Ronnie 15: el final

Mientras circulábamos por la carretera, sentí cómo se invertía mi avance hacia el norte (…), y sin embargo, viajar en aquel coche era como estar en el Paraíso. Retiré el vaho en una porción de la ventana empañada y vi pasar los árboles como exhalaciones. Nuestra velocidad máxima debía de ser de unos treinta kilómetros por hora en aquella carretera tortuosa; aun así, tenía la sensación de que nos movíamos con una rapidez inexplicable, transformado el paisaje en algo general más que concreto, que ya no me incluía, sino que se quedaba discretamente al margen.

Cheryl Strayed
“Salvaje”
p. 172

 

Al salir de Acandí, el agua del mar se le mostraba distinta a Ronnie. Era cafesosa, bastante sucia y luego le seguía una línea donde se ponía amarillenta.
En Turbo apestaba por la pesca, por los barcos de carga. No era una posibilidad atractiva y no probaron haciendo plaza ahí. Se fueron directamente a buscar un bus que los llevara a Apartadó. De ahí podrían tomar autobuses hacia cualquier lugar.

Como ya no tenían mucho dinero, decidieron pedir ride (aventón).

Coaster

Coaster

Ronnie se acercó a la primera coaster que iba saliendo. El motorista accedió a llevarlos.
“Fue una sensación bien rara, pero yo sentía que íbamos tan rápido que me dio algo de miedo, maje porque caminando…despacio. En la carreta era lo más rápido…y no todas las veces nos subíamos en una lancha”. Ronnie veía los árboles pasar por la ventanilla y no podía evitar agarrarse con más fuerza. “El gallo” también sentía lo mismo.
“Toda la gente se nos quedaba viendo. Y de voladas, apestábamos, a sudor y todo. Yo no me había cambiado ropa ni aquel maje, ni zapatos, ¡Ni calcetines nos habíamos puesto!”

En Apartadó había dos semáforos. Fueron a uno.
Aunque no pasaban tantos carros, no la pasaron tan mal y sacaron un poco de dinero. Creyeron que con eso podrían negociar con algún otro motorista. Alguien antes les había dicho que eso era posible si les explicaban cuánto exactamente tenían. Así que intentaron con un hombre. Les salió pesado y les dijo que lo menos que les podía cobrar era 40 mil por cabeza. Como no tenían suficiente, les dijo que se rebuscaran.

Se quedaron ahí parados pensando cómo hacer, cuando el tipo regresó a decirles nuevamente que se rebuscaran, que él los veía que no hacían nada: hable con la gente, enamore a la gente, haga así su marometa; póngase vivo, hijo. Así que, regañados, empezaron a hacer plaza. Hicieron en varios rincones de la terminal, pero casi no sacaron nada.

Por consejo de alguien, salieron a probar en los parques.

“Ahí creo que es una de las veces que más plata he hecho en un día. Casi toda la tarde nos la echamos haciendo plaza”.
Iban caminando y les llegó el olor a marihuana.

Al buscar su procedencia, vieron un taller donde unos hombres y una mujer estaban “tostándose”. Los saludaron con la cabeza y les sonrieron. Los amistosos personajes del taller les preguntaron si querían. Como ya podrán imaginarse, se les unieron, antes de seguir en la jugada. Les dijeron de un parque de “yeyesones” donde podían ir (“¿De qué?”, pregunto yo. “Fresones, de bolas”, me dice Ronnie).
Desanduvieron el camino haciendo la misma ruta y ya no aguantaban la voz.
Estaban hartos.

Cuando la gente no cooperaba, ya de mal humor le decían a la gente: “Por culpa de gente como usted es que el artista no prospera”.

Al atardecer, habían reunido solo 50 mil pesos. No les alcanzaba para los dos boletos.

Llegaron a hablar con el señor y a pedirles que los llevara al 2×1. Él les dijo que no podía y que por eso les había dicho que se rebuscaran, que tendrían que dormir ahí. Eran casi las siete. Luego les dijo que le enseñaran las artesanías que tenían. “Vaya, guárdenlas. Ya vamos a ver qué hacemos”.

Cuando dieron las siete, este motorista llegó bien acelerado a pedirles que enseñaran las artesanías. Empezó entonces a llamar a unas mujeres. Les dijo que agarraran lo que quisieran.
Vamos a hacer un trueque. Demen (sic) un par de artesanías y se suben al bus”, les dijo.
Las tipas empezaron a elegir. Él les decía que agarraran rápido cualquier cosa.
Tomaron unas 6 pulseras gruesas que habrían costado unos 10 mil pesos cada una.

“Vi que las manos agarraban y agarraban. Y solo cerré la manta”.

Ahora sí los dejó subirse, no sin antes decirles que en el bus igual pagarían los 40 mil pesos que sí tenían.
“Ahí sí nos bajaron, maje. Casi la mitad del parche se llevaron”.

Ya sentados en la parte de atrás, podían lamentarse por cómo les dolían las plantas de los pies después de su andar por las plazas.
“Apestábamos. Nos apestaban las patas”.

Este bus los llevaba a Medellín. Aprovecharon a dormir un rato hasta que el bus hizo una estación para que la gente se estirara y comiera. “Había empanadas, carne y comida. Y nosotros sin plata”. Tenían 10 mil pesos que iban a usar para moverse en Medellín y buscar al hermano del tipo que hacía las puertas en el hotel donde trabajaron antes. “Willie creo que se llamaba”.
Estaban sentados cuando llegó una de las meseras y les dio una empanada a cada uno. “Ahí se las mandan, coman ustedes, nos dijo. Nos llegó a dar café…a saber de quién fue la caridad ahí… Nos llegaron a dar un pan más, creo yo. Comimos, nos tomamos un café y ya salió el bus”.

Por la mañana estaban en Medellín.

