manta”.

Ahora sí los dejó subirse, no sin antes decirles que en el bus igual pagarían los 40 mil pesos que sí tenían.
“Ahí sí nos bajaron, maje. Casi la mitad del parche se llevaron”.

Ya sentados en la parte de atrás, podían lamentarse por cómo les dolían las plantas de los pies después de su andar por las plazas.
“Apestábamos. Nos apestaban las patas”.

Este bus los llevaba a Medellín. Aprovecharon a dormir un rato hasta que el bus hizo una estación para que la gente se estirara y comiera. “Había empanadas, carne y comida. Y nosotros sin plata”. Tenían 10 mil pesos que iban a usar para moverse en Medellín y buscar al hermano del tipo que hacía las puertas en el hotel donde trabajaron antes. “Willie creo que se llamaba”.
Estaban sentados cuando llegó una de las meseras y les dio una empanada a cada uno. “Ahí se las mandan, coman ustedes, nos dijo. Nos llegó a dar café…a saber de quién fue la caridad ahí… Nos llegaron a dar un pan más, creo yo. Comimos, nos tomamos un café y ya salió el bus”.

Por la mañana estaban en Medellín.

“Cuando llegamos a Medellín fue como ¡Juela, bicho! Mirá, ¡Ve! ¡CARROS! ¡EDIFICIOS! ¡SEMÁFOROS!…Ahí creo que yo fui el ansioso. Nos fuimos de una a El Poblado… Yo había entendido que el hermano de aquel vivía cerca del parque y llegaba a parchar al parque”. En el dichoso parque no había ni un artesano a esas horas de la mañana. Decidieron esperar, mientras fumaban. Ronnie se desesperó y empezó a preguntar por el tipo en las casas de alrededor. Nadie lo conocía.

Resignados, decidieron buscar un semáforo.

En uno, encontraron a un payaso haciendo equilibrio con una escalera. Hablaron con él, pero les salió bien cerrado, como si le quisieran quitar su semáforo.  “Alguna mara así es…se pelea por los semáforos”.
Cuando hicieron su propio espectáculo en otro semáforo, no les fue muy bien. “Por nuestro mismo aspecto… No nos habíamos cambiado ni nada”. Al volver al parque, les dijeron que los artesanos normalmente llegaban alrededor de las cinco o seis de la tarde.
Para matar el tiempo, fueron a almorzar con lo sacado en el semáforo.

De regreso, ya encontraron artesanos instalados. Uno de ellos les dijo que Willie sí llegaba ahí, pero que quizá ese día no. Así que les hizo el favor de llamarle. Willie dijo que no estaba seguro si iría, que le llamaran luego para confirmar. Así que les tocó matar el tiempo explorando los  otros puestos de artesanías.

 

Vieron el de una punk que les dijo “Es verdad que nosotros hacemos lo que nos gusta, andamos viajando…pero eso no quiere decir que voy a descuidar mi aseo personal. No quiere decir que me voy a tirar a la desgracia. Uno hay que guardar la estética porque eso es importante, chicos. ¿No creen que eso es importante?…Es cierto que somos punk, que somos anarquistas, pero eso no quiere decir que voy a andar apestosa”. Siguió aconsejándoles y diciéndoles que ella no podría vender si alguien llegaba a comprarle y ella tuviera mal olor.

Cuando uno googlea "Punk limpia"

Cuando uno googlea “Punk limpia”

 

Volvieron a llamarle a Willie. No iba a llegar.

El tipo que les hizo el favor de llamarle los llevó a donde un taxista para que los llevara a la casa del susodicho. No era nada cerca de El Poblado.

Cuando llegaron, encontraron a un Willie que no estaba en sus cinco sentidos. Le explicaron que su hermano les había hablado de la posibilidad de un cuarto, pero él dijo “yo creo que no se puede…pero esperen a mi mamá y hablen con ella”. Preguntaron si por lo menos les permitía quedarse ahí durante la noche. Les respondió igual de dubitativo. En todo caso, les dijo, abajo podían encontrar unos hostales o también podían ir al cuartel de bomberos porque ellos a veces dejaban que personas se quedaran ahí.
Mientras llegaba la señora, salieron.
En el hostal, pasar la noche costaba 20 mil pesos.

En el cuartel, uno de los bomberos les dijo de entrada que no era posible que se quedaran ahí, que los estaría poniendo en riesgo y que además no tenía la autoridad como para permitírselos.
Entonces se les ocurrió ir a la iglesia. Ahí no quisieron dejarlos entrar. El padre, les dijeron, regresaría hasta la noche.
“Ahí sí me sentí tri-frustrado, decepcionado, bien mierda, maje. Yo hasta pensaba poner la tienda en un parque o algo así”.

