Transacciones bancarias

El día de hoy estaba sentado en mi silla. En un banco horrible. El agrícola.

Estaba leyendo mi libro. Se tardaban tanto que me quedé dormido. Esta señora estaba del otro lado, así que se me acercó sin saber que iba a despertarme. Me dijo que me felicitaba por leer, que ahora eso se está perdiendo, que su hijo de 30 años no lee, que solo pasa pegado al teléfono.

Yo le dije “también puede leer en el teléfono”.

Me dijo que ella no puede porque se le cansa la vista con las letras chiquitas o cuando ve videos. Que tiene saldo para Internet, pero ni lo ocupa. Le dije que podía bajarle al brillo para que no se le cansara tanto. Y así seguía nuestra conversación fluida cuando de repente me preguntó “¿Buscabas a mi hermano?”“¿Y usted lee la biblia?”.

Me agarró desprevenido, así que fui honesto y le dije que no.

Ahí me dijo que debería, porque “así como la comida es el alimento del cuerpo, la biblia es el alimento del espíritu”. Se aseguró de que yo fuera católico y me preguntó si iba a misa. Ahí ya estaba listo para mentir y le dije que sí, que iba los domingos con mi mamá. Luego dije “Quizá ya nos van a llamar” cuando finalmente sonó la vocecita que llamaba a otro número. Me volvió a felicitar por leer, me preguntó mi nombre y luego me bendijo. No nos llamaron a nosotros. Pero yo seguí leyendo.

Cuando la llamaron, sonreí porque ella no sabía que yo estaba leyendo un libro de autor sodomita. No tenía que felicitarme la ingenua.

 

Beso Moix

LIbro satánico en cuestión

 

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Religiosidad y el Pride 2018

Soy católico, así que puedo decir todo lo que sigue porque estoy hablando de un grupo al que pertenezco.

 

naughty

 

El fin de semana pasado estuve en una comunidad rural, por eso no pude asistir a la marcha del sábado. Me estuve quedando en el cuarto que normalmente ocupa una niña, la dueña de la linda muñeca que encabeza este post.

Hubo misa justo ese sábado. Estuve ahí. Asfixiándome por el calor y desesperándome porque el padre cantaba todo lo que decía. Una mosquita vengadora llegó a molestarlo y casi se mete en el vino de consagrar.

Si usted, lectora o lector, es católico, quizá le enseñaron que, cuando entra a una iglesia por primera vez, puede pedir un deseo. Tal vez no. Si no, ¡Felicidades! Porque creo que es una creencia pagana que va en contra de la prédica apostólica y romana. Yo sí crecí creyendo eso y que, sin bautizo, uno se iba al limbo. Así que aproveché y pedí que no hubiera ningún asesinado/golpeado/desaparecido después de la marcha. Hasta el momento creo que se me cumplió porque no he leído sobre ninguna desgracia.

Sí. He leído que hay gente molesta porque alguien usó un banner donde Jesús tenía un manto colorido. UN.MANTO.COLORIDO. Lo de la Santa vulva de hace unos años lo puedo entender, pero ¿esto? ¡Si ya hay un Jesús que saca un arcoiris de su pecho en la catedral de San Salvador!

Bueno. No importa.

Lo importante de mi fin de semana es que tuve un acercamiento (más) a la incongruencia católica.

El día domingo 1 de julio, a las 6 de la mañana, en la casa donde estaba, tenían sintonizado el canal 8. En el canal 8 alguien predicaba.

 

Domingo 1 de julio 2018

Supongo que durante “La tierra…” o “Reflexiones”

 

El predicador contaba de un jugador de fútbol que había dicho que era mejor en su profesión desde que se había hecho budista. El predicador aclaró luego que no tiene nada en contra de las otras religiones, PEEEEEERO que este jugador debió haber dicho que lo era porque entrenaba más, porque no bebía o porque no fumaba; que, cuando falló, le dio alegría y pensó “para que no digas estupideces en la tele“. ¡Esa es la actitud más cristiana y bondadosa! Nada como un poco de rivalidad religiosa. Siempre necesitamos más.

Después dijo que cierta posición de meditación es “la posición de me quitaron el cigarro”. La gente se rió porque #básica. Después siguió con las siguientes reflexiones:

¿Quién le contó las reencarnaciones a Buda? Seguramente alguien que tuvo una más (Trate de no cuestionarse la lógica de una paloma embarazando a una virgen para que tenga un hijo que luego aceptará ser crucificado como ofrenda para su padre, que es él mismo)*.