“Cuando llegamos a Medellín fue como ¡Juela, bicho! Mirá, ¡Ve! ¡CARROS! ¡EDIFICIOS! ¡SEMÁFOROS!…Ahí creo que yo fui el ansioso. Nos fuimos de una a El Poblado… Yo había entendido que el hermano de aquel vivía cerca del parque y llegaba a parchar al parque”. En el dichoso parque no había ni un artesano a esas horas de la mañana. Decidieron esperar, mientras fumaban. Ronnie se desesperó y empezó a preguntar por el tipo en las casas de alrededor. Nadie lo conocía.

Resignados, decidieron buscar un semáforo.

En uno, encontraron a un payaso haciendo equilibrio con una escalera. Hablaron con él, pero les salió bien cerrado, como si le quisieran quitar su semáforo. “Alguna mara así es…se pelea por los semáforos”.
Cuando hicieron su propio espectáculo en otro semáforo, no les fue muy bien. “Por nuestro mismo aspecto… No nos habíamos cambiado ni nada”. Al volver al parque, les dijeron que los artesanos normalmente llegaban alrededor de las cinco o seis de la tarde.
Para matar el tiempo, fueron a almorzar con lo sacado en el semáforo.

De regreso, ya encontraron artesanos instalados. Uno de ellos les dijo que Willie sí llegaba ahí, pero que quizá ese día no. Así que les hizo el favor de llamarle. Willie dijo que no estaba seguro si iría, que le llamaran luego para confirmar. Así que les tocó matar el tiempo explorando los otros puestos de artesanías.

 

Vieron el de una punk que les dijo “Es verdad que nosotros hacemos lo que nos gusta, andamos viajando…pero eso no quiere decir que voy a descuidar mi aseo personal. No quiere decir que me voy a tirar a la desgracia. Uno hay que guardar la estética porque eso es importante, chicos. ¿No creen que eso es importante?…Es cierto que somos punk, que somos anarquistas, pero eso no quiere decir que voy a andar apestosa”. Siguió aconsejándoles y diciéndoles que ella no podría vender si alguien llegaba a comprarle y ella tuviera mal olor.

Cuando uno googlea "Punk limpia"

Cuando uno googlea “Punk limpia”

 

Volvieron a llamarle a Willie. No iba a llegar.

El tipo que les hizo el favor de llamarle los llevó a donde un taxista para que los llevara a la casa del susodicho. No era nada cerca de El Poblado.

Cuando llegaron, encontraron a un Willie que no estaba en sus cinco sentidos. Le explicaron que su hermano les había hablado de la posibilidad de un cuarto, pero él dijo “yo creo que no se puede…pero esperen a mi mamá y hablen con ella”. Preguntaron si por lo menos les permitía quedarse ahí durante la noche. Les respondió igual de dubitativo. En todo caso, les dijo, abajo podían encontrar unos hostales o también podían ir al cuartel de bomberos porque ellos a veces dejaban que personas se quedaran ahí.
Mientras llegaba la señora, salieron.
En el hostal, pasar la noche costaba 20 mil pesos.

En el cuartel, uno de los bomberos les dijo de entrada que no era posible que se quedaran ahí, que los estaría poniendo en riesgo y que además no tenía la autoridad como para permitírselos.
Entonces se les ocurrió ir a la iglesia. Ahí no quisieron dejarlos entrar. El padre, les dijeron, regresaría hasta la noche.
“Ahí sí me sentí tri-frustrado, decepcionado, bien mierda, maje. Yo hasta pensaba poner la tienda en un parque o algo así”.

Ronnie estaba muy molesto con la actitud de Willie. Como le había remordido la conciencia, no se quedó con el collar que le mandaba el hermano. Se lo dio, pensando que el tipo iba a ayudarles. Y no fue así. Ahora se arrepentía. “El gallo” le dijo que se tranquilizara y se encaminaron nuevamente a la casa.

La señora ya estaba ahí. Se había entusiasmado al ver las mochilas, creyendo que su otro hijo había llegado. Estuvieron hablando sobre él durante un rato con ella, que sí les salió amable y se tomó el tiempo de explicarles que el susodicho cuarto ya estaba alquilado desde hacía un mes. Pero también les dijo que en el centro podrían buscar lugares más baratos y les ofreció lugar para que pasaran esa noche, una ducha y arroz y frijoles para comer.

Ronnie se dio cuenta que la arena que andaba llevando entre los dedos se los había desangrado. También tenía ampollas en la planta, por lo que decidió acolchar el zapato con papel higiénico que, desgraciadamente, no contrarrestaba el mal olor.

Pidieron permiso para dejar ahí las mochilas grandes y, temprano en la mañana, se encaminaron a un semáforo. Regresaron a El Poblado. “Ya nos salió más, cerote. Ya nos vieron arreglados, bañados, aseados y todo. Ya la gente colabora más. Y nos fue bien”.

Fueron cerca del parque Bolívar.

“Ahí empecé a ver una realidad. Como que también fui despertando de esa inocencia porque íbamos pasando por unas calles donde niñas, niñas bien bonitas, como muñequitas, pintados los labios así de rojo, prostituyéndose y oliendo pega. Había unas ya tiradas…y había unos travestis ya operados que ahuevo parecían mujeres, unas mujeres prostitutas así bien buenas, musicón en unas esquinas, en unos chupaderos, unos majes así que no se miraban fiables. Olía a mota porque ahí en todo lugar te vendían mota…coca también”.
Después del sórdido paisaje, hallaron el hotel Napoli donde la noche costaba 13 mil pesos (Unos seis, cinco dólares, en ese momento). Al fin estarían durmiendo en una cama.
“Y me vi en el espejo. Puta, cerote. Me vi con la barba, con el bigote…y como que en todo ese tiempo que no me había visto en un espejo, me había olvidado. Eso también fue una experiencia bien rara, maje. No me acordaba mucho de mi cara, cerote…como que empezaba a entender que yo no era eso, como que esto solo era cáscara. No sé si me entendés. Empecé a irme en ese viaje…decía Yo no soy así. Bien raro… Viajando me ponía a pensar en un vergo de mierdas. Decía hoy debería pensar lo que yo quiera, ya maté a dios, ya todo está permitido”.