Ronnie estaba muy molesto con la actitud de Willie. Como le había remordido la conciencia, no se quedó con el collar que le mandaba el hermano. Se lo dio, pensando que el tipo iba a ayudarles. Y no fue así. Ahora se arrepentía. “El gallo” le dijo que se tranquilizara y se encaminaron nuevamente a la casa.

La señora ya estaba ahí. Se había entusiasmado al ver las mochilas, creyendo que su otro hijo había llegado. Estuvieron hablando sobre él durante un rato con ella, que sí les salió amable y se tomó el tiempo de explicarles que el susodicho cuarto ya estaba alquilado desde hacía un mes. Pero también les dijo que en el centro podrían buscar lugares más baratos y les ofreció lugar para que pasaran esa noche, una ducha y arroz y frijoles para comer.

Ronnie se dio cuenta que la arena que andaba llevando entre los dedos se los había desangrado. También tenía ampollas en la planta, por lo que decidió acolchar el zapato con papel higiénico que, desgraciadamente, no contrarrestaba el mal olor.

Pidieron permiso para dejar ahí las mochilas grandes y, temprano en la mañana, se encaminaron a un semáforo. Regresaron a El Poblado. “Ya nos salió más, cerote. Ya nos vieron arreglados, bañados, aseados y todo. Ya la gente colabora más. Y nos fue bien”.

Fueron cerca del parque Bolívar.

“Ahí empecé a ver una realidad. Como que también fui despertando de esa inocencia porque íbamos pasando por unas calles donde niñas, niñas bien bonitas, como muñequitas, pintados los labios así de rojo, prostituyéndose y oliendo pega. Había unas ya tiradas…y había unos travestis ya operados que ahuevo parecían mujeres, unas mujeres prostitutas así bien buenas, musicón en unas esquinas, en unos chupaderos, unos majes así que no se miraban fiables. Olía a mota porque ahí en todo lugar te vendían mota…coca también”.
Después del sórdido paisaje, hallaron el hotel Napoli donde la noche costaba 13 mil pesos (Unos seis, cinco dólares, en ese momento). Al fin estarían durmiendo en una cama.
“Y me vi en el espejo. Puta, cerote. Me vi con la barba, con el bigote…y como que en todo ese tiempo que no me había visto en un espejo, me había olvidado. Eso también fue una experiencia bien rara, maje. No me acordaba mucho de mi cara, cerote…como que empezaba a entender que yo no era eso, como que esto solo era cáscara. No sé si me entendés. Empecé a irme en ese viaje…decía Yo no soy así. Bien raro… Viajando me ponía a pensar en un vergo de mierdas. Decía hoy debería pensar lo que yo quiera, ya maté a dios, ya todo está permitido”.

 

Mad Potter

 

A la mañana siguiente Ronnie se compró una rasuradora. “No me tripeó verme con bigote…como mosqueteros, algo así, maje”.
Fueron a traer sus cosas y disfrutaron 2 noches en el hotel antes de ponerse a pensar en sus compañeros de viaje.
Ya había pasado una semana y nada.

Revisaron sus correos y tenían un mensaje que les decía “Estamos aquí en Apartadó. Salimos mañana para Medellín, ¿y ustedes qué pedo?”. Era un mensaje recibido el día anterior. Les contestaron y salieron del ciber. Iban caminando por el parque Bolívar cuando escucharon unos pasos rápidos dirigiéndose hacia ellos. Se les tiraron encima. Era Maxi.
“Puta, justo estaba hablando de ustedes con Anderson y los vemos pasar”, les dijo él después de los abrazos.
Iban con bigotes similares, con algo de dinero del semáforo. Maxi se había lastimado la muñeca al estar acarreando piedras en uno de los trabajos que compartió con Anderson. “Se había dislocado la muñeca…andaba con una chibola. Se la habían sobado y no la podía mover”.
También habían ido donde la madre de su colega del hotel, dejándole las mochilas en depósito ellos también. Se fueron al hotel y ahí Maxi les contó que, a pesar de la fea lesión, había seguido haciendo su show de saltimbanqui.

Planificaron la salida temprana del día siguiente gracias a los tips que les dio Alex, un piedrero que habían conocido. Alguien que “no se daba la piedra así cruda, sino con mota” y que les enseñó otro semáforo. “Él era todo un clown, un show verlo en el semáforo…cagado de risa”. Ya cuando lo conocieron más, se dieron cuenta que perdía demasiado el control. Al mes de haberlo conocido habrían de verlo sentado, con lentes oscuros y las manos en su rostro, viendo a los “jiraferos” que eran todo un espectáculo tirando siete machetes. Ronnie se percataría luego de que la razón de su postura era que tenía la mandíbula trabada y no la podía controlar. “Estar arañado” se le decía allá a ese estado en donde la gente empieza a hacer muecas después de haber consumido en exceso. “A saber si por la piedra o también coca…pero era buena onda y a veces hablaba demasiado…y era de pararle el carro porque era muy loco… no te dejaba hablar, no te dejaba opinar. Él solo quería mantener la conversación”.