Los budistas tienen prohibido apedrear a un perro porque son la reencarnación de un monje que hizo algo malo. ¿Qué tiene que hacer un perro para mejorar? ¿Traer el periódico? (No, meterse en una cajita, contarle las cosas a un hombre, quizá besarle el anillo, hincarse y repetir mantras o prenderle velas a estatuas).

Más tarde, siempre en el canal 8 (porque ¿Quién necesita ver algo más?), había señoras dando testimonios y una contaba el milagro que le había hecho el divino niño (De nuevo, los budistas son los que dicen estupideces). Luego repetía “Enamórense del divino niño“. Y entonces entendí por qué tantos pedófilos se salen con la suya dentro de la iglesia católica.

Mi fin de semana terminó. Volví y me alegra haber estado más en contacto con mi lado religioso de lo que había estado en mucho tiempo.

 

 

(*) Por cierto, me nació una duda a media misa. ¿Qué significa lo de “Cristo murió por nuestros pecados”? ¿Que nuestra pecaminosa conducta lo eligió para morir o que él se puso como ofrenda humana para Dios vengador y empezar desde cero?

Empezar desde cero

No a la privatización del agua

En estos días de consulta ciudadana, en que la iglesia hace uno que otro llamado, en que los involucrados con crímenes durante la guerra pretenden quedar impunes llamar a la reconciliación, se les invita a lo siguiente:

No a la privatizacion agua

 

Ahora que la derecha tiene la mayoría en la asamblea y que el FMLN será (aún más) inoperante, hay que organizarse más como ciudadanía. No hay mesías que valga.

(Todavía seguimos sin un derecho constitucional al acceso a agua)

Bares de ambiente

Dado que estamos en el mes de la tolerancia y la inclusión social y que estoy leyendo el libro “El amor del revés” de Luisgé Martín, me quise animar y compartir esto:

Durante muchos años me negué a entrar en los bares de ambiente argumentando, con necedad, que todos los homosexuales que los frecuentaban eran unos degenerados disolutos con un solo propósito: la lujuria. Yo, en cambio, buscaba el amor. Ellos eran rijosos y yo era puro. Ellos eran inconstantes y yo era tenaz.

Las mejores predicadoras del machismo, como se sabe, han sido algunas mujeres, y los mayores paladines de la homofobia han sido, a lo largo de la historia, los homosexuales, instruidos en creencias ponzoñosas que, proclamadas por ellos, transmitidas de su propia voz, acreditaban más ferozmente las acusaciones de los inquisidores. Este libro es, en cierto modo, el inventario de mis arrepentimientos, de las mentiras que acepté con mansedumbre.

Un viernes de aquellos meses -seguramente a principios de 1988- fui a casa de Mario para pasar la tarde con él. Estaba allí Roberto con un novio o un amante extranjero que tenía entonces. Cenamos juntos y luego fuimos a Barajas en el coche de Roberto para llevar a su novio o a su amante, que debía coger un vuelo a medianoche. Al regresar a Madrid, Roberto dijo que no tenía ganas de marcharse a casa y nos propuso ir a tomar una copa en un bar de chueca. Yo me negué, y quizá repetí alguna de las monsergas sobre el amor y la promiscuidad que tenía aprendidas. Los homosexuales reprimidos y canónicos solíamos emplear un argumento de naturaleza social irrebatible: “Yo no quiero vivir en un gueto”. ¿Quién podía querer vivir en un gueto? Enseguida venían a la mente las imágenes de los judíos de Varsovia o de Lodz encerrados y despojados de su humanidad. Y aún más: el gueto era la antesala de la deportación, del hacinamiento en barracones, del hambre, de la cámara de gas. ¿Quién podía querer vivir en un gueto?

Aquella noche, regresando a Madrid, Mario se burló de mí y aseguró que él también tenía ganas de tomar una copa. Mantuvimos una riña apacible, impostada, y Roberto, sin buscar más consentimiento, enderezó el coche hacia Chueca y aparcó allí. “En realidad lo estás deseando”, dijo Mario riéndose. Era verdad. Yo quería desde hacía mucho tiempo entrar en un bar de ambiente, pero necesitaba hacerlo en contra de mi voluntad. Necesitaba que fuera una imposición, que me obligaran a ello, que si algún día tenía que lamentar ese hecho, en el futuro, mi conciencia estuviera limpia de culpa. Entrar en un gueto a la fuerza, como los judíos, no es humillante; hacerlo con consentimiento, sí.