 

Mad Potter

 

A la mañana siguiente Ronnie se compró una rasuradora. “No me tripeó verme con bigote…como mosqueteros, algo así, maje”.
Fueron a traer sus cosas y disfrutaron 2 noches en el hotel antes de ponerse a pensar en sus compañeros de viaje.
Ya había pasado una semana y nada.

Revisaron sus correos y tenían un mensaje que les decía “Estamos aquí en Apartadó. Salimos mañana para Medellín, ¿y ustedes qué pedo?”. Era un mensaje recibido el día anterior. Les contestaron y salieron del ciber. Iban caminando por el parque Bolívar cuando escucharon unos pasos rápidos dirigiéndose hacia ellos. Se les tiraron encima. Era Maxi.
“Puta, justo estaba hablando de ustedes con Anderson y los vemos pasar”, les dijo él después de los abrazos.
Iban con bigotes similares, con algo de dinero del semáforo. Maxi se había lastimado la muñeca al estar acarreando piedras en uno de los trabajos que compartió con Anderson. “Se había dislocado la muñeca…andaba con una chibola. Se la habían sobado y no la podía mover”.
También habían ido donde la madre de su colega del hotel, dejándole las mochilas en depósito ellos también. Se fueron al hotel y ahí Maxi les contó que, a pesar de la fea lesión, había seguido haciendo su show de saltimbanqui.

Planificaron la salida temprana del día siguiente gracias a los tips que les dio Alex, un piedrero que habían conocido. Alguien que “no se daba la piedra así cruda, sino con mota” y que les enseñó otro semáforo. “Él era todo un clown, un show verlo en el semáforo…cagado de risa”. Ya cuando lo conocieron más, se dieron cuenta que perdía demasiado el control. Al mes de haberlo conocido habrían de verlo sentado, con lentes oscuros y las manos en su rostro, viendo a los “jiraferos” que eran todo un espectáculo tirando siete machetes. Ronnie se percataría luego de que la razón de su postura era que tenía la mandíbula trabada y no la podía controlar. “Estar arañado” se le decía allá a ese estado en donde la gente empieza a hacer muecas después de haber consumido en exceso. “A saber si por la piedra o también coca…pero era buena onda y a veces hablaba demasiado…y era de pararle el carro porque era muy loco… no te dejaba hablar, no te dejaba opinar. Él solo quería mantener la conversación”.

Esa mañana que siguieron el tip del aún no tan conocido Alex, “El gallo” estaba parado afuera de un negocio donde trabajaban unos pintores. Estos se pusieron a hablar con él. Eventualmente (por supuesto) le preguntaron si tenía “moño”. Cuando él les dijo que no, se escandalizaron. “¿Cómo? ¿Usted está trabajando y sin trabarse? No, parce. ¿Cómo va a ser eso?” , le dijo uno que luego le daría un poco de mota y le diría “Para que se trabe y trabaje. ¿Sabe qué? Yo voy a salir más tarde. Si quiere, vamos al barrio Antioquia (Equivalente a la Tutunichapa) y ahí se aliviana usted…porque aquí en Colombia todo hombre se traba y trabaja”.

Un señor viejo una vez les dijo (y no sabían que tan cierto era) que antes en Colombia vendían la cajetilla con puritos de marihuana ya armados, que eran 10 puritos y que no sabía por qué los habían prohibido. “Desde que mataron a Pablo Escobar aquí todo ha cambiado”.

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En los primeros días, antes de que se diera el reencuentro, Ronnie y “El gallo” habían ido a La Bolivariana donde conocieron a otros malabaristas. Les preguntaron de algún lugar donde hubieran más mochileros o malabaristas, un lugar donde pudieran alquilar un cuarto. Les hablaron de Santa Elena, un lugar que quedaba en la montaña y ya estaba lleno. Otro tipo que estaba cerca les dijo que estaban alquilando el segundo piso de donde él vivía. Los puso en contacto con el encargado y él accedió a alquilárselos a 200 mil pesos. Era una casa céntrica que incluía dos cuartos, la cocina, la sala y la azotea. En la esquina del barrio había un señor que vendía fruta; al frente, un mini-super; en la otra esquina, panadería y rosticería y otras facilidades más. Como Ronnie dijo que él ya había hecho su parte haciendo los contactos y hablando con el señor, “El gallo” tuvo que dar su DUI para el contrato. Ronnie tenía la impresión de que él le había estado huyendo a varias responsabilidades.

Para cuando llegaron los demás, ya el contacto estaba hecho y solo faltaba reunir el dinero.
“Es en la casa más grande en que he estado…desde la azotea se veía todo el centro de Medellín porque Medellín es como un valle y todos los barrios están en lomas. Por eso dicen que todas son nalgonas, porque todas suben siempre cuestas, gradas y todo”. En esa casa vivieron dos meses.

Habían conocido a dos “rolos” de Bogotá, quienes se convirtieron en sus proveedores. Estos andaban viajando con una gringa, encargada de guardar la mota porque no la revisaban. Ellos vendían las 4 onzas a diez mil pesos, equivalente a unos cinco dólares (luego supe que la onza aquí solía costar cinco dólares en ese entonces). Supieron de la ganga al dejarlos quedarse en la casa. Así que compraron mucha y produjeron ese inconfundible olor que molestaba a la señora que vivía abajo, quien le puso queja al señor arrendante. Él les dijo que por favor lo hicieran en la azotea o en el parque, que por él no había problema, “aquí de joven todos lo hacen”, pero les explicó que la gente ahí sí tenía problema con ello.
Aún así, ellos no siguieron los consejos. Por eso ya no les renovaron el contrato.
 
 
 
 
Esto fue lo último que hablamos al respecto Ronnie y yo.

Empezamos a platicarlo en marzo del año 2011, mes en el que también empecé a transcribir y publicar la historia en este blog. Creo que ya hasta mi manera de redactar cambió desde ese entonces. Pero no veamos el vaso medio vacío: esta no es una muestra de procrastinación, sino una muestra de mi perseverancia. Llegué a transcribir todo lo que podía transcribir y solo me tomó más de cuatro años. Por lo menos no estaban pagándome con los impuestos del pueblo como a aquellos que habrían de construir la Diego de Holguín.