Esa mañana que siguieron el tip del aún no tan conocido Alex, “El gallo” estaba parado afuera de un negocio donde trabajaban unos pintores. Estos se pusieron a hablar con él. Eventualmente (por supuesto) le preguntaron si tenía “moño”. Cuando él les dijo que no, se escandalizaron. “¿Cómo? ¿Usted está trabajando y sin trabarse? No, parce. ¿Cómo va a ser eso?” , le dijo uno que luego le daría un poco de mota y le diría “Para que se trabe y trabaje. ¿Sabe qué? Yo voy a salir más tarde. Si quiere, vamos al barrio Antioquia (Equivalente a la Tutunichapa) y ahí se aliviana usted…porque aquí en Colombia todo hombre se traba y trabaja”.

Un señor viejo una vez les dijo (y no sabían que tan cierto era) que antes en Colombia vendían la cajetilla con puritos de marihuana ya armados, que eran 10 puritos y que no sabía por qué los habían prohibido. “Desde que mataron a Pablo Escobar aquí todo ha cambiado”.

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En los primeros días, antes de que se diera el reencuentro, Ronnie y “El gallo” habían ido a La Bolivariana donde conocieron a otros malabaristas. Les preguntaron de algún lugar donde hubieran más mochileros o malabaristas, un lugar donde pudieran alquilar un cuarto. Les hablaron de Santa Elena, un lugar que quedaba en la montaña y ya estaba lleno. Otro tipo que estaba cerca les dijo que estaban alquilando el segundo piso de donde él vivía. Los puso en contacto con el encargado y él accedió a alquilárselos a 200 mil pesos. Era una casa céntrica que incluía dos cuartos, la cocina, la sala y la azotea. En la esquina del barrio había un señor que vendía fruta; al frente, un mini-super; en la otra esquina, panadería y rosticería y otras facilidades más. Como Ronnie dijo que él ya había hecho su parte haciendo los contactos y hablando con el señor, “El gallo” tuvo que dar su DUI para el contrato. Ronnie tenía la impresión de que él le había estado huyendo a varias responsabilidades.

Para cuando llegaron los demás, ya el contacto estaba hecho y solo faltaba reunir el dinero.
“Es en la casa más grande en que he estado…desde la azotea se veía todo el centro de Medellín porque Medellín es como un valle y todos los barrios están en lomas. Por eso dicen que todas son nalgonas, porque todas suben siempre cuestas, gradas y todo”. En esa casa vivieron dos meses.

Habían conocido a dos “rolos” de Bogotá, quienes se convirtieron en sus proveedores. Estos andaban viajando con una gringa, encargada de guardar la mota porque no la revisaban. Ellos vendían las 4 onzas a diez mil pesos, equivalente a unos cinco dólares (luego supe que la onza aquí solía costar cinco dólares en ese entonces). Supieron de la ganga al dejarlos quedarse en la casa. Así que compraron mucha y produjeron ese inconfundible olor que molestaba a la señora que vivía abajo, quien le puso queja al señor arrendante. Él les dijo que por favor lo hicieran en la azotea o en el parque, que por él no había problema, “aquí de joven todos lo hacen”, pero les explicó que la gente ahí sí tenía problema con ello.
Aún así, ellos no siguieron los consejos. Por eso ya no les renovaron el contrato.
 
 
 
 
Esto fue lo último que hablamos al respecto Ronnie y yo.

Empezamos a platicarlo en marzo del año 2011, mes en el que también empecé a transcribir y publicar la historia en este blog. Creo que ya hasta mi manera de redactar cambió desde ese entonces. Pero no veamos el vaso medio vacío: esta no es una muestra de procrastinación, sino una muestra de mi perseverancia. Llegué a transcribir todo lo que podía transcribir y solo me tomó más de cuatro años. Por lo menos no estaban pagándome con los impuestos del pueblo como a aquellos que habrían de construir la Diego de Holguín.

Pero no voy a decepcionarlo con un final abrupto. Le diré lo siguiente:

De los cuatro, Anderson fue el que más tiempo se quedó allá en Sudamérica.

Ronnie eventualmente regresó aquí al país. Hizo más malabares, estudió teatro y luego se fue a México con su novia que también era muy buena con el arte callejero.

Ahora que ya tiene una historia 100% salvadoreña, solo tiene que escribir el guión y va a tener una buena película para hacer donde no solo la fotografía sobresalga.

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