Amor del reves

 

Caminamos, entre mis protestas, hasta la puerta del local que habían elegido Roberto y Mario, en la calle Luis de Góngora. Yo me quedé parado en la acera sin decidirme a entrar. Me temblaban las piernas y tal vez pensé realmente en irme. Porque, además de ideas morales engañosas y anticuadas, había una razón poderosa para que yo no quisiera entrar en un bar de ambiente homosexual: el miedo. Si alguien me veía allí, volvería a ser la cucaracha negra, la criatura que tiene una enfermedad inconfesable. Seguía avergonzándome de mí mismo y seguía creyendo que había una impureza en mi conducta, pero me aterraba, sobre todo, la delación. En el interior del bar podía encontrar a un vecino de mi edificio o a un compañero del Ateneo que fueran luego voceando a los cuatro vientos mi trastorno. La fantasía no tenía demasiada lógica, pues si yo me encontraba allí con alguien conocido era porque él padecía los mismos males, y no resultaba congruente, en consecuencia, que me denunciara. Pero todo razonamiento tiene su antítesis y sus fisuras: había algunos hombres heterosexuales que , acompañando a alguien, entraban en esos locales, y si acaso uno de ellos era mi vecino o mi compañero, estaba todo perdido. Otros simplemente pasaban por la puerta y podían verte entrando o saliendo del local: mi propio padre conduciendo el coche de regreso de algún sitio, mi hermana mayor, un profesor de la universidad que vivía cerca. Y aún más: había homosexuales desinhibidos, livianos, que tenían tendencia a la indiscreción y que podrían difundir nuestro encuentro en el bar con ánimo frívolo, sin intención de calumniarme ni de ponerme en una situación comprometida. La amenaza, por tanto, tenía una casuística cierta, y si cruzaba aquella puerta me enfrentaría a ella.

amor

El pub Rimmel es uno de los escasos lugares de ambiente homosexual que han sobrevivido con el paso del tiempo. En la entrada misma estaba la barra, serpenteante. La sala, pequeña, tenía dos apéndices: un cuadrángulo abierto, en el que había una gran pantalla donde se proyectaban vídeos musicales o pornográficos, y un cuarto oscuro, en el fondo, al que se accedía por una puerta camuflada en la sombra. Los cuartos oscuros, de cuya existencia casi legendaria yo había oído hablar, tenían en mi imaginación todas las atribuciones del infierno. Eran espacios cerrados, sin ventilación y sin luz, en los que los clientes del local entraban buscando sexo. Dentro, a tientas, encontraban algún cuerpo, lo desnudaban a medias y se satisfacían con él. Si entraba algún chico de belleza sobresaliente, enseguida tenía a su alrededor una turba de gente, salida de las sombras, que lo manoseaba y trataba de abrirle la bragueta. Otros, en cambio, los más feos o repulsivos, se quedaban aguardando una oportunidad, acechando a alguna presa frágil. No aspiraban a que nadie les tocara, sino a que les dejaran tocar. Años después, cuando me hice merodeador habitual de esos lugares, aprendí todos los códigos de comportamiento y establecí la clasificación tipológica de familias, castas, tribus y linajes de los feligreses, pero aquel día, mi primer día de homosexualidad pública, me escandalizó ver el tránsito constante de personas que iban y venían de las tinieblas.

Entré en aquel bar y vi a una multitud de hombres conversando a voces por encima de la música, riendo, bebiendo sin tristeza. El local era pequeño, de modo que, aunque estaba abarrotado, tal vez no había más de ochenta personas. Ochenta homosexuales al alcance de mi mirada. Ochenta homosexuales con los que podría -en mera hipótesis- acostarme, formar una pareja o cultivar una amistad predilecta e indestructible. Era la primera vez que veía a tantos homosexuales reunidos. El espectáculo -al margen de las consideraciones morales- era admirable.

del reves

 

Si se quedaron interesada/os, pueden encargar el libro en La Ceiba.

(Por cierto, el capítulo “El caballero de la tabla redonda” es muy aburrido).

Otra opinión sobre el libro (por si les interesa):