Pero no voy a decepcionarlo con un final abrupto. Le diré lo siguiente:

De los cuatro, Anderson fue el que más tiempo se quedó allá en Sudamérica.

Ronnie eventualmente regresó aquí al país. Hizo más malabares, estudió teatro y luego se fue a México con su novia que también era muy buena con el arte callejero.

Ahora que ya tiene una historia 100% salvadoreña, solo tiene que escribir el guión y va a tener una buena película para hacer donde no solo la fotografía sobresalga.

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Ronnie 14: En Acandí

Ronnie y “El Gallo” pensaban que en dos días habrían recorrido el trayecto de Capurganá hasta Acandí.

Acandí

Antes de irse fueron a despedirse del tipo que estaba haciendo las puertas del hotel, quien se estaba quedando en una casa bien bonita con vista al mar. Al llegar, los invitó a una sopa de despedia. Les dijo que nunca dejaran de viajar, que es lo mejor que podían hacer, que nunca dejaran de hacer lo que les gustaba, “de cosas así…y de drogas, también. Fumamos…Nos despedimos….Yo me había hecho bien chero del maje porque también bailaba break…el maje tenía 30 años ya y, en sus tiempos, había bailado…A veces yo llegaba a la casa solo para tripear…y a veces es vergón hablar de cosas que se entienden…Era vergón porque nos entendíamos; en cambio con aquellos majes, yo a veces practicaba y nada…El maje me decía yo sé esto y nos poníamos a joder ahí”.

El tipo les contó que su madre tenía una casa en Medellín donde vivía con sus otros dos hijos. A la par de ese apartamento, había un cuarto que la señora podría alquilarles. Él además tallaba collares que, a veces, tenían caras. Antes de dejarlos ir, les entregó un collar para que se lo dieran a uno de sus hermanos, quien también parchaba en un parque de la exclusiva zona El Poblado. “En su mirada noté…ahuevo es para mi hermano, pero yo sé que vos te lo vas a agarrar. Y yo lo agarré, “ahí se lo voy a dar”. Y solo se me quedó viendo y se me quedó viendo como “si te lo agarras no hay problema”, algo así”.

Empezaron a caminar.

Caminaron y caminaron.

Dieron las cuatro de la tarde y aún no habían alcanzado ni la primera montaña. Se detuvieron a preguntar en una casa. La señora que ahí vivía les dijo que estaba lejos y aún tenían que pasar dos montañas, antes de llegar a un plan desde donde la llegada sería más fácil.

Siguieron con las mochilas a cuestas.

Llegaron a una casa con un jardín enorme en donde había un árbol de mangos. El dueño les comentó que recientemente había pasado un par que iba en la misma ruta que ellos con la intención de acampar. Les dijo que ya no les faltaba mucho para llegar y les ofreció mangos. Aunque habían estado comiendo eso desde hacía tanto, Ronnie pensó que no llevaban nada más. “Solo habíamos comprado mota…pues sí, era importante…el chef le regaló (a El Gallo) hachís, unas cuatro bolitas, dulce de panela… llevábamos agua y…solo eso llevábamos”. Con la tienda, el monociclo y, desde ese momento, los mangos, las mochilas se habían hecho más pesadas.

Yo pregunté cómo decidieron que ellos se llevaran la tienda. Ronnie dice que que los otros accedieron cuando ellos explicaron que la caminada requeriría acampar durante dos noches.

Después de otro rato de andar, Ronnie sacó unos mangos de la mochila y los dejó, solo se llevó un par en las manos.

En la loma, “era bien loco…igual que en Sapzurro vi figuras así tipo en un cuento de hadas, tipo en Capurganá cuando nos metíamos en la montaña a joder o a conseguir aguacates o mangos. Hubo una vez que en Capurganá, en una vereda, había un lugar tipo un mariposario…había una maitra dándose los rones, andaba bien a verga. Otra vez, el caleño nos llevó por una vereda… los bejucos formaban un túnel y en el túnel había como veraneras adornándolo… al final, había un círculo y en medio de ese círculo había un gran árbol que daba sombra y cabal todo el círculo estaba lleno de hojas secas…y abajo del árbol había una banca de madera… y el árbol había botado unas flores como rojas…alrededor todo eran árboles, todo espeso…cuando vi eso me dieron ganas de tener una cámara. Solo aquí lo tengo”, me dijo tocándose la cabeza.

Encontraron unas veredas que le parecían bien siniestras porque se miraba el camino claro y luego ya no se veía nada, todo estaba bien oscuro.

Iba oscureciendo cada vez más. Camino arriba se encontraron aún más lodo del que había en la ruta a Sapzurro. Se enlodaron los pies en ese camino resbaloso que eran aún más difícil a causa de las mochilas. “El monociclo ya lo llevaba y lo tiraba”. En la cima, montaron la tienda porque empezó a lloviznar.

Así pasaron esa noche rodeados de silencio. Ronnie pensaba en sus compañeros que se habían quedado y en qué venía después ya que ni siquiera conocían la ruta. Sus pensamientos se vieron interrumpidos con el fuerte zumbido de un animal fuera de la tienda; pero ninguno se atrevió a salir a ver qué era. Para pasar el tiempo decidieron leer “Un actor se prepara” de Konstantin Stanislavsky. Sí, yo también me pregunta quién anda llevando ese libro cuando andan mochileando. Ronnie era el dueño. Lo llevó al viaje a petición de Anderson, quien se había comprometido a cuidarlo durante todo el trayecto. Este compromiso se rompió en Costa Rica donde ya lo dejaba aventado. En Capurganá, Ronnie decidió llevárselo consigo. Comieron, leyeron y se durmieron.

Un actor se prepara

A la mañana siguiente continuaron bajando la loma. Se encontraron un árbol caído por debajo del cual tuvieron que pasar y seguir la interminable faena. Ahí estaba Ronnie otra vez tirando el pobre monociclo porque no había manera de pasar los obstáculos con él en la mano. Llegaron a una bifurcación junto al río. Se decidieron por una ruta bien hecha, creyendo que esta los llevaría hasta la segunda montaña; pero resultó siendo un camino a un potrero que había sido creado por las mismas vacas. Todas las vacas se les quedaron viendo fijamente, desconcertándolos. Bajaron con la idea de encontrar el camino detrás del potrero, espantándolas a todas. Al desperdigarse, dejaron ver un portón, hacia el cual se dirigieron ellos. Mientras pasaban, las vacas fueron acercándose una a una, despacito, ahora espantándolos a ellos. Aún así, pasaron y volvieron a ver el río. Eventualmente arribaron a una casa en donde estaba una señora con su hijo. Ella se asustó, así que se le presentaron como mochileros. Le preguntaron por la ruta y ella se las confirmó. Luego le pidieron agua y les dio. Después les dijo “Si les diera comida, ¿se la comerían?”. Le dijeron que sí, con entusiasmo. “¿Arroz y un pedacito de pollo está bien?” “Si usted quiere”, le dijo Ronnie. Así se comieron este desayuno/almuerzo acompañado hasta de un fresco, antes de proseguir su camino.

Estaban junto al río, donde se suponía que debían estar, pero no encontraban el dichoso segundo portón y cada vez se iban desesperando más. A pesar de la anchura del río, decidieron cruzarlo con todo y zapatos. Del otro lado hallaron a un hombre a caballo que les indicó hacia dónde debían dirigirse. Llegaron a la otra montaña. Aunque esta era menos alta que la anterior, subirla fue más difícil. Los senderos estaban más lodosos y los caminos eran más estrechos. A “El gallo” se le terminaron de romper los zapatos cuando estaban a punto de llegar a la cima. “Ahí el maje se emputó. A la gran puta, dijo. Aventó la tienda. Vale verga, dijo. Se quitó los zapatos y los aventó tri-emputado. Pero tri-emputado, cerote. Yo solo me le quedé viendo. No le dije nada”. Aunque andaba otro par de zapatos en la mochila, decidió terminar de subir descalzo. Llegaron al plan. Eran alrededor de las dos de la tarde.

Zapato sin marca porque no hago publicidad gratuita

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Estaban en el dichoso plano y solo podían ver frente a sí toda la ruta que faltaba por andar. Caminaban ahora más despacio aguantando el sol y sin ver ni un alma. Decidieron descansar a la sombra de un mango y comieron (otra vez) mangos. En eso apareció un caballo halando una carreta. A pesar de ser los únicos en toda la zona, empezaron a hacerle señas escandalosamente para que parara. En la carreta iba un señor con 3 niños que accedió a darles un aventón. Así, el pobre caballo viejo llevaba su carga, a cuatro seres y ahora dos mochileros con su respectivo equipaje. “Le pegaba al animal y, yo como venía con esa onda de la naturaleza, solo veía como le pegaba el hijueputa”.

En un hoyo con lodo se atascó una rueda de la carreta. El caballo intentaba sacarla con todas sus fuerzas, mientras el tipo le pegaba. Ellos, a pesar de la oposición del señor, se bajaron para empujar junto al mayor de los niños. Tenían más fuerza por haber chupado de su dulce de panela en el camino. Lograron que saliera la rueda y llegaron a otro potrero. Ahí ellos se pusieron a sobar al pobre caballo y a agradecerle por irlos llevando. Era un tramo bien largo. Aun sobre la carreta, tardaron alrededor de dos horas.

Alrededor de las 5:00 iban llegando a Acandí.

En Acandí, Ronnie tuvo la idea de ir a buscar la iglesia. “Es la casa del señor, viejo. No nos pueden decir que no no nos pueden dar chance”. Les costó decidirse, pero fueron. El padre les dio agua y se disculpó por no poder dejarlos acampar ahí; sin embargo, les dijo que no había problema si decidían ir y acampar en la playa. Le preguntaron si les permitía cocinar ahí su libra de arroz. El padre fue a consultar con la encargada de la cocina y, al volver, les dijo que ellos ya tenían arroz cocinado y los invitó a una comida de verdad.

Al salir se disponían a irse a acampar; pero decidieron primero probar suerte con los malabares. No sacaron mucho dinero.

Se fueron nuevamente al parque frente a la iglesia.

Estaban a media misa y decidieron esperar a que esta terminara. “Agarrémoslos así…mansos”. Decidieron usar un farol como su luz cenital. Cuando salió la gente de la iglesia, empezaron a gritar: “Atención…el circo…y les valió verga, maje. Solo nos vieron, ¡Ah, qué bonito! Y se fueron y nosotros jugando ahí en el cenital”. Guardaron sus cosas y se fueron a dormir.

cenital

Habían cerrado solo el zipper del mosquitero en su tienda. Se dieron cuenta de que fue mala idea cuando, de madrugada, Ronnie movió el pie, metiéndolo en el charco que se había formado dentro a causa de la inesperada lluvia que había caído. Su sleeping estaba empapado. “Mi sleeping era…era del duende, pero yo me lo quedé….era bien grueso y estaba algo viejo y más lo mojado, pesaba un vergo. Y yo no quería tener peso ya. Estaba harto, viejo, de andar cargando esa mochila durante todo ese rato”. Así que, en la mañana, Ronnie se dejó llevar por sus impulsos y decidió abandonarlo ahí.

Se fueron a comprar los boletos hacia Turbo que costaban 30 mil pesos.

Tomaron la lancha y Ronnie, en altamar, se decía a sí mismo que esa quizá esa sería la última vez que vería el mar en mucho tiempo, pensaba que era el principio de algo más y le angustiaba que ya llevaban mucho rato sin ver semáforo alguno.

End

Ronnie 13: Turbo, descargas y una separación

La última vez nos quedamos con los cuatro viajantes atrapados en Capurganá.

En uno de esos días, un señor proveniente de Pereira con dientes negros, les contó que él llevaba ya tres meses atrapado en Capurganá sin poder sacar el dinero para el pasaje. La lancha cobraba 60 mil pesos para ir a Turbo o, con rebaja, 50 mil pesos. Entre El Gallo y Ronnie ya tenían 30 mil pesos; los otros dos tenían 10 mil cada uno.

La historia que les contó este señor de dientes especiales es la siguiente: había hecho dinero en 3 años que estuvo en Costa Rica, pero terminó gastándoselo todo en piedra. Dijo que cuando su mujer se hartó, se llevó a la hija de ambos a España. Su meta era regresarse a Costa Rica, hacerse de dinero y buscar a la hija en la madre patria.

mapa 2 nombres

Con él fueron en alguna ocasión a Sapzurro. Ahí él les mostró su interés en la actuación al compartirles un monólogo que le gustaba.

En Sapzurro también conocieron a un artesano que había llegado a Capurganá sin nada y que, durante sus primeras noches, dormía abajo de una mesa de madera. En las mañanas tenía que levantarse porque la mesa era usada para exhibir mercadería. Les contó que así pasó durante una semana, en la cual no vendía mucho. Poco a poco, empezó a hacer contactos y consiguió huéspedes para los hoteles del área a cambio de una comisión. Para ese momento, ya llevaba tres meses ahí. Ya tenía dónde quedarse y andaba tranquilamente con su botella de ron, la que por lo menos compartió.

En esa visita a Sapzurro no consiguieron trabajo. Fueron a preguntar a una escuela en construcción donde la arquitecta  a cargo (bien buena) les dijo que ya no había plazas. Volvieron a la zona en otras tres visitas y solo hallaron trabajo en una de esas. Cargaron madera para ganar 10 mil pesos a cada uno. Pero esa vez fue bien duro, maje, porque sí pesaba la madera; estaba mojada. La segunda vez que fueron, conocieron a un artesano viajero, cuya esposa era maestra. Había sido artesano ya por 20 años. Les dijo que de Capurganá uno podía irse caminando hasta Acandí. El detalle es que la caminata duraba dos días. El tipo ya la había hecho antes a pesar de sus 45 años, años que no aparentaba en lo absoluto. El Gallo y Ronnie se planteaban la idea de hacer esa caminata, pues de ahí a Turbo el viaje en lancha solo costaba la mitad, 30 mil pesos.

Hubo una noche en la que decidieron volver a irse a dormir al kiosco, pero les cayó una tormenta encima. Tuvieron que pararse para mojarse menos y que escurriera su sleeping. Así veían el reflejo de los relámpagos en el mar. Cuando pasa el agua, teníamos mota y fuego, pero no teníamos ni papel ni pipa…y estaba la mota y no la podíamos fumar. Fue bien frustrante: después de aguantar la valida de verga, aguantar el agua y el frío, maje. Teníamos mota y no teníamos papel ni nada. Y no fumamos. La cagamos.

Rolo, el “dueño” del hotel (realmente solo un arrendante) les tuvo luego más confianza y los dejó quedarse en el segundo nivel, les permitió también usar la cocina y cortar un gajo de guineos de una plantación cercana. El plátano frito y los mangos los llenaban.

Unas dos semanas después llego el que sería chef del hotel. Llevaba hachís desde Bogotá y compartió con todos. A los demás les vendía las chibolitas a 20 mil pesos. Pero el maje era bien buena onda. Yo le sentía como un aire de que era gay, maje; pero nunca hablamos de eso.

En una ocasión en la que fumaban con pipa, Ronnie dice que se quedó “trabado”. Empezó a toser por un buen rato hasta que se quedó ido viendo el mar. Luego vio las iguanas enormes del jardín. Empecé a ver cómo subían al árbol, cerote…pero las empecé a ver tan lento, maje…como todo el movimiento venía de aquí, cómo hacían los pies y cómo cada vez que se agarraban, se contraía el músculo. ¡Todo eso lo miraba, cerote!

El artesano a cargo de tallar las puertas y el rótulo del hotel llegaba por las noches. Sabían por su respiración que era fanático de la coca. De ahí que el dueño le proporcionara “diversión” en la noche con la segunda intención de apurar su labor. A veces, cuando Ronnie y El Gallo regresaban, escuchaban la música y sabían que arriba estaban él, el “dueño”, el cocinero y Maxi y Anderson como espectadores. En una ocasión, Rolo les enseñó en su laptop fotos de su esposa. Maxi, curioseando, encontró otras fotos de ella con otro tipo. Mi pregunta lógica fue si ellos tenían una relación abierta. La respuesta es no. Rolo no sabía y empezó a putearla. Aparentemente la computadora era de ella. No me pregunten qué tan inteligentes eran esos esposos.

Estas fiestas nocturnas duraron un mes.

Hubo un momento en que se enteraron que llegaban barcos de carga. Llegaban los miércoles y sábados. Uno tenía la oportunidad de ayudar con la descarga si llegaba temprano. Un señor chiquito, fortachón y con el ojo gacho, con cara de estafador, se encargaba de organizarlos. Cuando llegaron un día, ya estaban todos los elegidos. Obviamente le iban a dar prioridad a la gente local. No les querían dar oportunidad a ellos, pero se quedaron ahí. Cuando llegó el barco, empezaron a ayudar así sin estar “en la nómina”. El tipo accedió a que se quedaran dos, fueron Ronnie y Maxi. Eventualmente dejó que se quedaran los cuatro, pero aclarando que no les iba a pagar igual.

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Llevaban muchas cosas: papas, cable de electricidad enrollado y barriles de gasolina, entre otros. Estos últimos eran lanzados al agua para que la mano de obra nadara y los empujara hasta la orilla, desde donde luego se llevarían rodando hasta el pueblo. De eso se encargaban unos muchachos de unos dieciocho años. Al principio, Anderson quiso ir, pero luego ya no se atrevió. Ronnie, El Gallo y Maxi habían ya llevado pesados quintales de papas al camión, cuando le tocó el turno a Anderson. Recibió el suyo y se vio como flaqueaba. Iba caminando desde el muelle, se iba yendo de lado poco a poco…y toda la mara haciéndoselo mierda: “¡Uy, uy, se le cae! ¡Qué marica! No puede con un saco de papas” Y yo dije: “Si se cae a la playa, sí la va a cagar” Y ahí a saber de dónde sacó fuerzas, maje, y ya se niveló. Y toda la mara aplaudiéndole. Bien cagado de risa, maje…ya se le empezó a ver otro carácter al cerote.

Luego bajaron unas 100 o 200 bolsas de cemento, hierro, alambre y sodas.

Descargaron todo el día.

Por si lo necesitaban, ese día también hubo un poco de drama. Entre Maxi y Ronnie. Maxi estaba casi dando órdenes y les decía cosas como “Poné cara de vivo”. Y todos estábamos haciendo el mismo trabajo, maje. Se empezó a poner en esa actitud y yo “agarrala al suave, maje”, “No me estés hablando así”, “¿Cómo así pues, maje?”, “Come mierda”, “Come mierda vos, pendejo”, “¿Cómo que pendejo?”, “¿Y qué pasa, pues?”. Pero hasta ahí quedó. Luego ya no se dijeron nada.

El del ojo gacho no les quería pagar en ese momento. Ellos le dijeron que por lo menos les diera ese mismo día la mitad pues no tenían nada. Maxi dijo que a él se lo pagara todo después. “La otra semana les voy a pagar”, les dijo. No les pagó, así que lo empezaron a seguir. Todos los días le preguntaban y él les contestaba que aún no tenía la paga. Hasta que un día se le pegaron durante todo el día y no se le despegaron ni un solo momento. Así sí, molesto y sin poder zafarse, les pagó.

Descargaron ahí solo una vez más.

Cuando ya cumplían el mes, su parche tenía mucho producto, pero seguían sin vender nada.

Otro día en que los cuatro estaban en la plantación de bananos del hotel, vieron una gran iguana. Se preguntaron qué hacían, si se la comían. Empezaron a agarrar piedras. Ella los oyó y se metió en un arbusto. Rodearon el arbusto y, de repente, vieron a Maxi yéndose contra ella con un gran palo que resultó estar podrido y se le quebró. Eso la asustó y la hizo correr. Pero ellos lograron rodearla. Notaron que estaba lastimada de una pata y que, aun patojeando, se regresó al arbusto. Si creen que aquí va el momento en que se compadecen y cambian de opinión, lamento romperles el corazón porque no fue así. Agarraron más piedras y se las tiraron. Maxi le pegó con una gran piedra para rematarla. La amarraron de los pies y de la cola y la metieron al bolsón. Tenían comida para la cena y el almuerzo. El dueño del hotel les dijo que eran unos caníbales. En realidad se preocupaba por las iguanas que tenía en el jardín y que eran atractivo para los turistas. En todo caso, la esposa del cuidador la cocinó.

Anderson, para entonces tenía la costumbre de ir a pescar. Pero nunca atrapaba nada. Un día tuvo suerte y había capturado a unos cuatro pececitos que llevó al hotel. Su alegría no duró mucho cuando vio que la misma mujer del cuidador venía con un gran pescado en la mano y luego le contó que ella iba caminando, cuando vio una gran ola y, en medio de ella, venía el pescado. Cuando ella lo vió, lo agarró, lo golpeó y se lo llevó.

Un día, iban caminando tranquilamente fumando su purito. En la otra dirección, se acercaba una pareja. Tras ellos caminaba molesto un señor. “¿Eso es moño?” “Ah, sí, ¿quiere?”. Él dijo que sí y le dieron. Metió la cabeza dentro de su camisa para encenderlo. No pudo. Se lo encendieron ellos y lo dejaron fumar. Les dijo que estaba ahí por tres días y les pidió que le consiguieran moño para él. Les dio 20 mil pesos. Se comprometieron a llevársela en la noche. Ellos le consiguieron 10 mil en mercancía, a precio de 3 mil pesos (normalmente la vendían a 5 mil).

Moño

En la noche, Ronnie estaba junto al parche, cuando reconoció al señor viendo las artesanías. Ronnie y El Gallo le dieron su producto. El señor luego les invitó a cervezas, donde compartieron historias de viaje. Él les dijo que él también andaba viajando, con su hija que se había casado con ese “hijueputa”. Al terminar de beber, les preguntó cuáles eran las artesanías que ellos hacían. Junto a ellos, había parches enormes; pero él quería ver solo las cosas de ellos. Ronnie se puso ansioso y empezó a trabajar al señor. No sé si soy así todavía, como que muy ansioso…cuando quería vender, empezaba a hablar. “Yo los voy a ver”, le dijo él. Al final eligió tres piezas. Le salían como 30 mil pesos, pero les dio 40 mil. Se fue y al día siguiente prosiguió su viaje con la hija y el yerno.

Con ese dinero (más lo otro ahorrado) finalmente podían irse.

Ronnie y El Gallo fueron a comprarse pan dulce y unas arepas para celebrar.

Estaban decididos a hacer la caminata. Yo ya no quería estar ahí, yo ya quería ir a un semáforo. Ya teníamos como dos meses y medio de no tener nuestro propio dinero, de no comprar lo que vos quisieras.

Ronnie percibió que Maxi se incomodó porque no lo habían tomado en cuenta ni a él ni a Anderson en la decisión, especialmente cuando dijo “A pues nos vamos a quedar todavía más tiempo”.

¿Usted también nota la ironía? Se trataba de los dos que más peleaban en un inicio.

A pesar de eso, Ronnie y El Gallo decidieron mantener sus planes e irse al día siguiente.

Maxi y Anderson se quedaron, con la idea de estar una semana más, esperar un barco que quizá aceptaría su mano de obra con mayor facilidad, siendo menos. Así conseguirían el dinero necesario para irse y también para pagar una deuda que Anderson tenía con el dueño del hotel. Quedaron de verse dentro de una semana en Medellín. Se abrazaron y Ronnie y El Gallo se pusieron en camino.

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Era la primera vez que se separaban.

Ronnie 12: los guías turísticos

En todo Capurganá se apagaban las luces alrededor de las once de la noche cada cierto tiempo, facilitando el tránsito de la droga. Esto duraba una media hora o una hora completa. Era el momento de ir a dormirse y “no ver nada”.

Una de esas noches, después de fracasar con el parche, Ronnie y “El gallo” regresaron a la casa en construcción. Según ellos no había nadie; pero, en una de las tablas que funcionaban como andamios, estaba Maxi acostado viendo las estrellas. Ronnie también decidió hacerlo. El cielo estaba tri-estrellado y como estaba todo oscuro…fue hermoso, maje. A cada rato una estrella fugaz. Oyendo la naturaleza; ya no el mar, sino la montaña. Oías los grillos y a lo lejos oías a veces los monos, las culebras, las ranas. Veías las siluetas de los árboles. Bien loco, bien bonito. A veces hacíamos fogatas…y ya nos habían hablado de los hongos. Un día fuimos a los potreros; pero no encontramos nada, pero estuvo bueno el vacil en el potrero.

A las dos semanas el artesano que no obtuvo el tipo de mano de obra que esperaba les dijo “Bueno, parce. Yo ya hice la buena vibra. Pero ya necesito el espacio”.

Así que se fueron de ahí.

Otro artesano de Cali que andaba con su esposa y su hija y que había estado cinco años en Venezuela, de donde procedía su mujer, les comentó que había conocido a un tipo de Bogotá que recién había alquilado un hotel de nombre “Sol y luna”, con el propósito de ponerlo a funcionar. Les dijo que ya se había tomado la libertad de comentarle al susodicho que ellos existían y, finalmente, les recomendó ir y hablar con él. El tipo fue buena onda y también compartió otro porrito con ellos, cual taza de té inglesa. Era barista y quería que el hotel tuviera un concepto que girara en torno al café. Ellos, en su fumada, le sugirieron que hiciera un caminito con las piedras del arrecife. Él les dijo que podían ir a hacerlo en ese momento. Y todos fueron. “Me siento como Smeagol”, decía él. Después de todo, se atrevieron a preguntar si podían poner la tienda en el lugar y él no accedió porque tenía una vecina metida que podía chismearle a la dueña del hotel, pero se puso a pensar en otra forma de ayudarles. Le preguntaron si sería posible dormir en los pasillos y accedió a que se quedaran en el primer piso. Ronnie cuenta lo bonito que era el hotel de madera y la vista que se tenía desde la tercera planta. Usted puede leer la opinión de otros usuarios aquí.

Hotel sol y luna

Esa noche les tocó sufrir con la nube de zancudos, pero la única alternativa era sofocarse adentro de su sleeping bag*. Al día siguiente todos estaban llenos de picaduras. En la tarde, sus vecinos de parche se estaban riendo de su apariencia. En eso, una mujer de Cali, con la que medio habían hablado antes, oyó su historia y su poca suerte para vender, así que les regaló dos mil pesos a cada uno. “Yo les tengo lástima”, les dijo. Vencieron sus escrúpulos y aceptaron el dinero.

Yo pregunté si habían comprado repelente o algo.

¡Nombre! ¡Pan dulce nos fuimos a comprar!

El tipo les dio espacio para que dejaran sus cosas. Pero en el día tenían que salir a rebuscarse. Anderson ofreció sus servicios para hacer el caminito no-ecoamigable con las piedras del arrecife, Maxi se ofreció a ayudarle también; mientras El Gallo y Ronnie se volcaron a producir cosas para el parche. A veces también iban a buscar al pueblo. Ya la gente sabía que andaban buscando algo para hacer.

Las cosas ya habían cambiado. Anderson ya se había dado cuenta en el barco que tenía que poner cara de chumpe, ya en las islas empezó a entender y nos decía “Yo tengo que cambiar”; además ya había rebajado, todos estábamos bien flacos. Ronnie ya hasta podía meter cuatro de sus dedos en los shorts que andaba y andaban con barba.

Una de las cosas diferentes que había hecho Anderson era haber trabajado en una ladrillera donde hacían bloques y donde se había lastimado la espalda. Un día que Ronnie y El Gallo llegaron ahí, uno de los artesanos que tenía su hostal les dijo que acababa de llegar una pareja, que uno de ellos podía hacerla de guía por 20 mil pesos. Ofrecieron el servicio de ambos por el mismo precio. Llegaron a las 9 de la mañana, como convinieron, y ahí conocieron a la pareja. Eran jóvenes, de Medellín y tenían la parejita de niños. Pronto se pusieron en camino a Capurganá.

A media cuesta, la presión afectó a la señora. Se mareó y no podía respirar. Querían que se sentara, pero ella se rehusaba porque creía que iba a desmayarse. Ella estaba bastante arrepentida del viaje.

Quien les hizo el conecte ya había encargado los almuerzos con una señora en Sapzurro, pero solo había un almuerzo para el guía. Ronnie vio que era un plato significativamente más pequeño y, por suerte, la familia compró el otro almuerzo para él. Este sí era de tamaño normal, así que Ronnie comenzó a comérselo inmediatamente para que no se arrepintieran cuando vieran el tamaño del de El Gallo (con quien también lo compartió).

Los llevaron a La Miel y, cuando se hacía de noche, regresaron a Sapzurro para luego tomar una lancha de regreso a Capurganá. Ahí terminó la aventura de guías turísticos.

Seguían quedándose en los pasillos del hotel donde solo pernoctaba el vigilante y su mujer.

Por los zancudos decidieron ir a probar suerte en un lugar del que se habían enterado antes. Se trataba de una casa abandonada en cuyo patio había un kiosco que les podía servir de refugio. Lo podían usar porque el vigilante del lugar se iba alrededor de las seis. Fueron esa noche y luego siguieron usándolo ocasionalmente como primera estación antes de seguir con el parche.

 
 
* Disculpe mi alienación. Si usted lo conoce como saco o bolsa de dormir, aquí le dejo una imagen para ilustrarle.

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